Analistas 07/11/2026

La democracia liberal

Gustavo Moreno Montalvo
Consultor independiente
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La democracia liberal, estandarte político de Occidente, es el propósito político de países que suman un tercio de la población del mundo. La mitad de este tercio corresponde a India, donde todavía operan las castas como práctica social a pesar de ser ilegales. La otra mitad comprende, en esencia, los países desarrollados y Latinoamérica, cuyas elites se inspiraron en el sistema político americano cuando declararon independencia a raíz de la invasión francesa a la península en 1808. Europa Occidental hizo transición gradual a la democracia liberal a partir de la revolución gloriosa en Gran Bretaña (1689), pero el proceso tomó varios siglos, hasta completarse tras el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945). El tránsito de EE.UU. comenzó con la Convención Constituyente de Filadelfia (1787), pero solo se abolió la esclavitud en los estados del sur tras la Guerra Civil (1861-1865), y solo se suprimieron todas las restricciones racistas en 1965. Japón y Corea del Sur se sumaron a la democracia liberal tarde, el primero tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, y la segunda en 1948, con restricciones hasta un par de décadas después.

El fundamento de la democracia liberal es la libertad de los ciudadanos para disfrutar derechos inalienables y escoger entre diversas opciones para la gestión de lo que concierne a todos, con separación entre quien hace las reglas y quien juzga conductas. Se entiende que caben las divergencias, y que hay revisión de las personas a cargo de las reglas y de la administración mediante elecciones periódicas, libres y efectivas.

La democracia liberal conlleva el espacio para la propiedad privada de los medios de producción y distribución de bienes y servicios, y economía de mercado, de manera que los precios y las cantidades de unos y otros se determinan por el libre juego de la oferta y la demanda. Hay, sin embargo, restricciones derivadas de la evidente interdependencia de los humanos, que desemboca en la necesidad de establecer la solidaridad como valor fundacional, complementario del respeto. Además, es necesario reconocer que los mercados son imperfectos: hay barreras para la participación en la oferta, derivadas de la tecnología, la normatividad y, en general, la naturaleza misma de muchos bienes y servicios. Más allá, los criterios para las decisiones no siempre atienden a la razón: los gustos y preferencias de los consumidores suelen responder a impulsos alimentados mediante mecanismos sutiles de comunicación. Lo mismo se puede decir incluso de las ideas políticas, manipulables mediante retórica efectiva.

La construcción de democracia liberal está sujeta a exigencias crecientes. La productividad está cada día más atada a la automatización, con posibles consecuencias sociales desastrosas: puede haber nuevas formas de fractura social, riesgo a mitigar con educación universal continua hasta terminar la vida productiva. Además, las unidades políticas con pretensiones de autonomía, los países, son demasiado heterogéneas; siempre habrá espacio para pequeñas unidades autónomas con ventajas derivadas de la geografía, como Singapur y Panamá, pero se debe buscar la integración política y económica como regla, con respeto por lo específico en lo cultural. Es hora de reconocer realidades y formular propuestas audaces, acordes con las exigencias de la época. No caben titubeos.

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