Espiritualidad, perdón y verdad

Germán Bolívar Blanco

Nada mejor en la vida que servirle al Señor, esa espero sea mi verdad y la de mis semejantes en la tierra del amor a Dios por sobre todas las cosas. No obstante, esta época light del consumismo nos impone unos estándares, en los que cada vez importa más cuanto se tiene sobre cuanto se vale forjado por valores morales y éticos, igualmente cada vez más elásticos por esta precondición de vida.
Es así como lo bueno y lo malo aparentemente tienen una barrera cada vez más difusa, lo cual surgió desde el pecado original por haber comido del árbol que estaba en medio del jardín, cuyo fruto la ciencia del bien y del mal, permitió al hombre pretender ser como Dios; donde la conciencia elástica en aras de lograr disfrutar las mieses de lo fútil, termina siendo nuestra condena y perdición.
Por lo que esta semana dedicada al Señor y a su entrega para curar nuestras faltas y librarnos del pecado permite abrir espacios de reflexión que fortalezcan nuestros principios y propósitos trascendentales, que al tiempo pueden fructificar en claridad de conciencia personal y colectiva, y no menos importante de ser útil éste ejerció, en crecimiento equilibrado y beneficio general.
Para redituar los resultados esperados se necesita ante todo del perdón, sin lugar a dudas la única receta que sana nuestras heridas espirituales. Perdonar en primer lugar nuestros desafueros y fallas consigo mismos, para luego perdonar el daño causado por el yugo o látigo de quien esperamos nunca nos defraude, pero que al tiempo nos permite crecer en el amor y la comprensión a Dios.
La sanación surge entonces de apropiarnos de la decisión correcta, el perdón. Este silogismo, o más bien este axioma, es el único camino para llegar a la verdad, una verdad que rebose la muchas veces confusa y agobiante realidad del tener y del placer. Asimilar esto permite pedir perdón a los demás por las equivocaciones que cometemos por acción u omisión, o por los malos entendidos que hayan podido surgir al relacionarnos, por lo cual aprovecho esta oportunidad para ofrecer disculpas públicas a quienes se hayan visto afectados por mis actuaciones. Además de principio a fin, siempre pedirle perdón a Dios por nuestro egoísmo e ingratitud.
Al respecto y en gracia a mi proyecto de vida, procuro no sesgarme en posiciones, sino procurar la verdad que aclamé desde mi primer artículo de opinión en este prestigioso medio, "El Preludio de la Verdad", publicado hace más de veinte años.
Reitero mis disculpas al tiempo de orar y pedir capacidad para perdonar a quienes considero desde lo público no rajan como deben, ni tampoco prestan el hacha a quienes no sean sus correligionarios o aplican su mismo credo, pero sobre todo, a quienes en lugar de descalificar con argumentos válidos, eliminan al despreciar y desconocer aportes constructivos por prejuicios, complejos y/o apegos dogmáticos.La violencia y la mentira comienza cuando desconozco al otro, cuando lo mato simbólicamente al hacer caso omiso a sus reclamos o llamados, cuando amparado por disculpas de cualquier índole, simplemente margino y condeno, sin siquiera considerar que resulta útil para la verdad y el beneficio general.