Analistas 29/04/2021

El digicentrismo y el analocentrismo

Hugo Díaz Luna
Profesor INALDE Business School

Hoy debemos comprender que, para seguir avanzando en el desarrollo empresarial, no hace sentido ni el analocentrismo ni el digicentrismo. Ambas culturas (analógica y digital) son fundamentales para anticipar los cambios futuros que nos ofrecerán los nuevos contextos, y en ese sentido, las empresas existen como catalizadoras de valor a la sociedad y para ello se deberán estructurar cambios culturales que eviten “centralismos” y promuevan aperturas.

El alocentrismo podría denominarse una cultura antidigital, parecida al movimiento propiciado por Ned Ludd en el siglo XVIII con el rompimiento de dos telares (las nuevas tecnologías de la época) y que, posiblemente, años después originó un movimiento en contra de la tecnología, llamado ludismo o luditas.

Esta forma de ver el mundo representa una cultura de pensamiento hacia lo analógico, lo físico o lo presencial. Las dinámicas modernas a favor de la seguridad, la privacidad de la información, la intimidad, el humanismo; la importancia de sentir, tocar y oler, fortalecen filosofías luditas en contra de lo digital.

Por otra parte, un concepto totalmente opuesto a la cultura ludita es el que orienta sus fundamentos hacia la singularidad tecnológica, es decir, una filosofía que asegura un “transhumanismo” digital, en el que la inteligencia artificial tomará consciencia y superará la capacidad racional del ser humano.

Uno de los precursores de este movimiento es Ray Kurzweil (autor del libro, ‘The singularity is near’), quien a los 17 años ya demostraba su capacidad intelectual programando software y hoy es director de ingeniería de Google. Esta cultura representa algunas creencias hacia un mundo totalmente tecnológico o digital, las cuales traerán beneficios exponenciales a toda la humanidad.

En 2005, Thomas Friedman, en su libro ‘La Tierra es plana’, expone el apasionante modelo de globalización que nos permite conectar diferentes culturas sociales para favorecer el mundo de los negocios. Esta posibilidad de encuentros sociales para el desarrollo de la sociedad representó un reto en contra del Etnocentrismo (creencia de superioridad cultural). Para facilitarlo, estudios de Edward Hall (antropólogo e investigador del siglo XX), en conceptos culturales como los de alto o bajo contexto o las dimensiones de Hofstede (sicólogo social), permiten entender que la otra cultura es diferente y por ende respetada. Los estudios de Hall y Hofstede promueven la apertura cultural para facilitar la globalización.

Para garantizar la digitalización y evitar el centralismo en lo analógico, se debe entender, respetar y reconocer lo digital, como una dimensión de alto valor. No se trata de iniciar un cambio abrupto, porque se romperá dejando grietas. Lo que se requiere es incluir dinámicas empresariales que suben la probabilidad de intensificar creencias y comportamientos humanos hacia variables digitales.

Una tienda física, una sala de cine, un estadio, un teatro, una oficina, un gimnasio son útiles, pero no son únicos. Los modelos digitales traen eficiencias, comodidades, automatizaciones, anticipaciones e indicadores que permiten interacciones relevantes. Cambiando estas creencias gradualmente, se tendrá la posibilidad de apropiar una cultura integral con más elementos de valor gracias a lo digital.

El covid-19 fue un experimento acelerado hacia el digicentrismo y como toda experimentación nos enseñó bondades, como las enmarcadas en productividad. Pero compartir un café bajo un encuentro virtual, no parece ser la mejor manera de disfrutarlo. Así como los estereotipos pueden ser negativos para evitar el etnocentrismo, no es viable pensar en estándares empresariales estáticos y menos únicos.

Para esto, son necesarios los modelos de cambio cultural hacia lo digital, sin abandono del mundo análogo, transformando la conducta o comportamientos humanos hacia nuevos hábitos que busquen beneficios inesperados, gracias a la benevolente descentralización cultural.

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