Analistas 07/03/2026

IA: selección, no apocalipsis

Javier Villamizar
Managing Director

En los últimos meses, la conversación sobre inteligencia artificial ha evolucionado desde el entusiasmo por la productividad hacia un terreno más inquietante. El debate ya no es solo tecnológico. Es financiero, estructural y, en algunos casos, casi existencial. La publicación del llamado informe de Citrini Research, con su narrativa sobre una posible “crisis global de inteligencia” hacia 2028, amplificó ese sentimiento.

El documento describe un escenario hipotético donde la automatización masiva desplaza trabajo humano, comprime salarios y genera una desconexión entre producción y consumo. La idea del “PIB fantasma” resume ese temor: máquinas produciendo valor económico sin que exista suficiente demanda humana que lo absorba. Aunque los propios autores aclararon que se trata de un ejercicio especulativo, el mercado reaccionó como si fuera una advertencia inminente.

Estas ideas, aunque explícitamente descritas como escenarios hipotéticos y no predicciones por los propios autores, encontraron un terreno fértil en el ánimo de los mercados. El lunes siguiente a su difusión, varias acciones tecnológicas y financieras sufrieron caídas relevantes, con pérdidas de entre 4% y 13% en compañías mencionadas o asociadas al tema.

La reacción del mercado dejó en evidencia algo más profundo que una simple inquietud técnica. Más bien expuso un fenómeno que algunos economistas han descrito como el “miedo a la IA”: un nerviosismo sostenido que combina la rápida innovación tecnológica con la percepción de que los modelos tradicionales de crecimiento están en riesgo. En este contexto, narrativas más dramáticas que no siempre están bien ancladas en modelos económicos sólidos pueden amplificarse y provocar movimientos de mercado desproporcionados.

Varios economistas han señalado que, si bien la IA cambiará estructuras laborales y modelos de negocio, el documento de Citrini funciona más como una historia de miedo que como un análisis riguroso con supuestos claros. La opinión de muchos es que los temores sobre desempleo tecnológico y crisis son temas recurrentes en épocas de cambio estructural, y que confundir un escenario hipotético con una predicción puede sesgar decisiones de inversión.

En el universo del software, estos debates adquieren un matiz especial. Muchas empresas ya están integrando IA en sus productos y operaciones para mejorar eficiencia y diferenciarse en mercados competitivos. Al mismo tiempo, hay preocupaciones legítimas sobre cómo estas herramientas afectan modelos de ingresos basados en licencias, márgenes por intermediación y la propia sostenibilidad de modelos de suscripción tradicionales si las empresas pueden generar soluciones internamente con IA sin necesidad de pagar por licencias externas.

La volatilidad actual puede interpretarse como miedo. También puede interpretarse como un proceso de descubrimiento de valor. Si la IA aumenta la productividad global, los múltiplos eventualmente reflejarán esa expansión de márgenes en los verdaderos líderes. La clave está en identificar qué compañías poseen activos difíciles de replicar, control sobre datos estratégicos, integración profunda en flujos de trabajo y capacidad de capturar el beneficio económico de la automatización.

Las visiones apocalípticas venden titulares. La historia económica en cambio favorece a quienes saben discriminar calidad en medio de la incertidumbre. La era de la inteligencia artificial no representa el fin del software. Representa una etapa de consolidación. Y para quienes asignan capital con criterio selectivo, puede ser una de las oportunidades más atractivas de la próxima década.

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