Analistas 13/01/2022

Vivir inclusión para afianzar justicia

Jaime Alberto Leal Afanador
Rector de la Unad

Me precio de tener amigos juristas de gran reputación y prestigio, y con ellos reflexiono sobre cómo desafortunadamente hoy la palabra justicia se ha convertido en un concepto etéreo, casi que vacío, y que la mayoría de las personas la reconoce más por su ausencia que por su impacto positivo. Lo común es quejarse de la falta o de su incorrecta aplicación.

La justicia reduce su impacto cuando favorece intereses minoritarios con prefabricadas argucias jurídicas que atacan la libertad y la dignidad, alejándose de la necesaria relación equilibrada entre responsabilidades, deberes y derechos que a todos nos atañen.

En el fondo, muchos de quienes piden justicia lo que claman, desesperadamente, es reconocimiento, valoración, respeto, dignidad, equidad y, sobre todo, inclusión. Porque la exclusión es el más claro síntoma de ausencia de justicia.

Y no me refiero solo a las más comunes formas de exclusión, tales como negación de derechos políticos, de acceso a servicios de educación y de salud, de favorecimiento en la contratación pública, o de rechazo o negación de derechos sociales por género, edad y procedencia, entre otros.

Hay muchas más formas de exclusión, algunas muy sutiles y que, como una gota de agua sobre una piedra, horadan conciencias y refuerzan la polarización, el resentimiento y absurdas divisiones entre “estos y aquellos”.

Ejemplos hay muchos: la exclusión de quien llega de la provincia a la ciudad; la de quien se forma, pero es subvalorado por no hacerlo en una de las universidades “tradicionales”; la del político que se basa en la imagen o los votos para impulsar temas cortoplacistas y no siempre para los más necesitados.

Hay más. La exclusión por falsa asimilación o generalización: pensar que, por ejemplo, los costeños, cachacos, paisas, pastusos... deben pensar o actuar igual; que policías, sacerdotes, jueces o médicos, son corruptos porque algunos de ellos han cometido graves fallos; creer que quienes se forman virtualmente no tienen las mismas competencias de un egresado de modalidad presencial; negar oportunidades a jóvenes o mayores, precisamente por ser jóvenes o mayores; no dar oportunidades a los formados sin experiencia; o simplemente, cerrar puertas porque se apoya a X o Y candidato... o porque lo único que impera para su vinculación es la recomendación de uno de ellos.

Esa exclusión prolonga la historia fratricida de nuestro pueblo, en una pelea que inició con la vulneración de la dignidad de nuestros próceres, y que originó una espiral de violencia que se armó primero con machetes, luego con pistolas y rifles sofisticados, más tarde con carros-bombas, y que ahora se da con el vilipendio, el insulto, la ira y la mentira como arsenales. Ya no es solo sicariato físico sino también moral.

¿Hay alternativas? Sí. Incluir, aceptar al otro, aprender de sus diferencias, siempre considerando que no hay discrepancia que justifique sacrificar la vida y su dignidad. La salida es reconocer al otro tal y como es, y valorarlo, y la buena educación es el camino.

Ojalá este año nuevo, trascendental para el trasegar de nuestra sociedad, nos permita reflexionarlo y traducirlo en cambios individuales con manifestaciones espontáneas y conductas realmente incluyentes.

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