Analistas

“Futuros sin mapa, decisiones sin brújula”

Fredy Vargas Lama

Bryonie Guthrie, directora del Global Foresight Network del World Economic Forum, cerró la última sesión de nuestro retiro anual en Ginebra con una pregunta que todavía resuena: ¿cuál es el tema emergente, la tendencia transformadora o la disrupción potencial que los líderes del mundo deberían priorizar hoy en sus agendas?

No lo preguntó como ejercicio académico. Lo preguntó luego de más de veinte sesiones de alto nivel -con asesores de gobiernos, organismos multilaterales y centros de pensamiento de todo el mundo- sobre los temas más urgentes que definen el futuro de la humanidad. Y lo preguntó, precisamente, porque después de todo eso, la respuesta seguía siendo incómoda.

Como miembro del Advisory Board del Global Foresight Network del WEF, participo cada año en este retiro en Ginebra, un espacio donde confluyen algunos de los asesores y tomadores de decisión de más alto nivel global, con el mandato de pensar lo que los líderes mundiales todavía no están viendo. El tema de este año fue directo y sin eufemismos: Unconventional Futures for Unconventional Times. Futuros no convencionales para tiempos no convencionales.

Y lo que quedó claro, sesión tras sesión, es que el mundo no está convulsionado en uno o dos frentes. Está convulsionado en todos al mismo tiempo.

Lo primero que emergió con fuerza fue la pregunta sobre la decisión. En una época en que la inteligencia artificial avanza a velocidades que superan la capacidad regulatoria de cualquier Estado, existe una tentación creciente entre los líderes: delegar.

Dejar que los sistemas decidan, que los algoritmos recomienden, que la máquina procese lo que el tiempo no alcanza. El consenso desde la ciencia, la evidencia y la política pública fue categórico: no podemos hacerlo. Decidir es un acto político y ético. Es el ejercicio más humano del poder. Delegarlo no es eficiencia-es abdicación.

Pero hay algo más profundo que la pregunta sobre quién decide. Es la pregunta sobre con qué se decide. Y aquí apareció el segundo gran tema del retiro: nuestras instituciones fueron diseñadas para un mundo que ya no existe. No me refiero a que estén desactualizadas en sus procedimientos o que les falte digitalización.

Me refiero a algo más estructural: la arquitectura institucional-local, nacional, regional e internacional-fue construida para procesar una velocidad, una complejidad y una naturaleza de los problemas que eran radicalmente distintas.

Agregarle “un poco de futuro” a esas estructuras, incorporar un ejercicio de prospectiva aquí y allá, no resuelve el problema. Lo que se requiere es rediseño. Un rediseño profundo de cómo los Estados piensan, anticipan y deciden, desde el municipio hasta los organismos multilaterales.

Nada de esto es fácil en ningún lugar del mundo. Ni siquiera los países más avanzados, los que llevan décadas construyendo capacidades de pensamiento estratégico de largo plazo, pueden decir que son invulnerables frente a lo que se viene. Pero cuando miramos América Latina-y Colombia en particular-la situación es cualitativamente distinta.

No porque seamos más frágiles ante las disrupciones, sino porque estas conversaciones, sencillamente, no están ocurriendo. No en el debate público, no en los programas de gobierno, no en la agenda legislativa. El mundo está rediseñando sus instituciones para navegar futuros inciertos, y nosotros seguimos discutiendo con herramientas del pasado problemas que ya son del presente.

Colombia elige gobierno en estos días. Es un momento legítimo, necesario, cargado de expectativas. Pero quien llegue al Palacio de Nariño no va a gobernar el país que conocemos: va a gobernar un país inserto en un mundo que se reescribe a sí mismo, con reglas geopolíticas que ya no son las de ayer, con tecnologías que redistribuyen el poder antes de que nadie las regule y con ciudadanos que exigen respuestas a problemas que ningún manual de gobierno previó.

Administrar ese país con las instituciones del siglo pasado y la lógica del día a día no es prudencia. Es una apuesta que América Latina no puede permitirse perder.

Por eso la invitación es urgente: que la pregunta que Ginebra le hizo al mundo-cómo protegemos la decisión humana en la era de la inteligencia artificial y cómo rediseñamos la institucionalidad para los futuros que ya llegaron-entre de verdad al debate colombiano y latinoamericano.

No como ejercicio académico. No como agenda de largo plazo que siempre se pospone. Como conversación política del presente. Los países que lleguen tarde a este rediseño no solo perderán competitividad. Perderán capacidad de decidir su propio destino.

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