Y, desgraciadamente, el mundo está mucho peor de lo que estaba a finales del mes de febrero, cuando Israel, de la mano de su aliado más insigne, EE.UU., comenzó una guerra unilateral en medio de unas negociaciones en las que se pretendía resolver los problemas existentes entre la que se supone que es la primera potencia mundial y el mísero gobierno teocrático iraní. No me he equivocado al designar quién, para mí, es el promotor de esta guerra y quién es un mero segundón.
Como ha sucedido desde la llegada al poder de TACO (Trump Always Chickens Out), Trump siempre se acobarda. Hay ciertos dirigentes que le tienen tomada la medida al autócrata presidente gringo y le manejan con el meñique de la mano izquierda. Dos, en concreto, lo hacen de manera más explícita: Netanyahu y Putin, aunque no deberían fiarse en exceso, dados los cambios de opinión continuos del mencionado dirigente.
Además de los anteriores, hay algún otro que es más sibilino y también consigue lo que quiere sin necesidad de ser tan descarado como ellos. Todos sabéis a quiénes me puedo referir.
Es mucha casualidad que las dos únicas potencias que se están beneficiando de esta guerra sean aquellas que están dirigidas por los dos personajes citados anteriormente. Por un lado, Israel, bajo la batuta del genocida Netanyahu y su gobierno radical extremista, que, terminado con el exterminio de la población palestina en la Franja de Gaza y el aumento de asentamientos y asesinatos de población local en Cisjordania, ha decidido ocupar el sur del Líbano y bombardear instalaciones estratégicas en Irán, además de acabar de manera quirúrgica con una gran parte del gobierno anterior, con la única finalidad de reforzar su posición geopolítica y territorial en la región a costa de sus vecinos. Para ello, no le ha sido nada complicado convencer al Tío Sam para que se sume a sus quehaceres.
Por otro lado, está Putin. Rusia, en una posición económica realmente complicada por los embargos de los países de Occidente a sus exportaciones de petróleo y gas, ha visto cómo el cierre del estrecho de Ormuz ha permitido que dichos embargos se hayan vuelto más laxos, con el oxígeno que eso supone para sus finanzas, muy deterioradas desde el inicio de sus delirios expansionistas y, con ello, continuar con sus pretensiones imperialistas en Ucrania, conflicto del que apenas se habla desde el inicio de la guerra en Oriente Medio.
Salvo estos dos países, el resto llevamos casi seis semanas de sufrimiento e incertidumbre, y las consecuencias de esta absurda ofensiva militar ya están impactando en las economías de todos los países y, lo que es peor, en todos nuestros bolsillos.
Todas las razones argüidas por TACO para justificar el bombardeo y el estado del conflicto parecen ir cambiando según el día, la hora y sus intereses personales y los de su círculo de empresarios más cercanos. Por cierto, otros que también se están beneficiando del conflicto. Ya tenemos las tres patas del banco de esta guerra.
Creo que Israel era y es plenamente consciente de que ni con los bombardeos ni con el aniquilamiento de la cúpula del gobierno iraní se iba a poder acabar con el régimen de los ayatolás, y que tampoco se iba a producir un levantamiento masivo de la población ni un paso al frente exitoso de la oposición persa en el exilio, encabezada, entre otros, por el sha Reza Pahlavi. Acabar con un sistema que lleva casi cincuenta años en el poder, ejerciéndolo de manera sanguinaria y sometiendo a sus ciudadanos de forma tan miserable e inhumana, es prácticamente imposible sin la complicidad de miembros más aperturistas dentro del poder establecido. A eso hay que sumar que estamos hablando de un país de más de noventa millones de personas y una extensión tres veces España (una vez y media Colombia).
Sin embargo, no tengo tan claro que el presidente estadounidense y sus avezados asesores fueran conscientes de que el tema se les iba a complicar más de la cuenta y de que los iraníes les iban a salir respondones, atacando sus bases en la región, bombardeando Israel e infraestructuras gasísticas y petroleras en los países del golfo aliados de EE.UU. y, lo que es mucho más grave, cerrando el tránsito de buques mercantes por el estrecho de Ormuz, con lo que eso supone para la salud de la economía mundial. Si pensaban que esta aventura iba a ser tan sencilla como la venezolana, han sido muy ilusos.
Del tema de la destrucción de su arsenal militar, mejor ni mencionarlo. Teóricamente se había acabado con él hace unos meses o, al menos, eso habían anunciado a bombo y platillo.
Cuando proclaman que el nuevo gobierno es más razonable y que están conversando para lograr la paz, los otros dicen que de conversaciones nada y que la negociación vendrá cuando cesen los bombardeos y se reparen los daños causados. Si comunican que las infraestructuras militares iraníes han sido destruidas y que carecen ya de armamento, se repiten los ataques a territorio israelí y a los objetivos estadounidenses antes mencionados. Si amenaza con hacer que Irán vuelva a la edad de piedra si no abandona su lucha, es el nuevo gobierno iraní el que se encarga de contraamenazar con la guerra contra el infiel, considerando como tal no solo a los norteamericanos e israelíes, sino también a los países del golfo de mayoría suní.
Y, a todo esto, Israel no tiene ninguna intención de parar los ataques, ni en Irán ni en el Líbano. Además, no ha perdido la oportunidad de aprobar la pena de muerte para los palestinos a los que se acuse de terrorismo. Esto sí que es volver a la edad de piedra, pero como nadie es capaz de pararle los pies a este bravucón, corrupto y matón, seguirá con su estrategia de aniquilamiento con el beneplácito de su alter ego norteamericano.
Así estamos día tras día, mientras el precio del petróleo se dispara, el gas para la producción de fertilizantes no llega y eso afecta a las cadenas de suministro alimenticias y, en breve, también al comercio de medicamentos. Se produce una tensión geopolítica desmedida por la acción injustificada de los países atacantes, la inflación se desboca y el impacto en el comercio y, por lo tanto, en el PIB mundial se deja notar. Ya veremos cuánto. El presidente de BlackRock, la mayor gestora de activos del mundo, Larry Fink, ya lo dijo en una entrevista al periódico El País la semana pasada: “La economía mundial entrará en recesión si el conflicto se prolonga hasta 2027”, cosa que, visto lo visto -y ojalá me equivoque-, no es tan descabellada.
Todo lo anterior sin hablar de la crisis en los mercados financieros y el pánico, absolutamente entendible, entre los pequeños y medianos inversores, que ven cómo sus mayores o menores ahorros dependen de las declaraciones erráticas, sin sentido y pueriles del presidente estadounidense.
¿Que el nuevo orden mundial ha cambiado desde la llegada a la Casa Blanca de su nuevo inquilino? No cabe la menor duda. ¿Que eso supone que los que no estamos ni en un lado ni en el otro de quienes se quieren repartir el mundo tenemos que espabilar? Es una obviedad, algo absolutamente necesario, y realmente pienso que es una obligación encontrar nuestro lugar para poder tratarlos de tú a tú y hacernos respetar.
Tenemos potencial para hacerlo. Al menos en este conflicto, tras unos inicios titubeantes, sí ha quedado clara la posición de Europa y de un buen número más de países. Hay que ser generosos en lo que estamos dispuestos a ceder para poder lograr esa meta. Pero esta reflexión daría para otro artículo.