Análisis 30/10/2026

España esta triste; muy triste

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Y es que cuando en menos de 10 meses se han producido dos accidentes ferroviarios con más de 100 víctimas y un mayor número de heridos, se te corta el cuerpo, y esa sensación se respiraba este miércoles en las calles de Madrid, mucho más silenciosas de lo normal para una tarde otoñal que parecía más de primavera avanzada.

Este tipo de accidentes, y más si se repiten en tan corto espacio de tiempo generando tanta desgracia, impacta más en las personas. Todos hemos normalizado los accidentes de carretera, pero si en menos de un año sufres dos siniestros de avión, tren, barco…, empiezas a pensar que tú, usuario habitual de alguno de ellos, podrías haber estado entre las víctimas. Es algo difícil de explicar: cuando dan las cifras de muertos en carretera durante el verano o el fin de semana, apenas te inmutas, mientras que lo que sucedió este miércoles en la provincia de Toledo o en enero en la de Córdoba te estremece.

En el caso de España, hasta hace unos meses presumíamos de tener la mejor red de ferrocarriles de alta velocidad de Europa. Era un medio seguro, cómodo, puntual, al alcance de todos y, desde hace tiempo, se había convertido en el niño bonito de nuestro sistema de transportes. Todos apostaban por él y por extenderlo a cuantas más regiones mejor, por todo lo dicho anteriormente y por su menor impacto ambiental.

Lamentablemente, en enero, tras el accidente e incluso antes, surgieron las primeras dudas. Se empezó a cuestionar el estado de las infraestructuras ferroviarias y de los trenes; desde hace un par de años operan cuatro compañías por las mismas vías y, por lo tanto, su desgaste era y es considerablemente mayor (no hace falta ser muy sabio para entender que el deterioro se estaba multiplicando por cuatro).

Han pasado más de nueve meses y todavía no se han clarificado los motivos del accidente, aunque expertos ingenieros y los propios maquinistas ya habían advertido, por activa y por pasiva, que el estado de las vías, catenarias, sistemas de señalización y de seguridad exigía una profunda revisión, mantenimiento y mejora para conservar los estándares que requiere este tipo de transporte.

A eso se sumaba la antigüedad de algunos de los trenes.

Por eso, desde este miércoles, además de triste, muy triste, España está indignada, porque ha vuelto a producirse una desgracia, con más víctimas mortales que la anterior, y donde, al margen de posibles errores humanos, lo que de nuevo queda en evidencia es un absoluto deterioro de las infraestructuras: en este caso no han sido las vías, sino los sistemas de comunicación y de seguridad.

De nada ha servido soportar el claro deterioro del servicio durante todo este año, justificado con obras de mejora de la red ferroviaria -retrasos, parones continuos en los trayectos, velocidad muy reducida en muchos tramos-: se ha producido otro gravísimo accidente, y los responsables de la compañía y del ministerio del que depende (es una empresa pública) ven inexplicable lo que ha sucedido.

Todas las miradas se dirigieron al operario que tomó decisiones equivocadas, pero tan importante como eso es saber por qué lo hizo y por qué fallaron los sistemas de seguridad que precisamente tienen como objetivo reducir al máximo los posibles errores humanos en determinadas circunstancias.

El problema es que ya nadie se cree lo que han contado y lo que contarán los políticos. Ya hablan de que van a llegar hasta el final en las investigaciones, de que actuarán con contundencia si ha habido negligencia, y demás frases huecas que, por supuesto, no sirven de consuelo a los familiares de las víctimas y que indignan sobremanera a toda la ciudadanía. ¡Señores, es la segunda vez que pasa en menos de un año! ¡Dejen de buscar culpables y excusas, cuando son las cabezas las que deberían asumir responsabilidades políticas e incluso penales!

Hace apenas unos días, un agrandado y petulante ministro de Fomento, del que dependen las infraestructuras de este país, se jactaba jocosamente en un programa televisivo de que era prácticamente imposible que se produjera otro accidente ferroviario. Ministro que demuestra más habilidad y diligencia soltando improperios en redes sociales que gestionando la cartera de mayor presupuesto de todo el gobierno español, en la que han aparecido numerosos casos de corrupción, amiguismo y tráfico de influencias que han acabado con el anterior ministro en la cárcel, y con total seguridad no será el último.

Nadie está dispuesto a sacar rédito político de este drama (estamos ya en precampaña electoral), pero lo mínimo que se puede pedir es que no nos vuelvan a mentir con cifras inventadas de inversión en la mejora de la red ferroviaria, porque la realidad es otra: aunque desgracias ha habido dos, los viajeros habituales nos hemos dado cuenta en estos meses de que los trenes iban más despacio, vibraban y hacían el viaje incómodo e incluso inquietante, estaban anticuados y ya no eran ni la sombra de lo que presumíamos. Por supuesto, dimisiones…, nada de nada. Aquí ya hemos tomado la pésima costumbre de no dimitir, aunque seas responsable de cuantas tropelías y negligencias cometas.

Tristeza, indignación y pérdida absoluta de reputación, no solo en el ámbito nacional, sino también en el internacional. Aunque en estos momentos esto es lo de menos. Se nos llena la boca de lo avanzados que somos como sociedad y de la grandeza de nuestro país, cosa que este miércoles hemos vuelto a demostrar con la colaboración de cientos de personas anónimas que lo dejaron todo para ayudar a los heridos; pero, desgraciadamente, tenemos unos políticos que son un absoluto desastre y que miden cada palabra, cada gesto, cada alocución pensando más en lo que a ellos les conviene personalmente o al partido al que representan, y más ahora en momento electoral, que en lo que les demandan sus ciudadanos: sinceridad, honestidad, empatía, gestión diligente y, ante todo, responsabilidad.

Y todo esto en unos años en los que la recaudación tributaria ha alcanzado cifras récord. ¿A dónde van nuestros impuestos? Imagino que la mejora de las infraestructuras ferroviarias queda en un escalón muy bajo entre las prioridades de un gobierno que, por el contrario, busca aumentar su rédito político entre sus votantes invirtiendo en políticas más vistosas para ciertos colectivos mal llamados progresistas.

Mi más sentido pésame a los familiares de las víctimas del accidente ferroviario con el que nos despertamos la mañana de este miércoles.

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