Analistas 15/01/2026

El nuevo mapa de América Latina

Francisco Barbosa
Exfiscal general

La captura de Nicolás Maduro en Venezuela por parte de fuerzas de Estados Unidos se ha convertido en el corolario de una transformación profunda de la política norteamericana hacia América Latina. A comienzos de diciembre de 2025, el Departamento de Estado divulgó la nueva estrategia de seguridad del gobierno del presidente Donald Trump. Para la región -como para otros espacios de influencia- el mensaje es claro: hay un giro.

Ese viraje se sostiene, esencialmente, en tres preocupaciones.

La primera se relaciona con el control de influencias externas -China, Rusia e Irán- que Washington asocia con redes de terrorismo islámico, mafia rusa y tráfico de armas. Para Estados Unidos, la expansión de esas potencias en infraestructura crítica, puertos, telecomunicaciones y sectores estratégicos representa una amenaza directa para la seguridad del hemisferio occidental. De ahí la presión para limitar inversiones chinas en proyectos sensibles.

La segunda preocupación está vinculada al narcotráfico y al crimen transnacional organizado. El diagnóstico es que los carteles, el lavado de activos y el narcoterrorismo están conectados con redes estatales y paraestatales. Bajo ese marco se inscriben los despliegues militares y las operaciones conjuntas en el Caribe y el Pacífico, así como la ejecución de órdenes de captura derivadas de indictments federales contra líderes del narcotráfico. En esta línea se ubica el operativo que terminó con la captura de Nicolás Maduro.

La tercera gira en torno a la migración, concebida no como un fenómeno humanitario sino como un riesgo para la seguridad interior. Trump ha llevado el debate a su punto más alto, acusando a regímenes como el venezolano y al gobierno mexicano de permitir -o promover- el ingreso masivo de criminales hacia la frontera estadounidense.

Este reordenamiento estratégico ha devuelto al centro de la discusión la vieja Doctrina Monroe, formulada por el presidente James Monroe el 2 de diciembre de 1823. El principio, sintetizado más tarde en la frase “América para los americanos”, advertía a las potencias europeas que no podían intervenir ni recolonizar las nuevas repúblicas independientes. Detrás de ese mensaje había intereses comerciales y geopolíticos: Estados Unidos y el Reino Unido buscaban cerrar el paso al retorno español y a cualquier otra ambición europea imperial.

A comienzos del siglo XX, varios episodios tensaron esa doctrina. Alemania, Italia y Gran Bretaña impusieron bloqueos navales y bombardearon puertos para forzar pagos de deuda. En 1902, el presidente venezolano Cipriano Castro pidió la intervención de Washington bajo el amparo de la Doctrina Monroe. El secretario de Estado estadounidense, John Hay, respondió con ambigüedad: se intervendría solo para “estabilizar” las finanzas y el orden interno. De allí surgió la llamada Doctrina Drago -planteada por el canciller argentino Luis María Drago- que sostuvo que ningún Estado podía usar la fuerza armada para cobrar deudas a otro Estado. Con el tiempo, ese principio desembocó en la prohibición general del uso de la fuerza consagrada en el artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas.

Durante el siglo XX, pese a altibajos, la mirada estadounidense sobre la región mezcló contención estratégica, cooperación y desarrollo: la política del “Buen Vecino”, la Alianza para el Progreso de Kennedy y, en paralelo, la lógica de la guerra fría. Cuba se convirtió en eje de irradiación de movimientos insurgentes mientras Washington concentraba su atención en Vietnam, Medio Oriente, Afganistán o Irak, dejando a América Latina en un segundo plano.

Hoy, con la apuesta de Donald Trump, Estados Unidos vuelve a mirar de frente a sus vecinos naturales. La Doctrina Monroe que animó a Polk, McKinley o Theodore Roosevelt ya no luce igual. En esa transición, la vieja doctrina conserva su espíritu, pero adquiere una lectura más pragmática y directa desde Washington.

Ese nuevo enfoque no es retórico: es operativo. Y coloca nuevamente a América Latina dentro del mapa prioritario de Washington. La pregunta, ahora, es si esta relectura de la Doctrina Monroe traerá mayor estabilidad al hemisferio. Amanecerá y veremos.

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