Tribuna Empresarial 31/03/2026

El campo colombiano se recalienta

Germán Bahamón
Presidente de la Federación Colombiana de Cafeteros

La agricultura mundial atraviesa uno de sus momentos más complejos en décadas. Las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos e Irán y la incertidumbre sobre el estrecho de Ormuz han disparado el precio de la urea de US$414 a US$750 por tonelada en bolsa, un incremento de 81%. Cuando el fertilizante sube, sube el pan, sube el arroz, suben los costos del café. No hay despensa alimentaria posible sin insumos accesibles.

Colombia aspira a ser esa despensa. Tenemos 39 millones de hectáreas con potencial agrícola subutilizado. Pero esa aspiración choca con una decisión de política energética que no tiene precedente en la región: este Gobierno decidió no explorar ni producir gas natural, el insumo base para fabricar fertilizantes nitrogenados. Hoy importamos gas y pagamos las consecuencias en inflación y en el precio del agro. Mientras tanto, Argentina produce un millón de toneladas de urea al año. Venezuela, con plantas obsoletas, llega a 2,2 millones. Bolivia inauguró en 2013 una planta con capacidad de 54.000 toneladas mensuales. Todos aprovecharon su gas para construir autosuficiencia en fertilizantes. Colombia, que tiene gas, eligió no usarlo. La pregunta es legítima: ¿cómo pretendemos alimentar al mundo si no garantizamos el acceso a los insumos que hacen posible la producción?

Sobre ese telón de fondo, la caficultura colombiana enfrenta hoy una tormenta de tres frentes simultáneos.

El primero es el de los costos. El salario mínimo creció 23,7%, con una inflación de 5,1%, la tercera más alta de América Latina. En una carga de café, entre 18% y 20% del costo de producción corresponde directamente a nutrición. Un cafetal en condiciones óptimas requiere 1,3 toneladas de fertilizante al año, y la urea representa cerca de 50% de ese volumen. La matemática es implacable: lo que se paga por producir crece más rápido que los ingresos.

El segundo frente es fiscal. El nuevo esquema de impuesto predial, derivado de la actualización acelerada de los avalúos catastrales, desconoce una realidad fundamental: la tierra agrícola no es un activo especulativo, sino productivo. Su valor no puede medirse por referencias de mercado ajenas a los ciclos del campo, a la volatilidad de los precios ni a los riesgos climáticos. Al desligar el impuesto de la rentabilidad real, se termina gravando el patrimonio por encima de la actividad. Lejos de fortalecer el desarrollo rural, este esquema puede asfixiar a los productores, desincentivar la permanencia en el campo y, en el extremo, comprometer la producción agropecuaria del país.

El tercer frente es el del mercado. La presión especulativa en las bolsas de commodities ha tumbado US$0,70 en la cotización del café en lo que va de 2026, anticipando una cosecha importante en Brasil que aún no existe. Como si ocho millones de sacos adicionales en un país corrigieran de manera sostenible el desbalance estructural del mercado mundial. Las olas de calor en Vietnam, las lluvias incesantes en Colombia y las heladas cada vez más frecuentes en Brasil no son anomalías pasajeras: son la nueva normalidad climática. Los consumidores piden más café; los mercados financieros apuestan en su contra. A ese desajuste se suma la revaluación del peso: el dólar pasó de $4.304 en abril de 2025 a $3.671 hoy. Cada carga de café le representa al caficultor cerca de $500.000 menos por efecto exclusivo de la tasa de cambio.

El resultado de sumar estos tres frentes es predecible: productividades bajas, precios bajos y costos elevados. El negocio cafetero de 2026 será muy difícil.

Por eso le pedimos al Ministerio de Agricultura actuar con la urgencia que el momento exige. Renovar el FAIA cafetero, apoyar con recursos directos la renovación de cafetales y permitir el uso del FEPC para proteger el ingreso del caficultor no son favores sectoriales: son instrumentos de política pública para sostener el único cultivo que está presente en 611 municipios, que genera empleo rural en las regiones más vulnerables del país y que le da al mundo uno de sus productos más apreciados.

La caficultura colombiana ha sobrevivido a guerras, plagas y fenómenos climáticos. Sin embargo, los desafíos actuales exigen un entorno que acompañe y potencie al sector, evitando la acumulación de presiones que pueden comprometer su sostenibilidad. Tenemos más futuro que pasado, pero ese futuro depende de decisiones acertadas que se tomen hoy.

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