Analistas 21/01/2026

Inteligencia Artificial

Francisco Barbosa
Exfiscal general

El año pasado estuve inmerso en la lectura sobre inteligencia artificial y en la exploración no solo de ChatGPT, sino de las múltiples aplicaciones que se han desarrollado y que hoy resultan útiles para la vida cotidiana. Libros como Artificial, de Mariano Sigman y Santiago Bilinkis (Debate, 2023), la biografía de Elon Musk escrita por Walter Isaacson o Inteligencia artificial, de Melanie Mitchell, plantean debates profundos sobre su naturaleza y sobre la manera como esta tecnología está transformando el mundo.

La inteligencia artificial puede definirse como un sistema de modelos de lenguaje basado en redes neuronales artificiales, capaz de predecir, calcular, organizar, integrar y fragmentar información. Al final, comunica y construye pensamiento. Quien crea que se trata de una simple base de datos se equivoca.

El sistema Transformers, sobre el cual se ha desarrollado esta tecnología, ha logrado articular -de manera análoga a ciertos procesos cerebrales- una máquina capaz de predecir lenguaje, sin que por ello pueda atribuírsele conciencia.

Su funcionamiento se apoya en los prompts, que no son otra cosa que la acción de preguntar. Y aquí, a mi juicio, radica una de las maravillas de la inteligencia artificial: es un sistema construido sobre un método mayéutico, similar al que estableció el filósofo griego Sócrates hace más de 2.400 años, basado en la adquisición del conocimiento a través de las preguntas. La inteligencia artificial funciona con interrogantes, pero esos interrogantes deben ser bien formulados. Usarla sin inteligencia humana es, en buena medida, una pérdida de tiempo.

Recuerdo que hace algunos años, reflexionaba sobre lo equivocados que estaban ciertos programas gubernamentales como Computadores para Educar. El problema nunca fue el hardware, sino la apropiación de la tecnología. Ocurrió lo mismo con la revolución del iPhone en 2007 y, posteriormente, con el auge de las redes sociales y de aplicaciones como Instagram, Facebook, Twitter, TikTok, Snapchat o WhatsApp.

Hoy nuestra cotidianidad transcurre entre Waze, YouTube, Netflix, Amazon Prime, Spotify, Zoom, Google Meet, PayPal, Uber o Airbnb. En 2022 irrumpió ChatGPT, que hoy va por su versión 5.2, capaz de realizar billones de interacciones en segundos y de simular una forma de empatía en la interacción con los seres humanos. Esto ha llevado a que se convierta en compañía para miles de personas, no solo frente a las vicisitudes de la vida diaria, sino también como asistente en el ámbito profesional.

Sin embargo, no puede confundirse acompañamiento con sustitución. La inteligencia artificial no piensa, no siente ni decide por sí misma: responde a patrones, datos y diseños humanos. Su aparente empatía es una construcción algorítmica, no una experiencia moral. Precisamente por eso, el debate de fondo no es tecnológico, sino humano: qué responsabilidades estamos dispuestos a delegar, qué vínculos estamos dejando de cultivar y qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que una máquina ocupe espacios que antes llenaban las personas.

La convivencia con la inteligencia artificial obligará a repensar no solo cómo trabajamos o aprendemos, sino cómo envejecemos y cómo enfrentamos la soledad. La robótica ya avanza hacia un escenario en el que las máquinas no solo asistirán en tareas, sino que cuidarán y acompañarán a los seres humanos en los tramos finales de la vida. Asimov lo anticipó con claridad en su primera ley: “Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño”. Tal vez ese sea el verdadero horizonte de la IA: no tener conciencia, pero sí presencia; no reemplazar al ser humano, sino acompañarlo cuando la fragilidad y la soledad se imponen al final de nuestros días.

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