Es duro asumirlo, pero es cada vez más evidente que lo menos importa a la hora de defender una idea o criticar hasta el extremo la que proponga el “enemigo”, que no rival político que tienes enfrente, no es tanto el análisis de la realidad de lo que queda escrito negro sobre blanco, sino la interpretación maliciosa, sectaria y partidista que se haga de ella; lo que ahora se denomina, apropiarse del relato.
Lo de menos es analizar con veracidad lo que hay detrás de lo expuesto. Eso parece que no interesa. Lo realmente interesante es coger una frase de un lado, otra de otro, buscar unas declaraciones de una entrevista y juntarlas con otras de diferente momento temporal y sacándola de contexto, para construir un racional que cada vez más nada tiene que ver con la realidad.
Una sociedad polarizada, excluyente, intransigente ha llevado a que lo que menos interese sea conocer la verdad. No suma. No ayuda en absoluto a defender una posición de manera racional y refutar la de otros.
El partido no se juega en esa cancha. Ahora prima el uso de una comunicación goebbeliana: controlar la opinión pública modelando la percepción de la realidad a través de potenciar las emociones, crear prejuicios y enemigos infundados y repetir constantemente algo, sea cierto o no, para que cale en la mente de las personas.
Es algo realmente maquiavélico y que puede acabar con la democracia. Ya tenemos ejemplos de sociedades y países históricamente democráticos, que empiezan a utilizar de manera recurrente esta estrategia de comunicación tan dañina y falaz que comienzan a tener tintes autócratas/populistas muy peligrosos.
Que esta estrategia malvada sea puesta en escena por parte de una clase política sin escrúpulos, independientemente de su ideología, no es de extrañar porque para ellos todo vale si con ello se logra lo buscado. Sin embargo, la gravedad de la situación se acentúa cuando esos personajes de opereta que nos dirigen se valen de altavoces mediáticos de medio pelo que los jalean y que multiplican sus efectos perniciosos.
Las redes sociales permiten que la onda expansiva se multiplique exponencialmente y que ese sectarismo se radicalice mucho más. Ya no basta con derrotar al enemigo (el que simplemente debería ser tu oponente); lo que hay que hacer es eliminarlo, transmitiéndose ese lenguaje bélico a toda la población. No basta con disentir. Hay que tomar partido por uno de los bandos: “ellos-nosotros”, “buenos-malos”, “blanco-negro”; no caben ni los grises ni posturas intermedias y razonables; se califican como tibias. El maniqueísmo llevado al extremo.
Ante esto, la sociedad civil debería reaccionar y rebelarse. Debería demandar la necesidad de volver a conocer la realidad de las cosas: los hechos, los datos y la información fehaciente sobre los diferentes temas asunto de debate o, en estos días, de agresiones. Pero datos, información y hechos de verdad; no adulterados, maquillados e interpretables. Sin estos, es absolutamente imposible formarse una opinión y lo que es peor, actuar adecuadamente para solucionar problemas y buscar mejorar la vida de las personas.
Los verdaderos aliados de esta sociedad civil, que tendrían que actuar como contrapeso a políticos “de pantufla y orinal” y a su panda de palmeros paniaguados, debería ser la prensa seria y respetable y es aquí donde encontramos una segunda paradoja. Estos “supuestos” medios serios cada vez más caen en el amarillismo, porque es lo que les proporciona audiencia y, no nos engañemos, las audiencias mandan cada vez más. Importa más la cantidad que la calidad de los que les leen, ven u oyen. Estos medios empiezan a sembrar dudas de si realmente pueden llegar a ser ese aliado fiable que pueda llegar a combatir de igual a igual a esos mal llamados periodistas, que lo único que hacen es degradar una profesión, cada vez más cuestionada.
Parecería que estamos en un callejón sin salida, pero no podemos dejarnos llevar por el pesimismo y hay que seguir apostando por conocer la verdad, construir sobre esos cimientos y buscar una sociedad cada vez más justa, comprometida y solidaria.
Cierto es que la historia se mueve en ciclos y ahora problemas como la inmigración, la desigualdad, la falta de oportunidades, el tener problemas para llegar a fin de mes, el acceso a una vivienda, la falta de empatía y el egoísmo que nos invade, han creado un caldo de cultivo y una desazón en la sociedad que hacen que, los que tienen todas las de ganar, sean aquellos que defienden posiciones extremas e intransigentes.
No hay que rendirse. Estamos obligados a construir una sociedad en la que nuestros hijos tienen que crecer personal y profesionalmente y no pueden recibir un legado tan penoso. Es nuestra responsabilidad.
Si la clase política existente no nos representa, cosa que no me extraña, tendremos que buscar foros donde los que todavía creemos en la humanidad, seamos capaces de poner coto a tanto desmán y buscar puntos de cercanía y consenso para resolver cuestiones que atañen a todos dejando por unos momentos a un lado la ideología.
Herramientas como la inteligencia artificial, siempre que esté bien utilizada, controlada y regulada para evitar males mayores a los que ahora nos enfrentamos, tendría que ser un pilar fundamental para lograr el objetivo antes mencionado. El peligro es que esté en manos de cabezas irresponsables, que busquen su beneficio personal y satisfacer sus ansias de poder e influencia mal entendida buscando un objetivo tan diferente al que el resto de los mortales: alcanzar un mundo mejor.