Analistas 22/07/2026

Ganó el mejor, al mejor

Y no debe entenderse como un simple juego de palabras.

Es así. El equipo español ganó al que, para muchos, es el mejor jugador de la historia del fútbol. Fue un triunfo del colectivo: de los 26 jugadores, del entrenador y de todo su equipo técnico. Fue un triunfo sin paliativos, demoledor, y todo ello desde la humildad y el respeto por el deporte con mayor seguimiento en el mundo.

Un equipo salió a jugar y el otro, al que los españoles no dejaron jugar, salió a hacer lo que mejor sabe: trabar los partidos, protestar, intimidar a los árbitros, engañar, fingir, perder tiempo, pegar, pegar y pegar a los contrarios. Es lo que ellos llaman, eufemísticamente, ser cancheros. No hay que olvidar que la competitividad y el juego limpio son compatibles en el deporte.

Hay veces en que la impotencia puede llevar a eso: a perder los papeles. Sin embargo, en el caso de la selección argentina, es una parte esencial de su juego. Para ellos no es tan importante jugar como intentar sacar a los rivales del partido, y todo ello con la natural connivencia de los árbitros. Hasta hace unos años eran uno y dos asistentes; ahora, entre unos y otros, suman hasta ocho, pero todos igual de bien aleccionados.

Los dos calvos que dirigen la Fifa -una organización corrupta, como se demostró en los tribunales con el caso Fifagate-, su presidente y el máximo responsable de los árbitros, hicieron lo imposible por regalarle la cuarta estrella a la Albiceleste. El problema es que se cruzaron con un equipo que les pasó por encima en juego y personalidad.

Cuando ganan, no saben ganar y, cuando pierden…, todos pudimos ver su comportamiento tras el pitido final y la entrega del trofeo al nuevo campeón de la Copa Mundial de Fútbol.
Como “inventores del fútbol”, ellos son quienes marcan las reglas de lo que está bien y lo que está mal, y lo que hacen en cada momento es siempre lo correcto.

Al menos, el seleccionador argentino fue durante todo el torneo y, en especial, tras la final, un verdadero caballero: educado, humilde, pausado y capaz de reconocer sin tapujos quién fue el merecido campeón.

Pero ya he hablado demasiado de los perdedores. No merece la pena detenerse más en ellos. Si todo el mundo deseaba que perdieran, será por algo. Quizá deberían hacérselo mirar, aunque lo dudo. Lo dicho: ellos inventaron el fútbol.

Como anécdota, el día del partido, mi querida amiga Espe, muy futbolera, me escribió mientras veía el encuentro en Bogotá: “Es increíble. Aquí todo el mundo quiere que gane España”. A lo que le contesté: “Lógico. ¿Por qué te extraña?”. Pues eso, que se lo hagan mirar, mis queridos argentinos.

El equipo español está dirigido por una persona que fue jugador profesional hace años, pero que nunca destacó, si bien jugar en primera división ya es un logro al alcance de muy pocos. Llegó por la puerta trasera a la Federación, tras responder a un anuncio publicado en un periódico, y desde que se hizo cargo de las categorías inferiores de España, a las que hizo campeonas en varios torneos continentales, tuvo un objetivo en la cabeza: llegar a lo más alto en el mundo del fútbol de selecciones con un grupo de chicos que, además de ser extraordinarios futbolistas, fueran buenas personas, porque una cosa no está reñida con la otra.

Quería crear una familia en la que todos tuvieran claro que iban a pertenecer a un grupo. Podían tener mayor o menor protagonismo en el campo, pero todos eran absolutamente necesarios para alcanzar el fin perseguido. Ese objetivo, tras casi 40 partidos invictos -un récord muy difícil de conseguir-, se logró con el título mundial.

Por cierto, España es la única selección con dos campeonatos mundiales en el siglo XXI. Los inventores del fútbol, de momento, tienen uno y de aquella manera.

Tenía tan presente su idea que apostó por llevar a un buen número de jugadores que, sin cuestionar en absoluto su calidad, no atravesaban su mejor momento, ya fuera por salir de alguna lesión grave, por estar agotados después de una temporada tan larga o por no haber rendido bien en sus equipos. Pese a todos esos posibles “peros”, estaba convencido de que serían fundamentales para el bien del equipo.

A mí mismo, como uno de los 40 millones de seleccionadores que hay en España antes de una competición importante, me sorprendieron algunas de sus elecciones. A lo largo de las casi seis semanas que duró el campeonato, me di cuenta de que estaba equivocado, porque todos los convocados aportaron para conseguir el título.

La unión entre todos los jugadores y el buen ambiente que había en el equipo se reflejaban en los entrenamientos, las ruedas de prensa, los partidos y el terreno de juego, donde cada uno sabía lo que tenía que hacer, más como miembro de un equipo que como individuo.
Era un equipo sin tantos nombres propios, si descontamos a Lamine Yamal, quien no llegaba en su mejor momento y a quien no se le podía pedir que tirara de un conjunto con 19 años recién cumplidos, aunque le sobran desparpajo y calidad.

No había un Messi, un Mbappé, un Bellingham o un Haaland. No hacía falta. España tenía al Balón de Oro de hace dos temporadas, quien había ganado todo con su club y también en Europa con la selección. Pero, como es un tipo que juega con la camiseta metida dentro del pantalón, no tiene tatuajes y es reservado y humilde, no contaba para efectos mediáticos. Además, estaba saliendo de una gravísima lesión de rodilla que generaba dudas sobre su rendimiento. El curso de fútbol que impartió, principalmente en los partidos eliminatorios, fue para enmarcarlo y enseñarlo en todas las escuelas. No podía ser de otra manera: Rodri, nombre también poco atractivo para algunos influencers y periodistas deportivos de medio pelo, fue elegido mejor jugador del Mundial.

Pero Rodri y todos los demás, guiados por Luis de la Fuente -el seleccionador tranquilo, a la par que enormemente competitivo y muy religioso-, no habrían podido lograr el título sin la ayuda del resto y sin algo todavía más importante: apostar por una forma de jugar al fútbol que a veces no es muy atractiva para el espectador, pero que resulta letal para desactivar a selecciones como Portugal, Francia y, ni qué decir, Argentina, que no fue capaz de tirar a puerta hasta la segunda parte de la prórroga de la final.

Un fútbol solidario, de toque y desmarque, indetectable para los contrarios, de presión lo más lejos posible de su área -solo encajó un gol- y de ocupación inteligente de todos los espacios del campo, que solo podía triunfar si todos jugaban con esa misma idea.

España no es una selección: es un equipo, y por eso ganó este Mundial. Se lo mereció, y el reconocimiento mundial a su juego y a su buen comportamiento en el campo contrasta, para fortuna de quienes disfrutamos de este deporte, con el de los finalistas, que, si hubiera habido justicia, deberían haber estado tomando mate desde hacía días.

Ganó el fútbol y ganó un grupo de buenas personas. Lo de ser grandes futbolistas… se da por supuesto: son profesionales.

Pero no vayamos más allá: esto es solo fútbol y, queramos o no, Argentina y España siempre estarán hermanadas, aunque durante estos días unos y otros nos lancemos improperios.

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