Lamentablemente, estos lugares —los bares, las plazas, la calle, en una palabra—, que habían sido patrimonio de la izquierda y donde se pulsaban las preocupaciones de la gente, se han visto abandonados por los partidos políticos progresistas, y eso está llevando a una derechización sin precedentes en muchos países occidentales, tanto en Europa como en América.
En esta ocasión voy a dejar a un lado la política internacional y me voy a centrar en hablar de lo que sucede en mi país, España. Además, para colmo del precipicio en el que está sumida la izquierda, en general, y en especial el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), a principios de semana nos hemos desayunado la imputación judicial hecha al expresidente Rodríguez Zapatero por los “presuntos” delitos de pertenencia a organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental. En más de cincuenta años de democracia es la primera vez que se imputa a un expresidente del Gobierno. Cuando compras muchas papeletas, te acaba tocando el premio.
Sin embargo, de tan siniestro y cuestionado personaje no voy a hablar hoy, aunque sea la semilla de muchos de los males presentes en el partido socialdemócrata español; en especial, por sus comportamientos y acciones en la sombra desde su salida de la presidencia del Gobierno.
Sí, los partidos denominados progresistas se han olvidado de resolver los problemas reales y diarios que impactan y preocupan a las personas que han sido sus votantes naturales durante años. Y todo ello dentro de un mundo cada vez más monopolizado por nacionalismos antediluvianos, teocracias fundamentalistas e inmisericordes con sus ciudadanos y autocracias barnizadas por supuestos tintes democráticos y cada vez más controladas por las grandes corporaciones tecnológicas, que disimulan las verdaderas intenciones de sus dirigentes.
Dichos partidos de izquierda, que debían haber sido el parapeto para controlar el auge de todos estos movimientos extremos, debido a su poca solvencia para enfrentarse y resolver los retos que nos preocupan, unido a su wokismo desmedido, no solo no los han contenido, sino que han servido de mecha para relanzarlos y potenciarlos.
Es una pena que los logros alcanzados durante los años que siguieron a la vuelta a la democracia en España, y donde el PSOE siempre tuvo un protagonismo y una coherencia alineada con el interés nacional que trascendía en muchas ocasiones su ideología, hoy se hayan convertido en un partido secuestrado por un dirigente narciso, manipulador y pendenciero, rodeado de casos de corrupción y una banda de palmeros aduladores que ejercen como ministros y cuya supervivencia, no ya solo política, sino vital, depende de anclarse a la poltrona del poder.
Durante los últimos años se ha intentado adueñar del manido relato, abriendo una guerra cultural de enfrentamientos y alimentando un sectarismo que ya tenía un caldo de cultivo considerable desde los gobiernos anteriores, tanto conservadores como socialistas. Ese relato le ha llevado a despreocuparse de lo realmente importante, si bien no han faltado titulares, anuncios y soflamas de medidas que, teniendo todo el sentido, siendo necesarias y estando alineadas con el ideario progresista, o se quedaban en nada o bien, para poder ejecutarse, era necesario transigir y aceptar reclamos y peticiones de aliados políticos ventajistas, en unos casos, o antagónicos a su ideología, en otros; muchas de sus exigencias para apoyarles en la gestión gubernamental pasaron de ser inadmisibles a perfectamente defendibles.
Citaré algunos ejemplos vergonzantes.
Es muy difícil aceptar que hayan accedido a pactar con una formación política heredera del grupo terrorista ETA, que no se ha dignado a pedir perdón por las víctimas que causaron durante cuarenta años; que hayan amnistiado a políticos catalanes que intentaron —haciendo el más absoluto de los ridículos— un golpe de Estado en Cataluña hace casi diez años; que no hayan cumplido con el mandato constitucional de presentar presupuestos durante toda esta legislatura, ya tres años, aduciendo todo tipo de excusas absurdas y lamentables. Estos son solo una muestra de su comportamiento; podría seguir con la lista de tropelías. Y todo ello, solo con el objetivo de mantenerse en el poder a toda costa.
En el otro lado de la balanza, ha conseguido, con la inestimable ayuda de los fondos europeos y un aumento considerable de la carga impositiva, penalizando principalmente a las rentas más desfavorecidas, implementar una serie de medidas que han ayudado a mejorar la calidad de vida de ciertos colectivos, buscando ese reparto más igualitario de la riqueza nacional: incremento de las pensiones, aumento del salario mínimo interprofesional, establecimiento del salario mínimo vital, ayudas a familias vulnerables para consumos energéticos, alquileres de vivienda y otras finalidades que, siendo necesarias, en su afán de generar clientelismo, se han cuestionado por su demasiada manga ancha; medidas encaminadas a reducir el porcentaje de desempleados… Todo esto, junto con la mejora sustancial de los datos macroeconómicos, que nos sitúan a la cabeza de las economías de su entorno, ha hecho que la percepción que se tiene de España fuera sea mucho mejor que la que se tiene dentro de nuestras fronteras. Todavía quedan muchos retos que resolver, como el del acceso a la vivienda, pero ciertas metas se han conseguido. ¡Buen trabajo!
Tampoco hay que olvidar el papel de adalid y cabeza del progresismo internacional en temas como el genocidio de la población gazatí, el no alineamiento con sus socios occidentales para aumentar el presupuesto de defensa o el no a la guerra; posiciones que, si no fuera por su oportunismo político, son más que respetables y defendibles, y no solo para sus votantes, por supuesto.
Su falta de credibilidad, ganada a pulso, ha hecho que ya ni se valoren positivamente las decisiones acertadas que han tomado.
España es un país de izquierdas. Cuando se movilizan sus votantes, se pongan como se pongan los partidos conservadores y hagan lo que hagan, no es fácil que alcancen el poder. Sin embargo, este señoritingo ha logrado lo que ningún otro dirigente socialista consiguió: liderar ocho elecciones autonómicas, generales y europeas desde el año 2023 y ¡solo ganar una! La verdad es que tiene mérito. Eso es lo que se va a llevar en sus alforjas cuando acabe, si es que acaba alguna vez, su vida política.
Ha mandado a sus más estrechos colaboradores —y todavía hay alguno más en el patio de butacas pendiente de lanzarse a la arena— a que se hagan el harakiri en elecciones regionales y han caído con estrépito, pero, para su proyecto personal, son víctimas colaterales que ayudan, así lo piensa, a su estrategia de seguir aferrado al poder al menos hasta las elecciones del próximo año.
Además, los casos de nepotismo y corrupción en su entorno familiar y de sus más estrechos colaboradores, incluido el anteriormente nombrado Zapatero, tampoco le han llevado a plantearse que quizá era el momento de que los electores pudieran decidir si le volvían a dar la confianza o se la retiraban. Es evidente que no se atreve, porque el resultado es más que probable que no esté en línea con sus intereses personales (recalco lo de personales).
En fin, esto es lo que tenemos. A mí, personalmente, me produce mucha tristeza dónde ha llegado un partido con la tradición e historia como el PSOE, que tanto ha contribuido al desarrollo de una España plural, rica, moderna y, en muchos casos, envidiada internacionalmente.
Esta tristeza se multiplica todavía en mayor grado cuando veo lo que hay al otro lado de la mesa: un partido desnortado, sin liderazgo, con una falta de ideas, propuestas y claridad política que sucumbe cada día más a los mandatos y soflamas más reaccionarias, retrógradas y populistas de la extrema derecha.
El panorama es desolador y no soy capaz de ver el final del túnel.
Ahora, en la distancia, tras haber abandonado hace unos años mi segunda patria, Colombia, también me preocupa lo que pueda pasar en las elecciones de las próximas semanas. Ninguno de los tres candidatos que encabezan las encuestas me descrestan; incluso diría que dos de los tres me parecen peligrosos para el futuro del país.
Colombia no se puede permitir el lujo de tirar otros cuatro años a la caneca. Espero y deseo que la pesadilla de los últimos años —no solo de los últimos cuatro— no se repita.
¡Suerte, valor y al toro!