La humanidad entera deberá ajustarse a un escenario sin precedentes. Lo primero: en contraste con todos los grandes cambios tecnológicos previos, la inteligencia artificial (IA) puede mejorar la vida de todos, pero también salirse de cauce. El uso controlado de IA podría aumentar la productividad. Reduciría costos y facilitaría la modificación de procesos para hacer más eficiente la institucionalidad pública y privada. Sin embargo, también significaría pérdida de capacidad para generar ingresos laborales de segmentos importantes de la población, lo cual podría desembocar en serias fracturas sociales. Para mitigar ese riesgo, se requiere cambiar la educación pública, con orientación a cultivar destrezas prácticas durante toda la vida de las personas. Se necesitarán muchos menos profesionales en numerosas actividades, pero en promedio más calificados.
Hay riesgos aterradores, reconocidos por las cabezas de OpenAI y de Anthropic, dos muy importantes proveedores de herramientas de IA. No se puede precisar su alcance. Procede reflexionar sobre control de procesos, pero no está muy claro cómo hacerlo. Los gobiernos reconocen la seriedad de la situación, pero enfrentan realidades complejas: hay competencia entre fabricantes de herramientas y enfoques de programación, y también entre países de origen. Los americanos tienen hoy ventaja cualitativa, pero los chinos empiezan a pisarles los talones con herramientas que exigen menos consumo de energía, elemento importante en el costo del servicio de IA.
Hay otros asuntos relevantes para todos los humanos. Uno es el envejecimiento, que implica costos crecientes en servicios de salud y mayor productividad de la fuerza laboral para asegurar el sostenimiento de esa proporción en aumento de la población inactiva. Será necesario un esfuerzo persuasivo para impulsar prácticas saludables y así extender los años de trabajo, pero de todos modos habrá complejidad, pues la esperanza de vida aumentará y se requerirán más ahorros para atender a los ancianos. Otro uso inevitable de recursos significativos será la mitigación de los efectos nocivos de la vida humana en su ambiente. En algunos capítulos caben impuestos al consumo, pero el grueso del costo estará a cargo de todos.
La cantidad excesiva de países hace difícil la eficiente asignación de recursos, pues inhibe el libre flujo de bienes y trabajo. Muchas fronteras son herencia de épocas coloniales, cuando las potencias europeas convinieron en distribuirse espacios con propósitos extractivos. Los países deben integrarse para capturar enormes beneficios potenciales y, al tiempo, consolidar la diversidad cultural, fuente de valor social.
Para completar el escenario, las sociedades de los países desarrollados han optado por el ocio y la recreación como objetivos de la vida. No valoran la posibilidad de realización personal en la batalla para derrotar la pobreza en el globo entero. Además, tienen elevados niveles de deuda pública en relación con su ingreso, cuyo pago corresponderá a futuras generaciones. Las empresas, por su parte, deben cultivar valores apropiados para su conducta en los negocios.
El inventario de realidades emergentes es elocuente: el nuevo mundo exige instituciones públicas y privadas más acordes con el dilema actual, en el que cabe el rescate de todos los humanos, pero también el hundimiento de la especie. Hay que actuar, y rápido.