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Colombia necesita un DNP para gobernar el futuro

Fredy Vargas Lama

En una visita internacional reciente, mientras conversaba con un alto funcionario de un gobierno asiático que en apenas tres décadas logró transformar de manera profunda las capacidades de su Estado y de su economía, escuché una frase que se me quedó grabada: “Cuando el Estado deja de pensar en veinte años, empieza a administrar emergencias”. No la dijo como una consigna ni como una teoría sofisticada, sino como una lección aprendida en el ejercicio del poder público: el desarrollo no ocurre por accidente; requiere instituciones capaces de imaginar, priorizar y ejecutar futuro.

Recordé esa conversación al leer la editorial de LR del 24 de junio, “Hay que recuperar el papel del DNP”. El texto abre una discusión necesaria y oportuna sobre una institución que ha sido decisiva para la construcción del Estado colombiano moderno. Más que mirar hacia atrás, la pregunta de fondo es cómo actualizar esa capacidad de planeación para los desafíos de este tiempo. Colombia no solo necesita un DNP importante; necesita un DNP capaz de convertirse en el centro de inteligencia estratégica, anticipación y coordinación del desarrollo nacional.

Un Plan de Desarrollo para futuros inciertos

El primer desafío es que el próximo Plan Nacional de Desarrollo no sea simplemente una agenda de gobierno. Debería ser el primer Pnd construido desde las lógicas de la gobernanza anticipatoria. Esto implica incorporar escenarios, señales de cambio, riesgos emergentes, capacidades institucionales, mecanismos de aprendizaje y revisiones periódicas.

Los problemas públicos ya no pueden gestionarse únicamente desde el presente. Cambio climático, seguridad territorial, inteligencia artificial, envejecimiento, migraciones, agua, energía y productividad exigen una planeación capaz de preparar al Estado para distintos futuros posibles. Los países que mejor gobiernan no son los que adivinan el futuro, sino los que desarrollan capacidades para navegar la incertidumbre.

Colombia tiene aquí una oportunidad concreta. El DNP debería retomar el trabajo sobre visiones de futuro y política pública de largo plazo desarrollado con espacios internacionales como la Ocde. No como consultoría adicional ni ejercicio aislado, sino como capacidad permanente del Estado.

Planeación territorial menos vertical

El segundo desafío es territorial. Recuperar el DNP no puede significar regresar a una planeación rígida, vertical y centralista. Colombia no necesita una oficina en Bogotá diciéndole a cada región qué debe ser. Necesita una entidad capaz de ayudar a que cada territorio identifique oportunidades, fortalezca capacidades, conecte actores, movilice inversión y construya trayectorias viables de desarrollo.

La planeación moderna no debe operar con lógica centro-periferia. Debe funcionar como plataforma de articulación. El Estado no está para reemplazar al sector privado ni para imponer vocaciones productivas desde el escritorio. Pero tampoco puede retirarse y dejar que el mercado resuelva brechas históricas por sí solo. Su papel es habilitar condiciones: infraestructura, seguridad, información, capacidades institucionales, reglas claras, conectividad y bienes públicos.

Un Estado presente no es necesariamente un Estado que controla más; es un Estado que coordina mejor.

Prioridades nacionales e infraestructura

El tercer desafío es ordenar las prioridades del nuevo cuatrienio. Hay dos asuntos ineludibles. El primero es la seguridad nacional, interna y externa, entendida no solo como capacidad militar o policial, sino como presencia integral del Estado, control territorial, justicia, infraestructura, conectividad y oportunidades económicas. El segundo es el desarrollo de zonas alejadas y rezagadas, porque sin empleo, servicios e inversión no habrá estabilidad social duradera.

El DNP no debe reemplazar a ministerios ni autoridades sectoriales. Su función debe ser otra: conectar piezas. Traducir prioridades nacionales en secuencias de inversión, metas verificables, coordinación interinstitucional y resultados territoriales. Esa es la diferencia entre gobernar por reacción y gobernar con estrategia.

Finalmente, Colombia necesita un verdadero Plan Nacional de Infraestructura liderado desde el DNP y conectado directamente con el Plan Nacional de Desarrollo. No hablo de un listado de carreteras ni de una vitrina de obras. Hablo de una estrategia nacional que integre cuatro infraestructuras básicas del desarrollo contemporáneo: agua y saneamiento, energía y electricidad, transporte y logística, y conectividad digital.

Sin agua no hay dignidad ni salud pública. Sin electricidad confiable no hay productividad. Sin transporte no hay integración territorial. Sin conectividad digital no hay inclusión en la economía del conocimiento. Un plan de infraestructura bien concebido no construye obras sueltas: construye país.
Colombia necesita aprender de los gobiernos que mejor han articulado infraestructura, productividad, territorio y largo plazo. Pero, sobre todo, necesita recuperar una idea elemental: el desarrollo no ocurre por acumulación de proyectos, sino por dirección estratégica.

Recuperar el DNP no es volver al pasado. Es recuperar la capacidad de imaginar lo que aún no existe, de priorizar lo que realmente importa y de construir futuro con coherencia. En un país donde el Estado ha aprendido a administrar urgencias, pero ha olvidado cómo anticiparlas, devolverle al país una instancia de pensamiento estratégico de alto nivel puede ser una de las reformas más silenciosas y más decisivas de todas.

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