Analistas 09/04/2026

Del dicho al hecho, hay mucho trecho

Guillermo Cáez Gómez
Socio Esguerra JHR

Vivimos en la era del conocimiento, pero también en aquella en la que el aprendizaje se volvió superficial. Para nadie es un secreto que, como nunca, había sido tan fácil acceder a información: libros, cursos, certificaciones, mentorías, etc. Hoy, incluso, el discurso del liderazgo se tomó las organizaciones y a los líderes; todos, sin falta, quieren hablar de liderazgo. En LinkedIn abundan publicaciones con títulos como: lo que aprendí jugando con mis hijos, lo que me quedó de jugar tenis y así; que, más que aprendizaje, en muchos casos, es evidencia de que, por no estar fuera de las tendencias, caemos en la banalidad. El “Fomo” gobierna el propósito y la inteligencia emocional se convirtió en una moda, un nuevo discurso vacío, como lo fue en su momento la resiliencia, el emprendimiento y el empoderamiento.

Y es que el problema no es la falta de información. Es la ausencia de integración de la información. Pasar del yo sé al yo entiendo y al yo hago es un trecho muy largo, pues la medición de qué tan rápido estamos integrando el aprendizaje se da en la acción, no en el discurso. Por eso no es lo mismo entender que integrar. Creemos que saber algo es suficiente para vivirlo. Por eso, muchas veces, nos repetimos: “Yo sé que es así, pero no entiendo por qué no puedo cambiar”. Ahí está la clave de toda transformación.

Nos enseñaron que debemos cuidar cómo nos hablamos, y sí, pero, producto de mantener todo en la superficie, ahora vivimos acumulando ideas que suenan bien, pero que no modifican cómo decidimos, cómo reaccionamos o cómo nos relacionamos. Sabemos lo que “deberíamos” hacer, pero seguimos actuando desde los mismos patrones. ¿Por qué?

Porque el liderazgo empieza con uno mismo y, aunque ya suena repetitivo, es asumir la responsabilidad de lo que corresponde a cada uno. Podemos leer muchos libros y seguir siendo los mismos. ¿En realidad nos transformó? Solo lo sabrá quien, en su soledad, se sienta coherente con el discurso de la calle. Un líder no se define por lo que sabe, sino por lo que hace. No por los discursos que domina, sino por las decisiones que toma cuando nadie lo está viendo. La coherencia no es un valor aspiracional; es una práctica diaria que se mide en acciones, no en palabras.

Hoy vemos organizaciones llenas de líderes formados, certificados y actualizados, pero emocionalmente inmaduros. Líderes que hablan de bienestar, pero operan desde el miedo. Que promueven cultura, pero evitan conversaciones difíciles. Que entienden el cambio, pero no cambian. Y no porque yo no lo sea, sino porque esta columna busca generar consciencia crítica que cuestione y lleve a la profundidad la salud emocional que tanto necesita el mundo, a ver si dejamos de liderar desde el ego.

Tengamos presente que el conocimiento vive en la mente. La sabiduría se manifiesta en el comportamiento. Por eso dicen que del dicho al hecho hay mucho trecho, pues la transformación no se da por una charla, un podcast, un libro o un retiro; ahí tan solo empieza y se podrá ver en el futuro por las acciones consistentes en el día a día.

Así que, más allá de querer tener la razón, me cuestiono si en realidad estamos tomando en serio el reto de salud mental que es evidente en nuestro mundo. Que, más allá del camino que cada uno tome, nos tomemos en serio la formación de líderes, porque un líder que no tiene la capacidad de dominar sus impulsos, de vulnerabilizarse y ser el que menos habla en la mesa, pero el que más oye, es un líder obsoleto.

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