Estamos entrando en el último tramo del año y empieza a aparecer una sensación conocida: el tiempo se está acabando. Volvemos a mirar los propósitos que escribimos en enero y descubrimos que algunos quedaron abandonados en el camino, que la alimentación no fue tan consciente como prometimos, que el bienestar terminó cediendo frente a las urgencias y que aquella meta financiera que parecía razonable hace algunos meses comienza a verse como una odisea. A eso se suma el cansancio acumulado de un año que todavía no termina, pero que emocionalmente muchos ya sienten demasiado largo.
Lo interesante es que buena parte de ese peso no proviene exclusivamente de lo que nos falta por hacer, sino de la manera en que hemos aprendido a relacionarnos con el tiempo y con nuestras propias expectativas. Convertimos enero en la posibilidad de reinventarnos y diciembre en el tribunal donde debemos demostrar si lo conseguimos, y entre ambos construimos una carrera en la que pareciera que siempre existe una versión más productiva, saludable, exitosa y disciplinada de nosotros mismos a la que todavía no hemos logrado alcanzar.
Byung-Chul Han lo explica desde la sociedad del cansancio: dejamos de necesitar un sistema que nos vigile permanentemente porque aprendimos a explotarnos solos bajo la promesa de que siempre podemos hacer un poco más. La exigencia dejó de venir únicamente de afuera y empezó a habitar dentro de nosotros, hasta el punto de convertir la productividad, la optimización y el rendimiento permanente en formas aparentemente virtuosas de vivir. El problema es que, cuando todo puede mejorarse, nada parece suficiente y, en algún momento, el agotamiento deja de ser una excepción para convertirse en nuestra manera habitual de estar en el mundo.
Las organizaciones tampoco escapan de esa lógica. Cuando llega el último trimestre y los presupuestos todavía no cierran, las ventas están por debajo de lo esperado o algunos indicadores amenazan con incumplirse, la reacción suele ser aumentar la velocidad precisamente cuando las personas tienen menos energía para sostenerla. Aparecen más reuniones, controles, mensajes urgentes y jornadas extendidas, como si multiplicar la presión pudiera compensar mágicamente lo que no ocurrió durante los meses anteriores.
Pero una mente cansada no necesariamente resuelve mejor porque trabaje más. Al contrario, pierde perspectiva, escucha menos, reacciona más y termina convirtiendo problemas administrables en cargas enormes simplemente porque ya no tiene espacio interno para procesarlos. Por eso, alivianar el día a día no debería confundirse con conformismo o falta de ambición; muchas veces significa eliminar el ruido suficiente para recuperar claridad, tomar mejores decisiones y enfrentar los retos corporativos con una pausa que permita responder en lugar de simplemente reaccionar.
Ahí comienza el verdadero autoliderazgo: no en la obsesión por recuperar durante los próximos meses todo aquello que no hicimos desde enero, sino en comprender que ninguna fecha tiene el poder de transformarnos. Hemos construido una relación extraña con los comienzos: esperamos el lunes para comer mejor, el próximo mes para organizar las finanzas y enero para cambiar de vida, como si el calendario pudiera entregarnos la disciplina que nosotros mismos seguimos aplazando.
Vivir en el presente no significa abandonar las metas ni renunciar a planear lo que viene, sino dejar de utilizar el pasado como castigo y el futuro como refugio. Una meta debería ayudarnos a orientar nuestras decisiones, pero, cuando se convierte en una fuente permanente de culpa, termina consumiendo precisamente la energía que necesitamos para alcanzarla.
Quizás por eso este último tramo del año no debería servir para acelerar desesperadamente, sino para revisar qué merece todavía nuestra energía, qué cargas podemos soltar y qué decisiones hemos aplazado esperando un momento más conveniente. Liderarse también consiste en entender que no todo debe resolverse simultáneamente y que avanzar con claridad puede ser mucho más poderoso que correr agotados para sentir que estamos haciendo algo.
Nos enseñaron a pensar la vida en ciclos, cierres y nuevos comienzos, cuando en realidad vivimos en un presente continuo que no sabe si es enero, octubre o diciembre. La alimentación puede ordenarse hoy, una conversación pendiente puede comenzar hoy y una organización puede recuperar el foco hoy, sin esperar a que una fecha simbólica autorice el cambio.
Quizás el verdadero problema nunca fue que el año se estuviera acabando, sino creer que nosotros también teníamos que llegar terminados a diciembre. No necesitamos completar una versión perfecta de nosotros mismos antes de que cambie el calendario; necesitamos aprender a liderarnos mientras la vida ocurre. Porque el mejor momento para empezar no fue enero ni será el próximo año. Siempre ha sido ahora.