Analistas 06/06/2026

De aquellos polvos…

Salen estos lodos, dice el refrán y, por desgracia, esta máxima se está cumpliendo en Colombia tras los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales.

Sin embargo, en este caso los lodos se reparten a partes iguales entre los que han generado los partidos de izquierdas, progresistas o populistas extremos de ese ala del espectro político, como los que se derivarán de la entrada en el gobierno de radicalismos autoritarios, populistas y autocráticos que, tras llegar al poder mediante elecciones legítimas, erosionan el sistema de pesos y contrapesos necesarios en toda democracia, aduciendo cuestiones de seguridad, de interés partidista o del manido “bien común”; su bien común.

Esto ha pasado en democracias tan, aparentemente, legitimadas y consolidadas como la estadounidense, así como en países de otras latitudes: Argentina, El Salvador, Chile, Italia y Ecuador y…, ahora es probable que a esta ola se una Colombia. Y, por desgracia, hay otros que es más que probable se sumen a esta corriente tan peligrosa que crece y crece sin que nadie sea capaz de aplacarla.

Todos los candidatos vencedores en las contiendas electorales de los mencionados países están cortados por el mismo rasero: autoritarios, vocingleros, narcisistas, soberbios, déspotas, dispuestos a resolver problemas complejos con soluciones ridículamente simples… y que, con mensajes cortos, claros y repetidos hasta la saciedad (no olvidemos lo que logró Hitler en Alemania hace casi un siglo) y aprovechando la crispación social que deviene en una polarización y sectarismo dramáticos, buscan convencer a los votantes de que ellos son los únicos capaces de salir de esa situación de caos, que se encargan de ventilar y exagerar día tras día. ¡Ojo, que en determinados casos no les falta razón!

Sin embargo, el problema no está solo en ese lado de la balanza. En la mayoría de los casos, si se ha llegado a ese punto es porque los que están al otro lado no han sido capaces ni de cumplir lo que decían que iban a hacer, ni de que sus discursos más o menos demagógicos y bienintencionados sean viables y/o, siéndolo, de ser capaces de ejecutarlos, o bien porque se han visto atrapados por temas de corrupción, amoralidad política, amiguismo y nepotismo que tanto criticaban al otro lado de la bancada, o por la defensa de los valores woke hasta el absurdo e incluso, lo más grave de todo, porque intenten también poner en práctica ciertas maniobras autocráticas para perpetuarse en el poder; todos conocemos intentos de cambiar las constituciones nacionales, pactos de gobierno antinatura que les obligarán a desdecirse de cosas por las que nunca pasarían, destituir a miembros del poder judicial que no son afines a su manera de pensar (la palabra lawfare se ha instalado entre nosotros), actitudes inquisitoriales frente a la libertad de expresión…

Defienden un paternalismo político a través de unas políticas clientelares que exceden lo defendible, incluso para muchos votantes de izquierda.

Y todo ello bajo el mantra de: “ellos y nosotros”, “buenos y malos”, “pobres y ricos”…, un maniqueísmo que es la verdadera lacra de nuestra sociedad y que lo único que hace es romper la convivencia con nuestros semejantes, familias, amigos y vecinos.

Es una pena haber llegado a este punto, pero, si hay que señalar a alguien, los políticos, algunos panfletos pseudoperiodísticos y la amplificación de las redes sociales a todo lo que se hace, dice o se inventa son los que han prendido la mecha de esta perversa situación. Prendida la mecha, va a ser muy difícil apagar el fuego.

En España, Francia y otros países de nuestro entorno es cuestión de tiempo para llegar a situaciones más o menos similares, en determinados temas, a las acaecidas en los países que antes he nombrado y, sin duda, creo que la responsabilidad de ello recae fundamentalmente en los que actualmente nos gobiernan. Habiendo hecho cosas muy bien y logrando metas importantes en muchos temas, han pasado en tantos otros la línea roja, línea que en sus promesas electorales jamás traspasarían, que el tsunami les va a pasar por encima y, además de hundir la alternativa socialdemócrata durante años —lo cual puede ser algo muy negativo para muchos países, al menos de nuestro entorno—, producirá lloros y lamentos entre los afligidos derrotados.

Y no quiero pensar que se pueda pasar de esos sentimientos, aunque la polarización existente no me dé garantías de que no haya revueltas violentas llegado el caso.

Quizá tenía la ilusión de que Colombia, con su tradición democrática e institucional y su pléyade de políticos serios, preparados, curtidos en mil batallas y situados más o menos en el centro del mapa político, iba a ser capaz de construir una alternativa respetable y creíble que pudiera romper el devenir de otros países de su entorno.

Mi gozo en un pozo. No sé si por un tema de egos, de intereses creados o encontrados, de fobias y filias entre todos ellos, de egoísmo… o una mezcla de todo lo anterior, pero el hecho cierto es que 90% de los colombianos, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, se han decantado por alguna de las dos opciones que, para mí, son pésimas para la ciudadanía y supondrían perder otros tantos años para sacar a este maravilloso país del desconcierto, caos y despelote en el que está inmerso desde hace unos cuantos (y no solo me refiero a los últimos cuatro).

Si me preguntan quién puede ser el vencedor en la segunda vuelta, me siento totalmente incapaz de dar una respuesta. Lo que sí creo es que aquellos que no votaron el pasado domingo o los que votaron a otros candidatos que se han quedado fuera de la carrera presidencial no van a votar pensando en lo mejor para Colombia, sino en lo menos malo para el país; es un voto más por resignación que por convicción.

En un par de semanas saldremos de dudas sobre quién se lleva el gato al agua. Espero y deseo que en este tiempo y en lo que suceda el día después, al menos se respete la legalidad democrática, lo que decidan los ciudadanos colombianos y no haya cruce de acusaciones subidas de tono que puedan llevar a una violencia que llegue a convertir a Colombia en un escenario infernal. A ello deberíamos sumar la esperanza de que el que gane sea capaz de gobernar para todos los colombianos y no solo para sus votantes.

Eso sería un mensaje de país serio, digno y democrático.

A lo mejor, la mejor manera de recuperar esa concordia podría ser la celebración de los éxitos de la Selección Colombia en el próximo mundial.

Y, como aperitivo a la jornada del día 21 de junio, este domingo tenemos la segunda vuelta de las elecciones peruanas entre dos candidatos que tampoco auguran nada bueno. Vaya época la que llevamos…

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