Colombia y la tentación de empezar siempre de nuevo
jueves, 7 de mayo de 2026
Fredy Vargas Lama
Patricia lleva diecinueve años en la Secretaría de Planeación de un municipio del Tolima. Ha sobrevivido cinco alcaldes y cuatro planes de desarrollo. Cada vez que llega una nueva administración, lo anterior se archiva. “Acá no se construye”, me dijo una vez. “Acá se inaugura”. Faltan 24 días para la primera vuelta. El país debate quién llegará al Palacio de Nariño. Es una pregunta legítima. Pero hay otra que casi nadie formula: ¿llevará la disposición de construir instituciones o la tentación de reescribir el país desde cero?
El momento lo pide con urgencia. Colombia enfrenta una ola de violencia sin precedentes -más de treinta atentados en tres días en el Cauca- y una tensión comercial con Ecuador que amenaza un corredor fronterizo que mueve cerca de US$5 millones diarios.
Ante la crisis, el gobierno saliente propone convocar una Asamblea Constituyente. Es decir: reiniciar el sistema. Cambiar la Constitución en lugar de cumplirla. Refundar en lugar de reparar. Esa tentación no es nueva en Colombia, pero este ciclo la ha llevado al extremo.
El problema de fondo no es ideológico. Es arquitectónico. Colombia no ha logrado construir instituciones que sobrevivan a los gobiernos. Los planes de desarrollo duran cuatro años y mueren con quien los firmó. Las políticas se diseñan para ser anunciadas, no para ser ejecutadas en el tiempo.
Los países que dieron saltos reales de desarrollo lo entendieron de otra manera. Corea del Sur sostuvo su estrategia industrial a través de seis presidentes distintos. Irlanda mantuvo su modelo de inversión durante décadas. No porque tuvieran más recursos. Porque construyeron instituciones que obligaban a la continuidad estratégica. Colombia, en cambio, continúa confundiendo alternancia democrática con amnesia estratégica. Cuando los inversionistas dudan, cuando los empresarios del Cauca no apuestan por sus territorios, cuando las familias no planifican más allá del año siguiente, no es solo por la violencia. Es porque las reglas cambian con cada gobierno.
El próximo presidente heredará un país con heridas profundas que exigen reparación, no otra refundación. Reparar bien requiere gobernar con visión de largo plazo: construir fondos, agencias técnicas, reglas fiscales y mecanismos de planificación territorial que no dependan del humor de cada administración.
Requiere, sobre todo, anticipar. No solo reaccionar a las crisis cuando estallan, sino identificar los problemas antes de que sean irreversibles. La transición energética, el envejecimiento poblacional, la automatización del trabajo, la presión hídrica: ninguno llegará con aviso. Todos están ya en marcha. Patricia no espera milagros del 31 de mayo. Espera que esta vez alguien llegue con la disposición de construir en lugar de inaugurar. De gobernar pensando en los colombianos que votarán en 2034, no solo en los que votan en veintiséis días. Esa es la pregunta que Colombia debería hacerle a sus candidatos antes de marcar el tarjetón. No solo qué van a cambiar, sino si están dispuestos a pensar en largo, a actuar en largo y a anticiparse a lo que el país necesitará en diez y veinte años.