No hay mármol que valga
viernes, 5 de junio de 2026
Jerome Sanabria
Cualquier votante razonable de centro, en la segunda vuelta, debería votar por Abelardo De La Espriella. La cosa es sencilla: si usted votó por Sergio Fajardo o Claudia López y quiere que en cuatro años el presidente sea de centro, su voto por Abelardo es ir a la fija. Con él, habrá respeto institucional, defensa de la democracia y la certeza de que en cuatro años habrá elecciones libres.
En cambio, si gana Iván Cepeda, no está garantizado el respeto institucional ni las elecciones libres. Es más, nada nos garantiza que en cuatro años haya elecciones.
Cepeda ha sido enfático en promover una Asamblea Nacional Constituyente. Tanto así que, en diciembre del año pasado, el propio presidente Gustavo Petro anunció que estaba oficialmente inscrito en el comité encargado de recolectar las firmas para lograr la Constituyente. Es más, en la página 136 de su plan de gobierno -que parece más un panfleto, donde se menciona más la palabra “Uribe” que cualquier otra cosa- el candidato del oficialismo propone definir “uno o varios mecanismos de implementación de los acuerdos, que pueden ser una asamblea nacional constituyente (…)”.
La iniciativa, evidentemente, es un atentado contra las instituciones. Tal como sucedió en Venezuela -y perdonen el ejemplo trillado, pero coincide al pie de la letra-.
En 1998, cuando Hugo Chávez estaba en campaña, proponía “refundar la República” mediante una nueva Constitución. En 1999, tras aprobarse la Constituyente, la Asamblea declaró que tenía poderes “supraconstitucionales”, pasando por encima de todos los poderes públicos.
Los cambios más peligrosos que introdujo la nueva Constitución fueron darle más poder al presidente, ampliar su período y debilitar los derechos de propiedad.
Con la Constituyente llegaron también la represión a la oposición, los presos políticos, las elecciones controladas, la expropiación de grandes empresas, la destrucción de la economía, la hambruna, las pensiones de tres dólares y los siete millones de venezolanos que salieron caminando por la frontera.
Y ahora, al igual que en 2018, y tras perder en primera vuelta con su heredero, Petro se dio cuenta de que el país está descubriendo su verdadera careta: una autoritaria y hambrienta de absolutismo. Por eso recurrió a la misma vieja técnica que utilizó cuando necesitó atraer votos de centro para ganar las elecciones. En ese entonces echó mano de Claudia López y Antanas Mockus para firmar, en mármol y en plaza pública, un decálogo de cosas que prometía que nunca haría.
Se trataba de un “parte de tranquilidad” para el centro. Un mensaje de: “soy malo, pero les prometo que no tan malo como me pintan”. Encabezó el decálogo diciendo que no convocaría a una Asamblea Nacional Constituyente.
En esa ocasión, aunque con votos del centro, perdió las elecciones. Sin embargo, cuatro años después llegó al poder.
Hoy, desesperado porque Abelardo superó los 10 millones de votos en primera vuelta, Petro insta a Iván Cepeda a desistir de la convocatoria de una Constituyente.
Pero ya no hay mármol que valga para creerle. Si el centro fue ingenuo hace ocho años, no lo culpo. Después de descubrir la verdadera careta autoritaria de Petro, no hay forma de que vuelvan a creerle.
Esto no es más que otra estrategia para mitigar temores, atraer votos, ganar las elecciones e instalarse para siempre en el poder.
Al final, las tías uribistas tenían razón: el castrochavismo sí era una realidad.