Analistas 07/06/2022

La credibilidad en apuros

Héctor Francisco Torres
Gerente General LHH

Según la definición de Kouzes y Posner en su libro ‘Credibility: How Leaders Gain and Lose It, Why People Demand It’, el liderazgo es la relación existente entre las personas que aspiran a dirigir y aquellas que deciden seguirlos o no. Esta definición, tan apropiada en el contexto electoral que abruma y divide a Colombia por estos días, involucra dos ingredientes indispensables para quien pretenda asumir la conducción de cualquier conglomerado humano: la capacidad y la confiabilidad. El primer elemento se refiere al conocimiento, las habilidades y las competencias necesarias para ejercer la misión encomendada, mientras que el segundo, más difícil de cimentar, está relacionado con la identidad de creencias y valores que el aspirante a líder construya con sus potenciales partidarios y, por consiguiente, con la confianza que produzca entre ellos.

El pasado 29 de mayo descubrimos que no fueron ni la capacidad ni la confianza, los motores de la decisión tomada por la mayoría de los 21.418.631 colombianos que fuimos a las urnas. Los resultados demuestran un profundo descontento con el establecimiento, un anhelo urgente de cambio sin que exista claridad suficiente sobre su alcance e implicaciones, y un voto fundamentado en las pasiones individuales de los sufragantes. Esta incontrovertible realidad, calcada de lo acontecido en Chile y en el Perú, puede explicarse porque hemos perdido la esperanza en las instituciones y comenzado a creer en lo desconocido, como lo señala Rachel Botsman en una estupenda charla TED en la que cuestiona la confianza como un concepto racional de evaluación de riesgos y la plantea como una relación tranquila y segura que nos permite cruzar el abismo que separa lo conocido de lo ignoto.

A juicio de Botsman, la confianza ha evolucionado desde el corolario decimonónico que enseñaba cómo las personas tenían fe en que los integrantes de sus grupos sociales actuarían de manera correcta, hacia un criterio institucional en el que la confianza ya no depende tanto de las personas como de las normas, reglamentos y regulaciones sociales que desmotivan las actuaciones inadecuadas.

Pero la ocurrencia de escándalos como la pederastia en la iglesia católica, la información falsa sobre las emisiones de los automóviles fabricados por la que fuera una reputada marca alemana, o los Panama Papers, entre muchos otros, han desmoronado la credibilidad institucional, dando paso a la confianza compartida y diseminada que comienza a reinar en la era digital. La confianza institucional se distancia de manera significativa e irreversible de su sucesora del siglo XXI porque aquella es cerrada, excluyente, opaca y llena de asteriscos con condiciones rara vez leídas y casi nunca entendidas, mientras que esta es transparente, descentralizada, inclusiva y marcada por la responsabilidad individual.

Por la ausencia de confianza institucional, la primera vuelta presidencial dejó como vencedores a dos candidatos que no parecen contar ni con las capacidades ni con la confiabilidad necesarias, y a los votantes en la encrucijada de decidir si hacemos realidad una profecía apocalíptica que nos amenaza por tercera vez o si preferimos vendarnos los ojos y lanzarnos a una dimensión desconocida para evitarla. No hay más opciones, ahora que comenzamos a vivir la era de la confianza distribuida.

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