Analistas 13/01/2026

Ocho millones de venezolanos fuera de su país

El año ha empezado movidito, como no podía ser de otra manera, viendo como había terminado el 2025.

En España nos desayunamos el pasado sábado los bombardeos americanos de instalaciones civiles y militares en Caracas y la detención del dictador Maduro y de su compañera sentimental, por parte de un grupo de fuerzas especiales del ejército norteamericano, acusado de conspiración por delitos relacionados con el narcotráfico y el tráfico de armas.

No voy a ser redundante hablando del pisoteo a la legalidad internacional, uno más, de la administración trumpista. Su nivel de matonismo se está demostrando día tras día en temas de política nacional e internacional (ahora tras Venezuela, vuelve a ser tema de actualidad Groenlandia o Greenland, como el iletrado la denomina).

Cada vez parece más evidente que hay un pacto tácito entre las tres grandes potencias mundiales de repartirse nuestro planeta atendiendo a razones fundamentalmente económicas y geoestratégicas.

Sin embargo, sobre la cuestión venezolana voy a intentar ponerme en los zapatos de los millones de venezolanos que han salido de su país para poder sobrevivir: por no morirse de hambre, por no poder acceder a un trabajo que les permitiera vivir dignamente o por evitar persecuciones políticas que pudieran acabar en prisión o, lo que es peor, en asesinatos o ejecuciones sin juicio previo por alzar la voz y manifestarse por cómo se estaba dirigiendo el país; Venezuela, durante años, fue el estado más rico y próspero de Sudamérica.

La realidad es más que palpable y evidente: Venezuela desde hace más de dos décadas, pero en especial desde la llegada al poder de este presidente botarate, se ha convertido en uno de los países más pobres y corruptos, no sólo de Hispanoamérica, sino de todo el mundo. Y todo ello teniendo las mayores reservas de petróleo del mundo.

No me cabe duda de que algunos de esos venezolanos que viven fuera de su país lo hacen por propio deseo o por haber logrado un nivel de connivencia con el poder establecido que les ha permitido vivir de manera que era difícil de conseguir dentro de sus fronteras, pero una gran mayoría no están dentro de ese privilegiado colectivo y han tenido que salir por piernas.

Durante muchos años del siglo anterior, Venezuela fue el país más rico desde la frontera del Río Grande hasta la Patagonia. Sólo hay que admirar las infraestructuras, ahora vetustas y decrépitas, que todavía se pueden ver en su capital. Era un país con sus problemas, por supuesto; con sus tremendas desigualdades, como pasa hasta hoy en todos los países de la región, pero era una economía boyante basada en una riqueza natural y petrolera privilegiada.

Hoy en día, de todo eso no queda casi nada. Lo que queda es inseguridad, autocracia, persecución política, corrupción, impunidad con el tráfico de drogas y lo peor de todo, unos niveles de pobreza alarmantes.

Es por ello, que una gran parte de esos ocho millones de desplazados, cuando vieron la foto de Maduro detenido camino de la prisión de Brooklyn con esa elegancia a la que ya nos tenía acostumbrados, respiraron y pensaron que quizás ahora sí; que ahora podían llegar a producirse cambios en su país y que podrían imaginarse volviendo a sus antiguas casas y a estar cerca de sus familias.

Para muchos de ellos, lo de la ilegalidad e irrespeto a las normas del derecho internacional por parte de la administración norteamericana para detener al que para ellos ha sido el causante de la sórdida situación en la que está el país, se convierte en algo circunstancial: un mal menor.

Ese derecho internacional y el respeto a las normas no fue defendido durante muchos años de manera tan vehemente por parte de muchos políticos que hoy se rasgan las vestiduras ante lo acontecido. ¿Dónde estaban las manifestaciones por la persecución a los opositores políticos, encarcelamientos y desapariciones que se han producido durante años? ¿Y por la ilegitimidad de que siguiera en el poder semejante tuercebotas cuando perdió claramente las elecciones de julio de hace dos años, entre otras? ¿Es mejor el hecho de que la industria petrolera nacional estuviera en manos chinas, rusas, iraníes o cubanas que en manos gringas?

Desde el anfiteatro es muy fácil opinar. Nos afecta tangencialmente y políticos y países ya están utilizando esta intervención sin pensar realmente en los venezolanos; para todos ellos es puro tacticismo político.

Yo también soy de la opinión de que, a Trump y a su gobierno, Venezuela como país libre y democrático, les importa poco o nada. Ellos van a hacer sus negocios, como lo están intentando en Ucrania o en tantos y tantos lugares. China les está comiendo la tostada y están haciendo todo lo posible por recuperar su liderazgo y hegemonía mundial, abusando de su poderío económico.

Si conseguidos sus objetivos comerciales, poco a poco se va logrando una normalización democrática en el país, fantástico. Pero no nos engañemos, Trump es un autócrata que no cree en la democracia ni acata las leyes; en especial aquellas que puedan interferir sus objetivos personales y económicos.

Si pensara de otra manera, ¿qué sentido tiene haber sido tan contundente con el papel que María Corina Machado en la actual situación? Es cierto, que no se puede pasar del día a la noche de un día para otro, pero la contundencia con la que la ha sacado del tablero da claras muestras de cuáles son sus intereses e intenciones.

Un aire de esperanza se ha abierto para millones de personas y nosotros, como espectadores, debemos respetar esa alegría más o menos contenida, porque tienen derecho a imaginar un país en el que vivieron más o menos felizmente durante años y que durante el siglo XXI se ha ido deteriorando y deshaciendo hasta límites inimaginables.

El orden mundial desde hace unos meses está cambiando dramáticamente y ya no vale jugar SOLO (y resalto el adverbio), con las cartas de la diplomacia de antaño. Ahora toca quitarse caretas ideológicas y saber que, si los países occidentales queremos pintar algo en el orden mundial, tenemos que hacernos mayores para que nos respeten y es ahí donde las organizaciones supranacionales (más regionales, que mundiales), deberían asumir un liderazgo ejecutivo respaldado por los estados que las componen.

No basta con declaraciones más o menos pomposas y hablar de diálogo; hay que actuar y, si es necesario, enfrentarse al matón para que nos respeten.

Como sigamos defendiendo nacionalismos caducos y trasnochados, vamos a ser pieza fácil de las tres mayores autocracias del mundo.

Si habláramos de una partida de parchís, de los cuatro colores del tablero, tres están ya ocupados, ¿quién se quedará con el cuarto? Como no espabilen los europeos, el gato al agua se lo puede llevar algún outsider.

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