Analistas 31/08/2026

Solidaridad, unión y esperanza

Jonathan Malagón
Presidente de Asobancaria

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El pasado 10 de agosto, Colombia vivió una de las páginas más dolorosas de su historia reciente. En apenas 90 segundos, cientos de familias perdieron seres queridos, viviendas, negocios y buena parte de lo que habían construido durante años. El país quedó profundamente golpeado. Pero, en medio de la tragedia, también emergió algo que nos define como colombianos, y es nuestra enorme capacidad de ser solidarios, de unirnos y de mantener viva la esperanza.

La solidaridad se vio en las miles de toneladas de ayuda movilizadas para atender a las víctimas. La unión, en la capacidad del Gobierno nacional, los gobiernos territoriales, la sociedad civil y el sector privado para trabajar alrededor del mismo propósito. Y la esperanza, en cada persona rescatada de entre los escombros y en cada familia que, aun en medio del dolor, empezó a pensar cómo volver a levantarse.

Esos tres pilares también han orientado la respuesta del sistema financiero. La banca dispuso alivios por hasta $1,1 billones, que incluyen periodos de gracia, suspensión de procesos de cobro jurídico y medidas para proteger la situación crediticia de los afectados. Los bancos, grupos empresariales, fundaciones y accionistas han movilizado, además, recursos significativos para atender la emergencia.

Pero quizás el esfuerzo más simbólico está en la reconstrucción. Para las familias que perdieron su vivienda o sufrieron afectaciones severas, el sector anunció tasas hipotecarias preferenciales del 8%. En un entorno en el que el Gobierno se financia a tasas cercanas al 12%, la tasa de política monetaria se ubica en 12% y los CDT alcanzan niveles incluso superiores, prestar al 8% representa un esfuerzo económico significativo, nunca visto. Es, en términos sencillos, una decisión de poner la capacidad financiera del sector al servicio de quienes más lo necesitan y ayudarlos a volver a empezar.

La tragedia, sin embargo, también nos recuerda que la tarea de la banca va mucho más allá de una emergencia. Colombia necesita convertir la solidaridad, la unión y la esperanza en una agenda permanente de desarrollo.

La solidaridad exige, por ejemplo, dar segundas oportunidades. Millones de colombianos alguna vez tuvieron acceso al crédito formal, atravesaron una dificultad y hoy permanecen por fuera del sistema. La rebancarización debe convertirse en una prioridad nacional. Para eso necesitamos garantías mejor focalizadas, reglas de insolvencia que incentiven buenos comportamientos y una modernización de la tasa de usura que permita reflejar mejor los distintos perfiles de riesgo. No tiene sentido proteger a una persona del crédito formal para terminar entregándosela al “gota a gota”.

La unión también pasa por compartir información para mejorar la experiencia de los usuarios. Colombia ha avanzado con Open Banking y Open Finance, pero el siguiente paso debe ser Open Data. Integrar información financiera con datos del Estado, telecomunicaciones, comercios y otros sectores permitiría conocer mejor a las personas, reducir asimetrías de información y hacer visibles a quienes hoy son invisibles para el crédito. Esa misma lógica debe aplicarse a la lucha contra el fraude y los ciberataques, que requieren una respuesta coordinada entre entidades financieras, autoridades y empresas de telecomunicaciones.

Y la esperanza se construye sembrando. Sembrando crédito en el campo, donde todavía persisten brechas importantes de financiación. Sembrando instrumentos de protección como los seguros paramétricos. Y sembrando educación financiera desde el colegio, para que las próximas generaciones sepan ahorrar, presupuestar, entender el costo del dinero y tomar mejores decisiones.

Colombia tiene por delante una enorme oportunidad. Podemos llevar el crédito a muchos más ciudadanos, aumentar la profundización financiera, acelerar los pagos digitales y construir un ecosistema más seguro, competitivo e incluyente. Pero esos resultados no aparecerán por generación espontánea. El crecimiento económico sostenible no se decreta, se construye. Por eso creo en los milagros. Pero, sobre todo, creo en los milagros que se construyen, con reglas claras, instituciones sólidas, empresas dispuestas a invertir y un Estado capaz de trabajar de manera mancomunada con el sector privado.

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