Colombia y la nueva infraestructura que define su futuro
viernes, 31 de octubre de 2025
Fredy Vargas Lama
(Cuarto artículo de la serie “Recomendaciones para el nuevo Gobierno”)
Washington, 1947. El secretario de Estado, George C. Marshall, se levanta ante un Senado escéptico. Europa está en ruinas y aún huele a pólvora. Los senadores preguntan por qué invertir en antiguos enemigos. Marshall responde: “No se trata de reparar lo destruido, sino de construir un futuro que impida otra guerra.”
Su discurso cambió la historia. Nació así el Plan Marshall, basado en tres principios: visión de largo plazo, desarrollo territorial equilibrado y obras orientadas a las necesidades reales de la población. Europa cumplió, y una década después había pasado de la devastación al bienestar. Fue más que reconstrucción: fue planificación con propósito.
Colombia, 80 años después, sigue esperando su propio “momento Marshall”. Este artículo -el cuarto de la serie “Recomendaciones para el nuevo Gobierno”- plantea cómo lograrlo.
1. Una infraestructura mal entendida
En Colombia, hablar de infraestructura sigue siendo hablar de carreteras. Pero el concepto moderno -lo que la Ocde llama infraestructura de nueva generación- incluye agua, energía, conectividad digital y transporte sostenible. Son sistemas interdependientes: sin energía confiable, no hay producción; sin agua segura, no hay salud; sin conectividad digital, no hay competitividad.
Países como Corea del Sur y Singapur comprendieron esto hace décadas. En el primero, la digitalización masiva y la expansión de redes inteligentes transformaron su economía industrial en una potencia tecnológica. En el segundo, la planificación unificada de agua, transporte y energía convirtió a una isla sin recursos en un laboratorio global de infraestructura eficiente.
En Colombia, en cambio, los sectores siguen actuando en silos. Se construyen acueductos sin pensar en su matriz energética, autopistas sin conexión logística digital, redes de fibra óptica sin un plan de alfabetización tecnológica. Esa fragmentación nos cuesta competitividad y desarrollo. La infraestructura no puede ser un mosaico de proyectos: debe ser una red viva que sostenga el progreso de la nación.
2. Sin un plan que marque el rumbo
Colombia no cuenta con un Plan Nacional de Infraestructura. En Reino Unido, el National Infrastructure and Construction Pipeline define más de 70 megaproyectos prioritarios, evaluados con criterios técnicos, ambientales y de largo plazo. En Chile, la Dirección General de Concesiones garantiza continuidad institucional más allá del gobierno de turno.
Aquí, cada administración llega con su propio catálogo de obras y vuelve a empezar. No existe una lista de los 40 o 60 proyectos más estratégicos del país, ni un marco que acelere adjudicaciones, licencias o expropiaciones.
El resultado es una suma de esfuerzos dispersos. Colombia necesita una institucionalidad anticipatoria, capaz de pensar y ejecutar infraestructura más allá del ciclo político. Un Plan Nacional de Infraestructura de Nueva Generación, con horizonte a 2040, permitiría establecer prioridades nacionales -puertos, energía limpia, conectividad digital, agua y saneamiento- y blindarlas de la coyuntura política. Ese plan sería nuestro “Plan Marshall colombiano”: una hoja de ruta que combine desarrollo productivo, equidad territorial y sostenibilidad.
3. Financiar distinto para construir distinto
Los mecanismos de financiamiento siguen siendo rudimentarios. Las APP, obras por impuestos y los convenios Gobierno a Gobierno (G2G) existen, pero con baja sofisticación.
Perú demostró lo contrario: con un modelo G2G, construyó la infraestructura de los Juegos Panamericanos 2019 en tiempo récord, sin escándalos de corrupción y con estándares internacionales. Brasil, por su parte, ha levantado más de 15 mil millones de dólares en concesiones ferroviarias gracias a esquemas de confianza público-privada.
Colombia podría dar un salto si adopta mecanismos de financiamiento modernos:
- Bonos verdes y digitales para atraer inversión internacional.
- Fondos de infraestructura climática que vinculen al sector financiero nacional.
- Banca de desarrollo regional para empoderar a los territorios.
- Contratos de desempeño que remuneren resultados, no solo ejecución.
En Australia, por ejemplo, los proyectos de infraestructura se pagan según desempeño operativo, no por avance físico, lo que incentiva eficiencia y mantenimiento preventivo. Este cambio cultural es tan importante como el financiero.
4. De los enclaves al desarrollo territorial
El error más persistente ha sido creer que conectar enclaves equivale a desarrollar territorios. Es hora de repensar la infraestructura desde la vida real de nuestra gente, desde las oportunidades que abre -o cierra- para todos.
Buenaventura, con el principal puerto del país rodeado de pobreza estructural, simboliza esa contradicción: infraestructura moderna sin bienestar. Pero hay oportunidades inmensas si se piensa diferente. El litoral Pacífico, especialmente el Chocó, podría convertirse en la gran puerta de Colombia hacia Asia, el continente del futuro, si se invierte en puertos, conectividad y capital humano. Y en el oriente, el Vichada y los Llanos concentran un potencial agroindustrial de clase mundial que sigue aislado por falta de vías, energía y logística. Conectarlos adecuadamente sería como abrir una nueva frontera productiva para el siglo XXI.
Europa aprendió que la infraestructura debía crear regiones, no solo conectarlas. En España, cada línea del tren de alta velocidad se acompañó de programas regionales de innovación y empleo. En Francia, cada tramo del TGV impulsó la reindustrialización local.
Colombia podría seguir ese ejemplo: una política de cohesión territorial que use la infraestructura como herramienta para reducir desigualdades, no para perpetuarlas.
5. Cinco recomendaciones al nuevo gobierno
Del diagnóstico anterior, se desprenden cinco prioridades inmediatas para el nuevo ejecutivo:
- Aprobar un Plan Nacional de Infraestructura de Nueva Generación, con horizonte a 2040 y una lista prioritaria de 40-60 proyectos país.
- Crear una Agencia Nacional de Infraestructura Territorial y Resiliente, que coordine ministerios y garantice continuidad entre gobiernos, fortaleciendo la capacidad técnica del Estado sin aumentar su peso burocrático.
- Modernizar los instrumentos financieros, incorporando fondos verdes, APP avanzadas y banca de desarrollo regional.
- Vincular la infraestructura con la visión estratégica de país, integrando agua, energía, transporte y TIC bajo una sola política nacional.
- Desarrollar territorios, no enclaves, asegurando que cada proyecto genere empleo, educación y valor local.
El Plan Marshall no fue solo un programa económico: fue una declaración de propósito. Entendió que una nación se reconstruye cuando su infraestructura refleja sus valores y su visión de futuro.
Colombia tiene hoy la posibilidad de escribir su propia versión de esa historia: una infraestructura que no se mida en cemento, sino en confianza; no en kilómetros, sino en oportunidades; no en inauguraciones, sino en bienestar.
El desafío del nuevo gobierno no es levantar más obras, sino levantar propósito colectivo. Porque cuando un país encuentra la coherencia entre lo que construye y lo que sueña, deja de mirar el pasado y empieza, de verdad, a construir el futuro.