Analistas 28/10/2026

La bola de heno

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Mi padre y mi abuelo materno siempre me inculcaron el gusto por la historia. Siempre me llamó la atención, sobre todo la colombiana. Recuerdos vivos me trae esa enciclopedia de portada amarilla, con dos tomos marcados con asteriscos exclusivamente para rememorar a personajes como José Antonio Galán o Manuel del Socorro Rodríguez. Mi madre, por su parte, se había suscrito a la Revista Credencial; más que por la publicación en sí, lo hizo por su separata de historia, la cual aún conservo para consultar cada vez que necesito volver a las fuentes sin tener que acudir a la Matrix.

Durante mi época universitaria en el claustro de los jesuitas en Cali, escuché una frase pronunciada por un periodista muy reconocido en la región y el país -cuyo padre fue, además, uno de los fundadores del Sena-. Al ser preguntado sobre la historia, respondió con alevosía: “¿La historia para qué? Eso no sirve…”. Ocurrió hace por lo menos 20 años, pero me taladra como si fuese ayer. Hoy, con la remoción de los afiches de Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo Ossa bajo el argumento de que “no son obras de arte”, presenciamos cómo se quiebra una parte del hilo conductor en la construcción de la nación.

Y sí, el hilo se rompe. No porque esto sea algo sagrado, ni con el ánimo de caer en la tentación de “romantizar” el pasado -recordando lo planteado por el director del Instituto Caro y Cuervo, Sergio Esteban Vélez, al referirse a la muerte y el legado de Andrés Caicedo, quien no tuvo la oportunidad que muchos tienen hoy de tratar su salud mental, en una época en la que el suicidio era un tabú-. Caicedo, muy a su estilo atravesado, marcó una línea en la identidad nacional al retratar una sociedad caleña permeada por la salsa en los años setenta. En esa misma línea trágica podríamos situar a otros poetas e intelectuales que intervinieron en nuestra historia: José Asunción Silva, Candelario Obeso, María Mercedes Carranza, Ricardo Rendón (para que caricaturistas como Matador o Vladdo no lo olviden) o el mismísimo edecán de Simón Bolívar, Louis Perú de Lacroix, quien se suicidó en 1837 en París sin haber podido regresar al país a reencontrarse con su familia.

Ahí volvemos al debate sobre el Museo Nacional y la memoria del M-19. La presencia de este relato no es nueva: la exposición se instaló durante el gobierno de Iván Duque para recordar a los candidatos y líderes asesinados en las décadas de los ochenta y noventa. Allí figuraban, junto a Pizarro y Jaramillo, Jaime Pardo Leal y Luis Carlos Galán. Hay quienes afirman que esto constituye una apología del terrorismo; sin embargo, el museo -fundado en 1823 por Bolívar y Santander- no nació como una galería de arte decorativo, sino como un recinto para recordar cómo se edificó nuestra nación.

La historia debe asumirse integralmente, desde cualquier ángulo que se mire. De lo contrario, habría que descolgar docenas de cuadros y borrar capítulos enteros. La Guerra de Independencia no fue un combate romántico por la libertad, y si juzgáramos el pasado con raseros actuales, todos, empezando por Simón Bolívar, tendrían que desaparecer del entorno. Bastaría recordar a figuras como el general Hermógenes Maza, a quien el propio Libertador apodó “el Ángel Exterminador”. Lo mismo valdría para la convulsa república del siglo XIX, con sus guerras civiles, como la de los Supremos o la de los Mil Días, y para la memoria de Julio Arboleda, recordado hoy no solo por sus poemas, sino por su condición de terrateniente esclavista.

No podemos mutilar los hilos conductores de nuestro relato. Más allá de la participación en la Guerra de Corea, están el conflicto con el Perú en los años treinta, episodios oscuros de principios del siglo XX como los abusos caucheros de la Casa Arana en el Amazonas -donde pereció Néstor Reyes, hermano del presidente Rafael Reyes- y las primeras conexiones con el mundo bananero durante el mandato de este último, héroe de la batalla de Enciso.c Si de verdad se quiere rescatar la soberanía en San Andrés, más allá del turismo y la bravata frente a los fallos de La Haya, habría que recuperar su historia: recordar la presencia de figuras como el corsario Louis Aury o Agustín Codazzi, cuya base de operaciones estuvo en Providencia, o los sucesos de la Segunda Guerra Mundial en el Caribe colombiano, cuando embarcaciones nacionales fueron hundidas por submarinos alemanes.

El expresidente Petro se emocionó en su momento al instrumentalizar este tipo de exaltaciones, no solo en el Museo Nacional sino también en la Casa de Nariño, tergiversando en ocasiones el origen y el propósito de ciertos símbolos patrimoniales, tanto que gastó miles de millones de pesos en conciertos a la sombra de próceres como José María Melo. En vez de mandar a hacerle un óleo a este último, simplemente imprimieron su daguerrotipo a gran escala y lo colocaron en el pasillo de los presidentes.

Pero la historia en Colombia tiene tanto por contar que sin ella no tendríamos ni el Premio Nobel de 1982 ni obras como La vorágine. Como antigua cárcel que es, el Museo Nacional custodia una inmensa bola de heno que se ha ido engrosando a través de los siglos: un entramado complejo que, si se le arranca una sola hebra por conveniencia, termina por desbaratarse del todo.

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Museo Nacional de Colombia - Gustavo Petro