Analistas 20/01/2026

Una moneda fuerte, un campo débil

Germán Bahamón
Presidente de la Federación Colombiana de Cafeteros

La tasa de cambio suele presentarse como un simple dato financiero, pero en realidad es uno de los precios más determinantes de la economía. Resume confianza, riesgo, productividad y relación con el mundo. En un país como Colombia, que depende de sus exportaciones para crecer y generar empleo, el valor del dólar no es un indicador aislado, es una variable que define ingresos reales en el campo y en la industria.

Para entender su importancia conviene recordar para qué existen las monedas locales y, por qué no estamos dolarizados. No solo sirven para pagar y medir valor. En economías abiertas, cumplen además la función de amortiguador frente a los choques externos. Una moneda flexible permite que el país se adapte a cambios en el entorno internacional, protegiendo el crecimiento, la competitividad y el empleo. Por eso, una tasa de cambio que se mueve no es un error del sistema, sino la expresión de cómo una economía enfrenta el riesgo y la competencia global.

En ese contexto, lo que hemos visto en el último año merece una lectura responsable. El peso colombiano se ha apreciado con fuerza: pasamos de alrededor de $4.409 por US$1 a comienzos de 2025, a cerca de $3.663 en enero de 2026. Es una revaluación cercana a 17% en un periodo muy corto. Para muchos, esto suena a una buena noticia. Pero para un país que vive de producir y exportar, una apreciación de esta magnitud tiene un costo real: se pierde competitividad y se reducen los ingresos de quienes generan divisas y empleo.

Aquí es donde conviene hacer una distinción fundamental. Celebrar la revaluación es confundir consumo barato con desarrollo, los países no se hacen ricos importando más, sino exportando mejor. Una moneda fuerte puede aliviar al consumidor en el corto plazo, pero si se construye a costa del aparato productivo, termina debilitando la base misma del crecimiento.

El comportamiento completo de la revaluación del peso hoy no obedece a una sola causa y mucho menos una virtuosa. Es la suma de flujos formales e informales de divisas. Influyen las remesas, parte de las cuales se canalizan por mecanismos de lavado por pitufeo; pesan de manera creciente las economías ilícitas, en particular el narcotráfico y la minería ilegal, que inyectan dólares al sistema sin pasar por la economía productiva; incide el ciclo global del dólar y la política monetaria internacional; y se suma el endeudamiento externo del Gobierno, que trae divisas hoy a costa de obligaciones futuras. Todo ello amplía artificialmente la oferta de dólares y presiona a la baja la tasa de cambio.

Una moneda apreciada puede aliviar, en teoría, algunos costos importados. Pero la revaluación no es una señal de fortaleza estructural. El café se paga todos los días al dólar y el ingreso cae de inmediato cuando el peso se fortalece, mientras que los insumos no bajan con la misma velocidad ni en la misma proporción y, además, representan solo una parte del costo total. Es decir se gana poco en costos y se pierde mucho en ingresos, con un impacto directo sobre la rentabilidad, la inversión y la producción futura.

En el último año, esta dinámica se ha vuelto tangible. La tasa de cambio se apreció cerca de $746 pesos por US$1, lo que ha significado que cada carga de café pierda del orden de $500.000 a $550.000 solo por efecto cambiario. De esta forma, miles de familias cafeteras han visto disminuir sus ingresos aun cuando hacen bien su trabajo y responden a un mercado cada vez más exigente en calidad y sostenibilidad, mientras sus costos locales continúan creciendo por inflación, aumentos salariales y tasas de interés altas.

Cuidar la competitividad no es pedir privilegios. Es proteger el ingreso rural, el empleo y la capacidad exportadora del país. Una economía no se fortalece con una moneda artificialmente fuerte, sino con un aparato productivo eficiente, innovador y confiable. Para ello se requiere una ruta fiscal seria y creíble, un gasto público más eficiente y un marco que estimule la producción y la formalidad, de manera que el tipo de cambio vuelva a ser un aliado del desarrollo y no un freno para el país productivo.

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