Desde niños nos enseñan a evitar el error. A no equivocarnos. A asociar el error con el fracaso, con la incapacidad, incluso con la vergüenza. Crecemos creyendo que equivocarse es una señal de debilidad, cuando en realidad es una señal inevitable de estar vivos. Pero pocas veces nos detenemos a cuestionar lo más importante: ¿qué es realmente un error?
Una equivocación es un acto. El error, en cambio, es una narrativa. La equivocación ocurre en un momento específico, bajo circunstancias específicas. El error aparece cuando decidimos etiquetar ese momento como una verdad permanente. Una equivocación puede ser un paso dentro del proceso. El error es el juicio que viene después. Y ese juicio, casi siempre, no es neutral.
¿Equivocado según quién? ¿Incorrecto frente a qué verdad? La mayoría de lo que catalogamos como error no es una falla objetiva, sino una desviación frente a una expectativa. Frente a una norma social, una creencia cultural o una convicción personal. El problema no es la equivocación; es la arrogancia implícita en creer que existe una sola forma correcta de ver la realidad.
En el derecho lo entendemos bien: los hechos son los mismos, pero las interpretaciones pueden ser radicalmente distintas. La verdad jurídica no es una revelación absoluta; es una construcción basada en pruebas, contexto y argumentación. La vida funciona igual. Cada persona interpreta el mundo desde su historia, sus heridas, sus privilegios y sus limitaciones. Pretender que una sola perspectiva tenga el monopolio de la verdad no es un acto de certeza, es un acto de poder.
El verdadero error no es equivocarse. El verdadero error es repetir sin conciencia. Es actuar desde la inconsciencia, desde la reacción automática, desde la incapacidad de cuestionarse. Una equivocación asumida es aprendizaje. Una equivocación negada es arrogancia. Y una equivocación repetida sin reflexión es estancamiento.
Como sociedad, Colombia está atrapada en una obsesión por tener la razón. No buscamos entender al otro; buscamos corregirlo. No escuchamos para comprender, escuchamos para responder. Convertimos las diferencias en amenazas y las discrepancias en conflictos irreconciliables. No porque no exista posibilidad de encuentro, sino porque no estamos dispuestos a renunciar a la ilusión de certeza que nos da sentirnos correctos.
La verdad es que nadie posee la verdad completa. Somos una suma de verdades parciales, construidas desde contextos distintos, desde realidades que no siempre son comparables. Lo que para uno es evidente, para otro es invisible. Lo que para uno es lógico, para otro es incomprensible. Y eso no es un problema. Es la condición natural de cualquier sociedad viva.
La reconciliación no comienza cuando todos piensan igual. Comienza cuando dejamos de necesitar tener la razón. Cuando entendemos que comprender no implica ceder, sino expandirse. Que escuchar no es debilidad, sino inteligencia. Y que la arrogancia más peligrosa no es equivocarse, sino creer que uno no puede estar equivocado.
El lenguaje que usamos no es inocente. Cuando llamamos a alguien equivocado, no solo cuestionamos su idea, cuestionamos su lugar en el mundo. Convertimos una diferencia en una jerarquía moral. Y así, sin darnos cuenta, profundizamos la distancia que decimos querer cerrar. Renunciar a tener la razón no es rendirse; es madurar. Es entender que la verdad no se impone, se construye. Y en esa construcción colectiva, la humildad no es debilidad, es la única forma de evolucionar.