Me gusta aprender nuevas palabras. Siento que el léxico común a veces se queda corto para condensar y expresar los sentimientos a los que nos enfrenta la vida. Por ejemplo, Ganbaru, como titulé esta columna, es una expresión japonesa que significa esforzarse al máximo y no rendirse, incluso cuando todo se torna difícil.
Y de eso se trató el pasado 2025: de perseverar con disciplina y compromiso. Desde el Banco Agrario creemos profundamente en generar un equilibrio entre ser una entidad sólida y no perder nuestra vocación de servicio. Somos autosostenibles, vigilados por todos los entes de control y conservamos esa esencia campesina que nos motiva a llegar a donde otros no llegan.
Soy banquero. Por eso muchas apreciaciones sin fundamento no me distraen. Debo reconocer que la política no es lo mío y que la labor que me encomendó el presidente Gustavo Petro fue la de transformar el banco estatal y convertirlo en lo que es hoy: una entidad a la vanguardia tecnológica, que genera utilidades, que en los últimos tres años ha desembolsado más de 38 billones en créditos y que está ubicada en el top 5 de la banca. Las cifras son irrefutables.
No nos desconcentramos y seguimos trabajando en cómo podemos ayudar, desde nuestro frente, a los miles de colombianos que sueñan en este 2026 con consolidar sus proyectos. El Banco Agrario es hoy una de las principales herramientas de irrigación de recursos hacia la economía real. Su cartera, enfocada de manera prioritaria en el sector agropecuario, rural y empresarial, tiene un impacto directo sobre la producción de alimentos, el empleo regional y la formalización económica.
Para el ciclo de reactivación que debe consolidarse en 2026, el Banco cuenta con más de 13 billones de pesos disponibles para crédito productivo, orientados a financiar siembras, cosechas, transformación agroindustrial, capital de trabajo, infraestructura productiva, vivienda y vehículo, así como el fortalecimiento de pequeñas y medianas empresas en todo el territorio nacional. Esta cifra podría incrementarse en hasta 3 billones de pesos adicionales, si la demanda así lo requiere.
Este dato no es menor. Se trata de recursos listos para entrar en circulación económica, con criterios técnicos claros y con un enfoque que privilegia la productividad sobre la especulación. El Banco Agrario no entrega subsidios ni opera bajo lógicas asistencialistas. Su función es financiar proyectos viables, acompañar al productor y garantizar que el crédito se convierta en crecimiento económico sostenible. Esa disciplina financiera es precisamente la que ha permitido que el banco conserve indicadores de solvencia adecuados y un patrimonio sólido, incluso en escenarios de alta incertidumbre económica.
La entidad opera bajo esquemas estrictos de gobierno corporativo, con controles internos, vigilancia permanente de los entes reguladores y decisiones colegiadas basadas en criterios técnicos. Su patrimonio permanece intacto y, además, se ha fortalecido: es un banco cada vez más sólido, cuya estabilidad financiera no ha sido comprometida y cuya capacidad de crédito se mantiene robusta, sostenible y plenamente verificable.
Resulta especialmente delicado que se intente presentar al banco del Estado como un botín político. Esa visión desconoce que el verdadero valor del Banco Agrario es su carácter técnico, su estabilidad y su vocación de servicio público. La confianza en una entidad financiera pública no es un asunto simbólico: es un activo económico que impacta directamente la inversión, el acceso al crédito y la actividad productiva en los territorios. Dañar esa confianza con desinformación afecta, en última instancia, a quienes producen, trabajan y se benefician de nuestra institución crediticia.
Este 2026 que comienza debe marcar un punto de inflexión. La economía no se reactiva con rumores ni con narrativas virales, sino con crédito que fluye, inversión que llega a las regiones y funcionamiento con rigor. Por ejemplo, para que ese impulso tenga el impacto esperado, es fundamental que los ajustes al sistema de crédito agropecuario se implementen con tiempos razonables y con criterios que no perjudiquen el acceso de los pequeños y medianos productores a condiciones financieras diferenciales. Son ellos quienes, con esfuerzo diario, sostienen buena parte de la soberanía alimentaria del país.
Más allá del ruido, las cifras hablan. Y los números confirman que el Banco Agrario sigue siendo una pieza clave para la economía colombiana. El país necesita que este sea el año de dar el paso definitivo hacia un crecimiento sostenido, apalancado en inversión productiva, crédito responsable y confianza institucional. En ese proceso, nuestro Banco Agrario de Colombia cumple un papel estructural que no se mide en discursos, sino en capacidad financiera real, presencia territorial y resultados verificables. Quienes realmente nos conocen saben de qué hablo. ¡Ganbaru!