Analistas 04/09/2026

El péndulo político latinoamericano

A falta de las elecciones a la presidencia de Brasil, que se celebrarán en este mes de septiembre, desde finales del año 2023 se han celebrado en la región 15 elecciones presidenciales (2 en Ecuador y considerando en esa cifra la pantomima venezolana de julio del 2024, que todos sabemos quién las perdió, salvo el que se proclamó ganador).

Dejando al margen la citada pantomima, salvo en el caso de México, donde Claudia Sheinbaum fue capaz de continuar con el testigo de López Obrador y de Yamandú Orsi en Uruguay cabeza de un partido de corte de centro izquierda, el resto de los comicios ha llevado al poder a los candidatos de derechas: más o menos radicales, populistas, libertarios, autocráticos, demagogos…, pero candidatos de derechas. El último en subirse a ese carro ha sido el peculiar Abelardo de la Espriella en Colombia.

Hace ya más de 50 años, Eduardo Galeano en su libro Las venas abiertas de América Latina, fundamental para entender la situación política y económica de la región, ya decía que históricamente la región había sido una fuente inagotable de recursos con la que se enriquecían “otros” (EE.UU., potencias coloniales), pero también las élites de cada país.

Esta reflexión, a la que no le falta razón, llevaba a generar ese subdesarrollo y desigualdad endémicas; pasan los años, los gobiernos de uno y otro signo y esa brecha no se cierra.

Sin embargo, no basta quedarse en ese pensamiento para justificar la situación en la que se encuentra América Latina. Si nos paramos a analizar el cuarto de siglo que llevamos, vemos que en la mayor parte de los países ha habido gobiernos de izquierdas, también, como en el caso contrario, más o menos extremistas, que han tenido la oportunidad de que esas diferencias entre más y menos favorecidos se redujeran y, sin menoscabar ni menospreciar lo logrado, todavía la cifra de desigualdad entre ciertos sectores de la población asusta y sigue sin aparecer una clase media de peso que permita equilibrar más la balanza.

Según fuentes de la Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), organización dependiente de la ONU, fueron en los primeros años de este siglo cuando se logró reducir en mayor medida dicha desigualdad. Sin embargo, desde mediados de la década anterior y en especial con la pandemia, se produjo un fuerte golpe social y económico, pese a que los esfuerzos gubernamentales evitaron que ese desequilibrio aumentara, lo que hizo que esa tendencia positiva se paralizara.

Sin embargo, si miramos directamente cuánto recibe 10% más rico frente a 10% más pobre, la fotografía es mucho más dramática. La proporción entre ambos deciles es de 21 a 1. Si no hablamos de ingresos, sino de riqueza, simplemente decir que dos tercios de la riqueza de la región está en manos de 10% más rico y, un tercio, en manos de 1%.

Con toda esta ensalada de datos quiero decir que todavía queda un larguísimo camino por recorrer y no vale con acusar a terceros, esos “otros” a los que se refería Galeano, de lo que pasa en mi querido continente latinoamericano.

Las intenciones de muchos candidatos y posteriores presidentes electos situados en la izquierda del espectro político se han quedado, en muchos casos, en eso; en meras intenciones.

Por supuesto que se han implementado políticas destinadas a aumentar los salarios mínimos y destinar ayudas para cubrir las necesidades básicas de los más desfavorecidos, mejorar las condiciones laborales de los trabajadores y a dotar importes significativos para la sanidad y enseñanza pública en todos los países de la región, que han ayudado a que el nivel de vida mejore.

Sin embargo, la realidad es que la gran mayoría de estos gobiernos de izquierda son recordados más por sus políticas maniqueístas basadas en el enfrentamiento con sus rivales políticos (”nosotros buenos, ellos, los ricos, malos”), sus corruptelas y la defensa de sus intereses particulares, propios y de sus allegados, frente a lo que realmente le demandaban sus ilusionados votantes. Esa bandera de honestidad política que agitaban y defendían ante el electorado previo a sus respectivos comicios, desgraciadamente ha quedado en nada y se han embarcado en los mismos desmanes que criticaban al resto de opciones políticas.

El nivel de clientelismo político ha sido y sigue siendo tremendo en toda la región y eso no ayuda a mejorar las condiciones de vida y a crecer política, social y económicamente como país.

Es una pena que un continente tan rico en recursos naturales, tan diverso, con una riqueza cultural envidiable y unas personas con un talento al nivel de los países más desarrollados, con un nivel de resiliencia sin parangón en todo el mundo, no sea capaz de fijarse un objetivo común y romper con esa polarización tan salvaje y salirse de esta lacra que impacta dañinamente a otras latitudes.

No obstante, creo que aquí es menos comprensible porque hay unanimidad en los problemas que hay que abordar: seguridad, corrupción, desigualdad, educación y salud pública de calidad y lucha contra la economía sumergida.

En cualquier caso y pese a ese vaivén político que se está produciendo para alegría de muchos, no sé si basada en la convicción o en la resignación comparándolo con lo que tenían, no hay que engañarse. La gran mayoría de los países están “partidos por la mitad” políticamente; muchos de los actuales presidentes han llegado al poder por un puñado de votos, lo que demuestra la fragmentación en la que se encuentran.

Sería un craso error que gobernaran única y exclusivamente para sus votantes. De hecho, podría pensarse que una muestra de su inteligencia y de su sentido de Estado sería continuar o trabajar sobre aquellas medidas tomadas por sus predecesores dirigidas a paliar los grandes problemas reseñados anteriormente y que estaban dando sus frutos, aunque en campaña electoral se criticaran sin desmayo.

Quizás, con ellos, se podría acabar con ese maniqueísmo y el mantra tantas veces repetido de que los gobiernos de derechas gobiernan para los ricos y, si además son de derechas radicales y populistas, no tienen especial interés en respetar la institucionalidad y la legalidad vigente, convirtiéndose en autocracias. Autocracias que de una manera más sibilina persiguen los radicales del otro lado a través de la creación de asambleas constituyentes, reformas constitucionales, perpetuarse en el poder… Al final son caminos que llevan al mismo destino; destino que es todo, menos bueno para el país.

Me niego a aceptar que una democracia plena y sana no tenga cabida en América Latina.

Hacer desaparecer el pasado es muy difícil, por no decir imposible, pero hay que intentar actuar sobre el presente para lograr un futuro mucho más esperanzador.

Vargas Llosa decía que América Latina no es una realidad, sino una ficción.

Hay que lograr lo antes posible llevarle la contraria. Se tiene todo para conseguirlo.

TEMAS


desigualdad - Riqueza - América Latina