Economía mundial en ascuas

Gustavo Moreno Montalvo

La humanidad podría organizarse en forma apropiada para servir los intereses de la comunidad y reconocer a cada quien lo que corresponde en la distribución de los beneficios. Sin embargo, las instituciones políticas no son adecuadas a las exigencias de la globalización: el ordenamiento es heterogéneo y frágil, y la productividad de lo público es baja.

La incertidumbre sobre las estructuras de poder en los países subdesarrollados ha impulsado la exportación de capitales al mundo desarrollado desde los años 50, en forma prioritaria hacia Estados Unidos, el país con la mayor economía y donde hay más innovación.

La consecuencia práctica en tiempos recientes ha sido el excesivo robustecimiento del dólar de EE.UU.; como resultado, los ciudadanos de ese país han consumido productos importados más baratos de lo que les correspondería si la tasa de cambio reflejara condición de equilibrio de la balanza comercial.

Mientras tanto, durante los últimos 30 años la economía de China, controlada por el partido comunista a expensas de los trabajadores, ha crecido en forma sostenida, con el apoyo de una tasa de cambio atada al dólar, lo cual ha permitido generar excedentes de balanza comercial (parte importante se invierte fuera de su territorio para evitar inflación).

EE.UU. tiene enormes déficits fiscales por gasto ineficiente en guerra y en burocracia, y China se ha vuelto importante tenedor de sus instrumentos de deuda. El gasto financiero creciente y el déficit de balanza comercial solo podrán coexistir mientras los mercados tengan confianza en la capacidad de pago del emisor.

En este contexto, la Reforma Tributaria de 2017 hará más atractiva la inversión en su país y mejorará la competitividad internacional de algunos subsectores con reducción de impuestos directos, pero la menor tasa impositiva para los estratos de altos ingresos aumentará el déficit fiscal y, por ende, el riesgo financiero de largo plazo.

De otra parte, el gobierno americano ha entrado en proceso para desatar guerra comercial bajo la premisa de que tiene capacidad para enfrentar al resto del mundo, y no ha titubeado en retar a sus aliados tradicionales.

El objetivo de estas medidas es reducir el déficit de balanza comercial mediante impuestos a las importaciones, pero el desenlace es incierto: lo más probable es que la economía mundial se desacelere, los consumidores de EE.UU. se perjudiquen sin que ello redunde en mayor empleo, y la confianza de los mercados en su mayor deudor se erosione.

Canadá y México serán muy perjudicados, pero estrecharán su relación con la Unión Europea, Japón y Corea del Sur. El asunto puede tener impacto de largo plazo en el ordenamiento del planeta.

EE.UU. debe reducir el gasto público improductivo y canalizar los recursos liberados hacia usos que conlleven la compra de monedas de otros países, para así debilitar su dólar y hacer más competitivo su aparato productivo. Además debe mejorar su educación pública, la mejor del mundo en la posguerra, y hoy rezagada frente al grueso de los países desarrollados, porque depende del impuesto predial local, lo cual asegura desigual calidad y declive relativo.

Para completar escenario, hacia adelante no será posible atraer las mejores mentes del tercer mundo a EE.UU. para compensar las limitaciones de la educación básica propia si se mantiene el clima agresivo hacia los inmigrantes.

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