Analistas 03/03/2023

Imposible vivir sabroso

Javier Arenas Romero
Director Harmex S.A.

Mientras el Gobierno continúe sobreponiendo la ideología sobre la sabiduría y la tecnología, las condiciones y cifras micro y macroeconómicas de Colombia seguirán alejándose de cualquier entorno de prosperidad que permita reducir pobreza y cerrar brechas de miseria y exclusión.

La preocupación fundamentada de los gremios de la industria; empresarios y comerciantes legalizados, advierte que las propuestas hilarantes de reforma que adelanta el nuevo gobierno, desconocen el principio de que la productividad es la vía que conduce al crecimiento y que ese crecimiento sostenido es el motor que produce más y mejores ingresos para la mayoría de la población.

Desde el inicio de este periodo presidencial no hemos conocido una propuesta sensata que interprete la importancia de promover y elevar la competitividad empresarial.

Las condiciones internas y las buenas practicas del sistema productivo son un caso de éxito en la economía colombiana. El talento humano, los recursos financieros, los recursos tecnológicos, el mejoramiento continuo de procesos, están dados para soportar un crecimiento constante como se viene dando durante los últimos años y en forma sobresaliente, comparado con las demás economías del continente, pero se hace necesario que el aporte de las políticas públicas vayan por el mismo sendero.

El problema es que el tiempo pasa sin que haya un gobierno congruente que proponga y mucho menos que ejecute los planes que se requieren para continuar con el fortalecimiento de la infraestructura que soporte el aparato productivo, por el contrario, se han empeñado en debilitar las instituciones y en malgastar los buenos resultados de entidades y programas probos que han beneficiado a los colombianos durante los últimos años.

La ejecución de lo público está permeada por la esclavitud ideológica del momento. Ante esto es necesario encontrar equipos de trabajo prolijos y pensantes que entiendan y se comprometan con la responsabilidad estatal de expandir las inversiones y sobre todo de mejorar la calidad de vida en el sector rural y campesino. El Gobierno debe asegurar la disponibilidad competitiva en el abastecimiento de energías y agua; atraer inversión extranjera y como bien mayor, garantizar la justicia y la correcta aplicabilidad de la ley.

Así sea para despilfarrar los recursos, como se oyó en varias promesas de campaña, el Gobierno debe tener claro que la mayoría de sus recursos provienen del recaudo de impuestos. Algo más de 42,9% está representado por tributos asociados a la actividad económica interna, la retención en la fuente a título de renta, posteriormente recaudos de la actividad comercial externa por aduanas con 19,8 % y el impuesto sobre las ventas con 19,2% aproximadamente.

Tan solo la industria de hidrocarburos, que tanto han querido erosionar, aporta a Colombia 20% de los ingresos fiscales, 34% de la inversión extranjera y 56% de la generación de divisas.

Por lo general los gobiernos no producen, los gobiernos se encargan de invertir, repartir o gastar los recursos que el aparato productivo de un país aporta con impuestos. Las instituciones y programas formales e informales que bien funcionan y que apoyan la labor industrial, empresarial y comercial del país, deben respetarse de manera que continúen con fundamental orientación productiva; no es normal que estando bien, las veamos y sintamos arrinconadas como en la actualidad.

Si los encargados de las finanzas públicas desconocen una inminente desaceleración y continúan permitiendo el deterioro significativo de la calidad en las instituciones públicas y el recrudecimiento de la polarización social y económica, la amenaza del “cambio” para mal se hará visible con crudo realismo.

El cometido de los colombianos que producimos bienes o servicios, es no permitir la pasividad en el actuar. No podemos esperar a vivir el drama de lo que sabemos ha ocurrido con la gobernanza en las economías socialistas de corte progresista que emocionan con el discurso del vivir sabroso y terminan en miseria popular. Por el contrario debemos emplear nuestras capacidades intelectuales, físicas y morales para poner freno a esta sintomatología del fracaso.

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