Hace unos días, en medio de la canícula preveraniega que se ha adueñado de Madrid desde hace semanas y que en estos días está alcanzando sus cotas máximas de temperatura, de momento, me crucé con una persona que, por el color de su piel, sus coloridos ropajes, incluido un cuidado pañuelo en la cabeza del que sobresalían unas cuantas trenzas perfectamente alineadas y su andar cansino, tirando de una maleta que, sin exagerar, alcanzaba casi las tres cuartas partes de su cuerpo, había decidido buscar refugio en nuestro país para poder acceder a una vida que en su tierra de origen no hubiera sido fácil de encontrar.
Como ella, cientos, miles de personas llegan a nuestras fronteras; unos de manera legal, los menos, y otros pasando situaciones extremas que incluso pueden acabar con su vida, pero es su apuesta arriesgada para poder tener una vida digna y un mejor futuro.
No me paré a hablar con ella. Quizás hubiéramos tenido problemas para entendernos, pero sí se me pasó por la cabeza todo lo que podría llevar metido en esa maleta: cosas materiales para poder vivir y organizarse al menos durante un tiempo. Otras, incluso más importantes: recuerdos familiares, amistades abandonadas, algún amor incluso, las puestas de sol en el poblado o ciudad de partida, algunas risas, conversaciones… que podrían ayudarle en momentos de debilidad y zozobra por los que ya habría pasado y, con absoluta seguridad, volvería a pasar. Tanto unas como otras le ayudarían a no olvidar sus raíces y seguro que le habían dado el valor de enfrascarse en esa aventura que no siempre acaba como se sueña.
En esa maleta cabía todo lo imaginable, incluidas todas las ilusiones que iban apareciendo en cada noche de vigilia previa a su partida.
Esa chica no aparentaba tener más de veintipocos años y no deja de ser una simple muestra de lo que supone para Europa el fenómeno migratorio. Fenómeno que lleva a enfrentamientos y posiciones políticas maniqueas, también en esto, dentro de esta polarización que nos invade.
Movimientos migratorios han existido siempre. Sin ir más lejos, en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, Alemania, Suiza y Francia se llenaron de españolitos que, con maletas mucho más pequeñas, pero con esos mismos sueños y esa misma valentía, se lanzaban allende los Pirineos a buscarse la vida porque en su pueblo pocas garantías de una vida razonable podían tener.
Las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero ese trasiego de personas de otras latitudes es absolutamente necesario para el crecimiento de los países receptores: aumentar la natalidad, pagar pensiones, generar riqueza y hacer de nuestra sociedad y de nuestro país un lugar de encuentro y de mezcla tan característico de lo que se ha fraguado a lo largo de nuestra historia.
Con esto no quiero decir que las puertas deban abrirse de par en par y que ese aluvión de gente colapse el estado del bienestar europeo y español por el que se ha luchado tanto en los últimos ochenta años. La entrada debe ser controlada, organizada y regulada, pero siempre con una mirada empática y acogedora, y no de desconfianza y temor.
La necesidad de controlar los flujos en origen, tener legislaciones claras para regular esos movimientos y el asilo político, perseguir a las mafias que hacen de este devenir de personas un negocio macabro y establecer incluso unos cupos de entrada en función de las necesidades laborales reales ayudarían a que el sentimiento hacia esas personas, que cada vez forman parte de nuestra vida de manera más natural, dejara de ser tan cuestionable para muchos de nuestros compatriotas.
De la creación de campos de abandono por parte de ciertos países fuera de nuestras fronteras hasta que sean repatriados prefiero no hablar. Me parece algo miserable y un ejemplo más de la sociedad deshumanizada en la que vivimos.
Todo lo anterior es consecuencia de la politización frentista en la que vivimos, sin desdeñar los problemas que una migración incontrolable pudiera generar: acceso a la vivienda protegida, colapso de la sanidad pública, delincuencia, incapacidad de integración, falta de respeto a la manera de vivir del país que los acoge…
Todos estos asuntos no son temas baladíes y toca realizar un análisis profundo y responsable que evite situaciones de marginación, exclusión y la necesidad de hablar de ciudadanos de primera, segunda o incluso tercera categoría.
Estamos hablando de personas y debería ser un debate que lograra el consenso de todas las fuerzas políticas porque, insisto, esas personas son absolutamente necesarias (solo tenemos que ver la procedencia de quienes cuidan a nuestros mayores, a nuestros hijos, nos ayudan en tareas domésticas, nos sirven un café en el bar de la esquina o vienen a estudiar…). Son críticas para el crecimiento de un país como España y de un continente envejecido y apoltronado como Europa.
En la visita del papa León XIV hace unos días quedó clara cuál es su visión al respecto. Incluso cuestionó que se pueda ser un buen cristiano si no somos capaces de ayudar, o incluso si despreciamos, al diferente.
La chica que acarreaba esa maleta de vida merece un trato acorde con su condición de persona, independientemente de su lugar de origen. Eso sí, preferiría que la cara de cansancio y angustia que mostraba tirando de ese maletón en ese mediodía caluroso de junio fuera otra: de tranquilidad, de alegría contenida, de simple curiosidad ante lo desconocido, pero con la seguridad de que será recibida con los brazos abiertos y con unas garantías mínimas de vida que puedan ayudar a hacer su sueño realidad. No sin esfuerzo ni buscando amparo en las ayudas públicas, en muchos casos excesivamente generosas, sino simplemente porque ha seguido unos cauces administrativos que harán de ella, en breve, una más entre nosotros.
¡Suerte, mi querida desconocida! Espero que esa maleta se quede pequeña en breve. Eso significará que esos sueños que tantas veces imaginaste se han convertido en realidades y que tienes un segundo país con el que puedes llenar al menos una o dos nuevas maletas.