La desigualdad se redujo en el mundo desde la Revolución Industrial hasta hace medio siglo. Desde entonces, quizás ha aumentado. Reducirla no es un propósito arbitrario: es un objetivo ético necesario, ofrecer una vida digna para todos, así sea imposible en la práctica.
Colombia es el quinto país más desigual del mundo. La cifra agregada se queda corta: no revela las enormes diferencias en ingreso y en cobertura de servicios de salud y educación entre el país urbano y el rural. La distribución por regiones es también muy desigual: el ingreso por habitante de los departamentos con petróleo y del Distrito Capital es al menos 50% mayor que el promedio nacional, en tanto que zonas como Chocó tienen menos de 30% del promedio nacional.
La elevada informalidad y la pésima educación pública tendrán efectos graves hacia adelante: no habrá recursos suficientes para ofrecer una vida digna a la población vulnerable, ni forma de evitar fracturas sociales causadas por la automatización creciente. Las clases medias, que solo suman 30% de la población, han optado por invertir en educación privada básica y media para sus hijos. Por ende, las diferencias de oportunidad tienden a agudizarse. Reducir la desigualdad exige una educación pública de excelencia, desde la cuna hasta la jubilación. Así se construirá una sociedad sostenible y se preservará el valor real del trabajo.
Las deficiencias de las instituciones políticas son una restricción seria: las tareas de hacer reglas acertadas y administrar recursos con eficiencia requieren procesos idóneos para escoger a las personas a cargo. Arreglar el Estado es condición necesaria para tener futuro, con un crecimiento rápido y sostenido, que sería mayor en regiones con mejores oportunidades, lo que desembocaría en migración y en una reducción importante de la población rural. El valor del trabajo aumentaría, la población vulnerable y por debajo de la línea de pobreza disminuiría, y habría más recursos para las tareas de lo público.
Para crecer se requieren estrategias acertadas, tras la evaluación de oportunidades y riesgos, y procesos y estructuras acordes con dichas estrategias. No caben rigideces en un mundo cambiante ni complacencia con los logros: los mayores ingresos modifican el espectro de oportunidades, con exigencias crecientes de competencias para permitir más crecimiento a tasas altas y con mayor productividad.
No hay estrategia segura: incluso la mejor planificación puede no anticipar cambios demográficos, tecnológicos o institucionales en el mundo, que desbordan la voluntad de cualquier país y administración. Sin embargo, el error con una ejecución acertada es preferible a la ausencia de estrategia para crecer rápido.
El complemento del crecimiento es el buen funcionamiento de las instituciones públicas, para lograr más con menos y así liberar recursos que permitan apoyar a los sectores más vulnerables de la población, de forma irreversible en muchos casos. La ideología libertaria tiene limitaciones, porque los humanos no somos plenamente racionales ni actuamos de forma mecánica, y porque los mercados son imperfectos y requieren regulación para evitar distorsiones y abusos.
Colombia se ha conformado con estabilidad macroeconómica, pero sigue siendo pobre y desigual.
El saldo de la deuda social del país se reduciría mediante el impulso efectivo al desarrollo integral, con oportunidades para todos, no con impuestos absurdos. Es preciso conjugar audacia y método. Los frutos serían enormes.