Matones digitales
viernes, 31 de julio de 2026
Jerome Sanabria
Las últimas semanas han dejado al descubierto uno de los peores lastres de la polarización política: los matones digitales. Aquellos que, como indicaba Guanumen, corren la línea ética con tal de destruir moralmente a quien piensa distinto y afecte sus intereses.
Los hay de izquierda y también de derecha. Pero diría que quienes más han construido un discurso de superioridad moral son sectores de la izquierda. Durante años se han presentado como dueños de la verdad, abanderados de la paz, la empatía y la defensa de las minorías, el respeto por la diferencia y hasta de una supuesta “revolución ética”. Sin embargo, cuando se trata de sus contradictores, recurren a los ataques más ruines y miserables.
Su estrategia es conocida: tergiversan, difaman, ridiculizan, inventan, atacan a las familias, se burlan del aspecto físico y reducen cualquier debate a un linchamiento personal y no uno de ideas. En ausencia de estas, su objetivo es destruir moralmente a su opositor.
Yo misma he sido blanco de esa estrategia, especialmente en las últimas semanas. No han respondido a mis argumentos ni han intentado refutar mis posiciones. Han preferido la burla, el insulto y la descalificación. En su mejor estilo.
Después de varios años en el debate público, incluso siendo muy joven, esos ataques ya no me afectan. Si algo han logrado es que más personas conozcan mi trabajo. Solo en los últimos dos meses, tras apoyar la campaña de Abelardo de la Espriella y hacer parte del comité de empalme, mi cuenta de Instagram creció en más de 250.000 seguidores.
Pero el problema deja de ser personal cuando esos matones descargan su odio contra personas indefensas o convierten en objeto de burla tragedias nacionales, como el asesinato de Miguel Uribe o los 18.677 niños secuestrados, torturados, violados y asesinados por las Farc. Ahí el silencio deja de ser una opción.
Lo que hacen “Macafolla”, Culotauro y Matador, por mencionar solo algunos, no es humor ni sarcasmo. Es matoneo digital.
Han convertido la humillación ajena en entretenimiento, escudándose en un falso humor -que ni siquiera causa risa-. Y quienes celebran este linchamiento ruin son tan responsables como quien lo ejecuta.
Pero hay un grupo todavía más decepcionante: quienes te conocen. Antiguos compañeros de colegio, de universidad o de trabajo; vecinos, conocidos e incluso familiares que, únicamente porque piensas distinto, disfrutan viendo cómo intentan destruirte. Y peor, personas de tu misma orilla política.
Cada día descubro más personas así, no solo conmigo, sino con muchos de quienes participamos en el debate público. La mayoría comparte un mismo rasgo: la envidia. Incapaces de construir algo propio, encuentran satisfacción en intentar derribar a quienes sí lo hacen.
Ojalá algún día los matones digitales entiendan el daño que le hacen al debate público. Y ojalá quienes los celebran comprendan que quien convierte la destrucción ajena en su forma de entretenimiento termina destruyéndose a sí mismo.