Europa en vilo…

Gustavo Moreno Montalvo

Europa está en vilo. La Unión no tiene la fuerza necesaria para integrar a sus miembros más allá de lo ya logrado; sus directivos no tienen la legitimidad del voto directo y, además, hay rechazo de bloques importantes de sus ciudadanos a las oleadas de inmigrantes que llegan de Asia y África en condiciones precarias.

Los gobiernos en Polonia y Hungría rechazan la Unión y sus premisas éticas de tolerancia e inclusión. La unión monetaria tiene riesgo de ser incompatible con las finanzas públicas de Italia, la tercera economía más grande del continente, España, la cuarta mayor, Portugal y Grecia.

Gran Bretaña se desvinculó de la Unión, como consecuencia de referendo precipitado, probablemente equivocado, que evidencia las limitaciones de la participación directa en decisiones de Estado para esta época, compleja en comparación con todas las precedentes.

Europa Occidental se demoró un cuarto de siglo en recuperarse de los estragos de la segunda guerra, y Europa Oriental se quitó la sombra de la ocupación en 1989. Aún quedan residuos de esa catástrofe, cuya consecuencia natural fue el acuerdo entre los líderes de la posguerra para evitar su repetición.

En lo económico se han dado pasos importantes para la integración desde la creación de la Unión Europea del Carbón y del Acero en 1951 y la institucionalización del Mercado Común Europeo en el Tratado de Roma de 1957, hasta el Tratado de Maastricht.

Hay libre flujo de bienes y capital, y una moneda, el Euro, compartida por los principales países de la Unión, pero subsisten limitaciones al flujo del trabajo, unas culturales, asociadas a lengua, religión y costumbres, y otras de naturaleza normativa: muchas instituciones públicas, incluidos los sistemas de seguridad social y las autoridades fiscales, son nacionales.

Desde el comienzo fueron evidentes los beneficios de la integración comercial, pero la pluralidad de monedas en un sistema económico de intensa interacción entre diversos países abría mucho espacio para flujos especulativos de capital, que suelen inducir distorsiones en la asignación de recursos.

Sin embargo, la unión monetaria sin integración fiscal puede ser desastrosa si no hay límites efectivos al déficit para cada país, de manera que se asegure la congruencia del sistema. De otra parte, la asimetría en productividad entre lo privado y lo público se ha agravado como consecuencia de la evolución tecnológica de los últimos 40 años: las empresas han aprovechado las nuevas herramientas, pero el Estado remunera trabajo de bajo valor agregado.

El envejecimiento general y la cercanía de pueblos de desarrollo social y económico muy diferente del prevalente en Europa complican la situación. No hay solución fácil, porque además el mayor obstáculo a un marco institucional diferente, en el cual las ciudades región tengan más autonomía para escoger y revisar estrategias, los países sean más bien elementos articuladores, y la Unión tenga responsabilidades centrales, son los burócratas del orden nacional y de las directivas en Bruselas, donde tiene sede la administración, y Estrasburgo, donde sesiona el Parlamento.

Un retroceso en Europa en materia de integración sería duro para el mundo, en busca de modelo para resolver el problema de heterogeneidad entre los países, y así concertar lo requerido por el reto de mitigar los riesgos de desastre climático que la humanidad enfrenta.

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