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Terafab: ¿locura o visión de Elon Musk?

Hernán David Pérez

Recientemente SpaceX y Tesla, en colaboración con Intel, anunciaron un proyecto conjunto para el desarrollo de Terafab, la cual aspira a ser la mayor fábrica de chips en el planeta, con un área de 9,3 millones de metros cuadrados para manufactura, ubicada en el condado de Grimes, Texas.

Las cifras son de un orden de magnitud no visto hasta hoy: en el prospecto dirigido a los inversionistas se menciona que “el objetivo de Terafab a largo plazo es producir un teravatio -1.000 GW- de hardware de computación al año”.

Para poner esa cifra en contexto, OpenAI anunció en abril de 2026 que ya había superado su objetivo de asegurar 10 GW de infraestructura de IA. Aunque las métricas no son directamente equivalentes -Terafab habla de capacidad anual de fabricación de hardware y OpenAI de infraestructura de cómputo asegurada-, la comparación permite visualizar la escala: un año de producción de Terafab a plena capacidad equivaldría, en potencia nominal de hardware, a aproximadamente 100 veces los primeros 10 GW de infraestructura asegurados por OpenAI.

Mirando hacia atrás en la historia industrial, este anuncio recuerda otra megafábrica: River Rouge, el mayor complejo automotriz en su momento -1930- desarrollado por Ford, cuya área cubierta era de 1,4 millones de metros cuadrados, es decir, una séptima parte de lo que será Terafab. Su importancia, además del tamaño, radicaba en la integración de la producción de acero, vidrio, energía y otros componentes, y el ensamble de los vehículos.

Precisamente, uno de los elementos más relevantes de Terafab es su apuesta por integrar todos los procesos en la producción de chips, desde el diseño de las máscaras litográficas, la fabricación de chips lógicos y memorias, hasta el empaquetado de los chips en módulos. Este modelo es diferente al desarrollado por Nvidia, que no posee fábricas de chips y actúa como un orquestador de diversos proveedores.

Estratégicamente, Terafab ayuda a conectar capacidades que hasta hace poco podían verse como negocios separados: Colossus, Grok, Tesla, SpaceX y Starlink, y les da el control de lo que ellos denominan el stack físico de la IA: Terafab suministra los chips; Colossus, descrito por xAI como el supercomputador más grande del mundo, sirve para entrenar y ejecutar los modelos de IA; Grok es la capa de inteligencia cognitiva y razonamiento; Tesla representa el despliegue de la IA en el mundo físico -robots humanoides y vehículos autónomos-; SpaceX aporta la infraestructura de lanzamiento y despliegue necesaria para llevar capacidad de cómputo al espacio; y Starlink ofrece la red de conectividad que puede enlazar esa infraestructura orbital de cómputo con usuarios y sistemas en la Tierra.

Además, la infraestructura de cómputo satelital busca dar respuesta a restricciones terrestres de suministro de energía, refrigeración y disponibilidad de espacio para el desarrollo de centros de datos en la Tierra; incluso SpaceX ya menciona que se pueden alcanzar 100 kW de cómputo por tonelada de peso del satélite.

Tal como ocurre hoy con Terafab, River Rouge pareció una apuesta desproporcionada para la época; sin embargo, terminó cumpliendo muchos de los objetivos planteados en su concepción.

La gran pregunta es: ¿estamos hablando de una visión que transformará el mundo o de un fracaso anunciado?

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