Dos tormentas sobre Colombia: la geoeconomía hoy, el clima mañana
viernes, 16 de enero de 2026
Fredy Vargas Lama
En una sala de juntas en el norte de Bogotá, un proyecto de inversión “estratégica” parece cerrar perfecto: energía, minerales, puertos, data centers, infraestructura. Los números cuadran, los abogados celebran, las presentaciones se archivan. Pero, de pronto, llegan nuevas condiciones: revisiones adicionales, exigencias de trazabilidad tecnológica, preguntas sobre proveedores, cláusulas de “seguridad” que antes no existían. No cambió la ingeniería. Cambió el tablero.
La misma lógica baja, sin aviso, a la vida cotidiana. Un productor de flores en la Sabana renegocia su exportación por ajustes de logística, requisitos y condiciones comerciales que se mueven con rapidez; lo que era estable se vuelve frágil en semanas. Y como daño colateral, su hija aceptada para estudiar en Estados Unidos- se enfrenta a un entorno más duro para visas y permanencia. El mismo mundo que revisa inversiones revisa movilidad. La confrontación geoeconómica dejó de ser un concepto de cancillerías: hoy afecta capital, comercio y proyectos de vida.
Con ese telón de fondo, el Global Risks 2026 del World Economic Forum -recién lanzado en Ginebra- pone la primera alarma sobre la mesa: en el horizonte de dos años, la amenaza percibida con mayor severidad es la confrontación geoeconómica, por encima de riesgos que antes dominaban la conversación. Y no aparece sola: se encadena con polarización, desinformación, ciberinseguridad e inequidad, formando un entorno donde una crisis material no depende de un “gran evento”, sino de fricciones que se amplifican entre sí.
En las últimas semanas, el ejercicio anual de forecasting de The Economist para el 2026 ofrece un contexto útil para leer esta señal: un mundo más transaccional y menos cooperativo vuelve más plausibles los riesgos que el WEF pone arriba. No es una competencia de reportes; es una lectura complementaria: uno sugiere la trayectoria del tablero y el otro estima el costo de jugar en él.
Y aquí está el punto que muchos pasan por alto: el Global Risks 2026 no es solo una fotografía del corto plazo. También es una advertencia sobre el largo.
El corto plazo suena geopolítico. El largo plazo es físico. Y lo físico siempre cobra.
Lo geopolítico sube y baja. Lo climático se acumula. Cuando el reporte mira a diez años, los riesgos dominantes vuelven a ser climáticos: eventos extremos, pérdida de biodiversidad y cambios críticos en los sistemas de la Tierra.
Mientras el debate público se consume en el ruido inmediato, el informe marca con claridad dónde se acumula el mayor riesgo estructural. La miopía no está en el documento; está en cómo lo leemos.
Para Colombia -y para buena parte de América Latina- esta doble señal se traduce en impactos económicos muy concretos:
- La confrontación geoeconómica ya opera en la economía real: encarece el comercio, multiplica exigencias de cumplimiento, obliga a rediseñar cadenas de suministro y puede frenar o condicionar inversiones en sectores sensibles.
Hoy las empresas no compiten solo por precio, sino por confiabilidad, trazabilidad y resiliencia; y Colombia compite por algo más exigente que “estabilidad”: ser un socio predecible en un mundo suspicaz.
- A la vez, el riesgo climático dejó de ser un capítulo ambiental: eleva costos de capital y operación, encarece seguros, restringe crédito, vulnera infraestructura, interrumpe logística, presiona agua y productividad agrícola y reconfigura migraciones internas en toda Colombia.
En la próxima década, el clima será una condición permanente de competitividad.
En este contexto, Colombia necesita decisiones distintas -tanto en juntas directivas como en el diseño del próximo gobierno- porque el riesgo ya no es solo macroeconómico: también es operativo, territorial y sistémico.
La pregunta estratégica no es si habrá turbulencia, sino quién llega con instrumentos para navegarla.
Cinco cartas de navegación para Colombia (Empresa / Gobierno):
1. Mirar el mundo con radar, no con titulares
- Empresa: desarrollar tablero mensual por mercado (aranceles, requisitos, restricciones y logística) para decidir mejor.
- Gobierno: “alerta temprana” pública y técnica; diplomacia comercial con músculo analítico, no solo agenda.
2. Hacer de la resiliencia un activo, no un costo
- Empresa: diversificar proveedores, rutas e inventarios; blindar contratos; ciberseguridad como continuidad.
- Gobierno: puertos, aduanas y seguridad logística confiables; menos fricción interna para no exportar costo.
3. Cuidar el talento como infraestructura crítica
-Empresa: formación y alianzas alternativas; planes de talento que no dependan de una sola geografía.
- Gobierno: estrategia de capital humano y movilidad: acuerdos, homologación, atracción y retorno de capacidades.
4. Recordar que la cohesión social también produce PIB
- Empresa: cooperación territorial; inversión social enfocada en empleabilidad y prevención.
- Gobierno: seguridad inteligente y justicia efectiva; empleo juvenil y productividad como estabilidad.
5. Tratar la adaptación climática como competitividad
- Empresa: riesgo físico en inversión y seguros; eficiencia hídrica y energética.
- Gobierno: adaptación regional (agua, agro, infraestructura), incentivos a resiliencia y métricas de riesgo para crédito y seguros.
El Global Risks 2026 nos deja dos mensajes simultáneos. En el corto plazo, la economía mundial se vuelve más disputada: la geoeconomía decide quién entra, quién sale y bajo qué condiciones. En el largo plazo, el clima decide algo más básico: si las condiciones materiales para producir, asegurar y crecer se sostienen.
A los empresarios les toca decidir si administran el riesgo con reflejos o con estrategia. Al próximo gobierno le toca demostrar que entiende el siglo XXI: no con discursos de estabilidad, sino construyendo capacidad para anticipar, coordinar, absorber shocks y sostener crecimiento.
Colombia no necesita una bola de cristal: necesita brújula y cartas. Porque cuando soplan dos tormentas a la vez, el futuro no se adivina: se navega.