La elección de Abelardo De La Espriella como presidente de Colombia plantea múltiples retos en distintos frentes. Uno de los más importantes será el internacional, después de que el gobierno saliente de Gustavo Petro terminara convirtiendo al país en un hazmerreír en diversos escenarios y deteriorara relaciones históricas de carácter diplomático, comercial y estratégico.
Ante esta situación, el nuevo gobierno deberá emprender un realineamiento estratégico con los Estados Unidos. El presidente electo ya anunció el ingreso de Colombia al denominado “Escudo de las Américas”, una iniciativa de cooperación impulsada por el gobierno estadounidense en materia de seguridad y defensa para enfrentar el crimen organizado transnacional, el narcotráfico, la trata de personas y otras amenazas comunes. Este esquema supone coordinación de operaciones, intercambio de inteligencia, cooperación militar y policial, así como la utilización de capacidades estratégicas para combatir estas organizaciones criminales.
Petro se negó a vincular a Colombia a este modelo de cooperación. Esa decisión terminó debilitando la relación bilateral con los Estados Unidos y profundizando el aislamiento internacional del país. A ello se sumó el deterioro de las relaciones con Ecuador, que impuso un incremento de los aranceles a productos colombianos, afectando el comercio binacional en medio de crecientes preocupaciones por la expansión del narcotráfico en la frontera.
Dentro de la relación con Estados Unidos también podría plantearse un Plan Colombia II, orientado a fortalecer y reconstruir las capacidades de las Fuerzas Militares y de Policía frente al crecimiento del crimen organizado. Ello representaría un cambio sustancial frente a las tensiones diplomáticas y a la pérdida de confianza que caracterizaron los últimos años.
Un segundo aspecto consiste en el restablecimiento y fortalecimiento de las relaciones con Israel, con el propósito de recuperar una alianza estratégica en materia de inteligencia, tecnología, defensa y seguridad. Incluso, De La Espriella ha planteado la posibilidad de trasladar la embajada de Colombia a Jerusalén y convertir a Israel en un socio prioritario para el país.
Un tercer frente tiene que ver con la revisión del papel que desempeñan algunos organismos multilaterales y de las agencias internacionales que han incrementado significativamente su presencia en Colombia. El país se encuentra hoy saturado de relatorías y oficinas de derechos humanos que, en muchos casos, incluso son financiadas con recursos públicos. La participación de Colombia en escenarios como la OEA y la ONU debe responder a una política exterior orientada por los intereses nacionales. Durante el gobierno Petro, varios de esos espacios terminaron alineados con las posiciones de regímenes autoritarios como Cuba, Venezuela y Nicaragua. El nuevo gobierno deberá recuperar liderazgo e influencia en estos organismos y promover una revisión del funcionamiento de instancias que han asumido posiciones crecientemente ideologizadas, como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. De igual forma, será necesario revisar la utilidad de embajadas ineficientes y costosas, como la de Haití y varias de las abiertas por gestiones de la ineficiente vicepresidenta Francia Márquez en África. También deberá elevar el nivel profesional y técnico del servicio diplomático colombiano.
Finalmente, el gobierno de De La Espriella buscará alinearse políticamente con gobiernos y líderes de derecha o de centroderecha, como Donald Trump, Javier Milei, Daniel Noboa, Keiko Fujimori, José Antonio Kast y Giorgia Meloni, configurando un nuevo eje de relaciones internacionales basado en la cooperación en seguridad, el fortalecimiento de la economía de mercado y la defensa de la democracia liberal.
Lo que queda claro es que, con esta visión, se buscará recuperar la confianza de los aliados tradicionales, reconstruir las relaciones diplomáticas deterioradas y poner las relaciones internacionales al servicio de la seguridad, la inversión, el comercio y los intereses de Colombia. De ello dependerá, en buena medida, el éxito del nuevo rumbo que los colombianos decidieron respaldar en las urnas.