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¿Profesionales exitosos o líderes cívicos?

Indira Muñoz Cerón

Colombia gradúa cada año más de 500.000 estudiantes de educación superior. Y si esas personas serán quienes dirijan nuestras regiones productivas, la pregunta es inevitable: ¿estamos formando líderes o solo profesionales técnicamente competentes?

Hemos ampliado cobertura, programas y acreditaciones. En acceso hemos avanzado, pero el mercado laboral enfrenta una paradoja. Aunque la tasa de desempleo ha rondado 10% en los últimos años, distintos sectores productivos advierten dificultades para encontrar talento con criterio estratégico, pensamiento crítico y verdadera capacidad de decisión. No faltan títulos; faltan personas preparadas para asumir responsabilidades en entornos complejos.

Sabemos optimizar, calcular y estructurar. Sabemos interpretar balances y proyectar escenarios. Sin embargo, liderar implica algo distinto: sostener decisiones impopulares cuando son correctas, priorizar el largo plazo cuando el entorno presiona por resultados inmediatos y actuar con coherencia incluso cuando nadie está mirando.

En un país con profundas brechas sociales y territoriales, el liderazgo no puede ser un curso optativo ni un privilegio de posgrado; debe atravesar toda la formación profesional. Quien dirige una empresa en una región no solo administra indicadores financieros, impacta empleo y familias; quien toma decisiones públicas define oportunidades de vida.

Aquí cobra sentido el concepto de líder cívico. No es únicamente quien ocupa un cargo público; es quien entiende que sus decisiones privadas tienen consecuencias colectivas. Es el empresario que invierte con visión territorial, el profesional que actúa con ética aunque nadie lo vigile, el directivo que piensa en el bien común antes que en el aplauso inmediato.

El Foro Económico Mundial insiste en que las habilidades del futuro incluyen pensamiento analítico, liderazgo e influencia social. Sin embargo, seguimos midiendo el éxito académico casi exclusivamente por resultados técnicos. Nos concentramos en el conocimiento especializado y relegamos el carácter y la conciencia cívica.

Formar líderes cívicos requiere algo más que buenas clases; exige experiencia real y contacto con el país que intentamos transformar. Los estudiantes necesitan salir del aula, recorrer territorios, escuchar empresarios, conversar con comunidades y comprender cómo una decisión financiera afecta a una familia o cómo una política pública transforma una región.

Lo digo desde la economía y desde el aula. Las finanzas internacionales se aprenden en un par de semestres; la comprensión del país se construye enfrentando su complejidad. He visto jóvenes brillantes descubrir que no conocían la realidad productiva de su propio departamento. También he visto hombres privados de la libertad desarrollar un liderazgo cívico silencioso cuando entienden que sus actos repercuten en otros.

Si queremos empresas sólidas y un Estado eficiente, necesitamos conocimiento técnico con carácter y personas capaces de unir regiones y sostener principios cuando la presión aumenta.

Porque Colombia no se transforma con más diplomas en las paredes, sino con personas que entienden que cada decisión -desde una empresa, una universidad o el Estado- es también un acto cívico que moldea el futuro colectivo.

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