En Colombia nos han vendido un relato monolítico de la independencia. Crecimos creyendo que los únicos héroes que nos libraron del yugo imperial fueron los que esculpen los libros de texto: Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander o José María Córdova. Sin embargo, la historia continental está llena de fascinantes vasos comunicantes que solemos ignorar, como el caso del brasileño José Ignacio de Abreu e Lima.
Oriundo de Recife, Abreu e Lima terminó enfundado en los ejércitos patriotas tras huir de su tierra natal. Su padre, el recordado «Padre Roma», había pagado con la vida su destacada participación en la Revolución de Pernambuco de 1817. Lejos de achicarse ante la tragedia, el joven brasileño hizo suyas las banderas de la libertad americana. Su hoja de servicio militar impresiona: combatió en el Pantano de Vargas, en Boyacá, en Las Queseras del Medio al lado de José Antonio Páez, en las dos batallas de Carabobo y en el decisivo combate del castillo de Maracaibo, hombro a hombro con el almirante Padilla.
Pero Abreu e Lima no solo empuñó la espada; también empuñó la pluma. Como director y redactor del Correo del Orinoco, defendió con fervor al Libertador, una lealtad acérrima que le costó enemistarse a muerte con el vicepresidente Francisco de Paula Santander.
Muerto Bolívar en 1830, el aparato santanderista no le perdonó sus afinidades y logró su expulsión del territorio. Tras un periplo por Europa y Estados Unidos, Abreu e Lima regresó a su Recife natal. Allí, las armas dieron paso a las letras y la ciencia: se consagró al periodismo, a la literatura y a la medicina homeopática, hasta su muerte en 1869.
Si hay algo que une la historia de Brasil con la nuestra, es cómo el pasado siempre vuelve para hacer campaña. Vale la pena recordar las reñidas elecciones presidenciales brasileñas entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flavio Bolsonaro. En medio de la pugna ideológica, ambos bandos recurrieron a un viejo conocido de la historia imperial de los Braganza: José Joaquim da Silva Xavier, universalmente conocido como «O Tiradentes».
Tiradentes es una figura de la segunda mitad del siglo XVIII, coetánea de personajes tan disímiles como José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II), Eugenio Espejo o nuestro prócer comunero José Antonio Galán. Odontólogo de profesión —de ahí el apodo que lo inmortalizó— y alférez de caballería oriundo de Minas Gerais, su nombre encarnó la célebre Inconfidência Mineira de 1789, un grito de rebeldía contra los asfixiantes impuestos de la Corona portuguesa. Traicionado y ahorcado en 1792, su memoria fue sepultada por el régimen colonial, solo para resucitar por obra y gracia de la proclamación de la República en 1889, convirtiéndolo en el gran mártir nacional.
Desde entonces, Tiradentes se convirtió en una pieza maestra del marketing político brasileño. Lo fascinante de la contienda reciente es cómo el alférez «sacamuelas» resucitó para servir a ambas orillas: desde sectores progresistas, hasta la derecha quienes lo ven como un símbolo del nacionalismo, el orden cívico y la devoción patriótica. Al haber sido un militar de caballería, los sectores conservadores reivindican su uniforme, su sacrificio en defensa de la libertad y su rol como perseguido por las arbitrariedades de un régimen corrupto.
Mientras tanto, para los seguidores de Lula da Silva, Tiradentes es rescatado como el prototipo del mártir popular y del rebelde antiimperialista. Para ellos, da Silva Xavier representa al hombre común de las clases bajas que se levantó contra las élites dominantes y la explotación.
Algo muy similar ocurre en nuestro país, donde los pasajes de nuestra historia independentista y republicana se acomodan según el gobierno de turno. Así ocurrió con la bandera de la guerra a muerte o con la exaltación de figuras como José María Melo y Juan José Nieto Gil —sin dejar de lado el relegado papel de cientos de afrodescendientes en la construcción de nación—. Sin embargo, mientras allá la historia se debate con fervor, varios de nuestros congresistas del Pacto Histórico prefirieron estar en Brasil brincando tras el triunfo de Lula, en lugar de permanecer en su tierra trabajando por los intereses de quienes dicen defender.