Analistas

La democracia también se mide en la derrota

Jairo Parra Cuadros

No he sido de escribir sobre temas políticos, pero hay momentos en los que guardar silencio me resulta incómodo. Frente a esto, confieso, no pude resistir la necesidad de decir algo.

Los grandes relatos están llenos de personajes que no se destruyeron por perder, sino por no saber perder. La caída de Saúl se vuelve más visible cuando aparece David, no solo como un joven vencedor, sino como alguien que empieza a recibir el reconocimiento del pueblo. Su tragedia no está únicamente en perder poder, sino en no soportar que la legitimidad se mueva hacia otro lugar.

Por eso persigue a David. No porque David ya le hubiera quitado todo, sino porque representaba aquello que Saúl ya no podía controlar. Esa historia sigue diciendo mucho. A veces el problema no es la derrota, sino lo que hacemos con ella.

Algo de eso puede estar ocurriendo con Iván Cepeda y su sector político. La democracia no se mide solamente por la forma en que se gana. También se mide por la forma en que se pierde. Ganar exige grandeza para no humillar. Perder exige carácter para entender el lugar que se ocupa.

La oposición no está llamada a guardar silencio. Tiene derecho a incomodar, vigilar, denunciar, cuestionar y ejercer control político. Una oposición decorativa empobrece la democracia, porque su papel no es acompañar al poder en silencio, sino controlarlo.

Pero una cosa es ejercer oposición y otra convertir la derrota en una tercera vuelta. Iván Cepeda ya había reconocido el triunfo de Abelardo de la Espriella. Dijo que aceptaba el resultado para contribuir a la convivencia, a la paz y al diálogo. Habló de respeto a las instituciones. Sin embargo, ahora parece deshacer el gesto que presentó como responsabilidad democrática.

La desobediencia civil tiene una historia fundamental. Ha sido invocada frente al abuso, la injusticia y la opresión. Por eso no debería rebajarse a una fórmula ordinaria de inconformidad electoral, ni convertirse en una tercera vuelta simbólica.

Si los reproches son la doble nacionalidad, eventuales vínculos o determinadas transacciones, para eso están las instituciones. Ese debate debe darse con pruebas, ante las autoridades competentes y por las vías jurídicas. No en comunicados de desobediencia. Las instituciones no pueden servirnos solo cuando gana quien queremos.

La democracia no exige entusiasmo frente al triunfo ajeno. Nadie está obligado a celebrar la victoria de quien piensa distinto. Pero sí exige reconocer la autoridad del elegido mientras se le enfrenta con las herramientas legítimas del sistema.

Perder no significa callar. Significa oponerse desde la legitimidad. Como dicen algunos, no se puede jugar con la baraja y después quemarla porque no salió la carta. Las reglas no pueden valer solo cuando favorecen.

Tal vez por eso la historia de Saúl sigue siendo tan poderosa. La caída no siempre empieza cuando alguien pierde el poder. A veces empieza después, cuando no logra aceptar que la legitimidad tomó otro camino. En política, como en la vida, el problema no es que aparezca un David. El problema es terminar convertido en Saúl, persiguiendo lo que decidió el pueblo.

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