Analistas 24/07/2026

Lecciones para Colombia después del Mundial

Jorge Iván Gómez Osorio
Profesor del Inalde Business School

El domingo, después de la final del Mundial, apagué el televisor y abrí un mapa de Colombia. No buscaba explicar el resultado. Quería saber de dónde provenían nuestros jugadores. Aparecieron Barrancas, en La Guajira; Quibdó, en el Chocó; Tumaco, en Nariño; Guachené y Caloto, en el norte del Cauca, y El Cerrito, en el Valle.

De allí salieron Luis Díaz, Jhon Arias, Jaminton Campaz, Yerry Mina, Dávinson Sánchez y Jefferson Lerma. Municipios distantes, pero con problemas semejantes: pobreza, violencia, informalidad, debilidad institucional y escasez de oportunidades.

Estaba viendo dos Colombias. Una es la de los informes económicos: brechas territoriales, baja movilidad social y ausencia del Estado. La otra acababa de representarnos en el escenario deportivo más importante del mundo: un país lleno de talento, disciplina, resiliencia y capacidad para competir.

Repetimos que Colombia necesita formar talento. Quizá el diagnóstico sea incompleto. El talento ya está en todo el territorio; las oportunidades para descubrirlo, desarrollarlo y acompañarlo siguen concentradas.

Francia entendió esta diferencia hace décadas. En 1988 creó Clairefontaine, eje de un sistema que articuló clubes, escuelas, entrenadores, centros regionales y selección temprana. Por allí pasaron Henry y Mbappé. Los títulos mundiales de 1998 y 2018 hicieron visible una obra iniciada años antes. El fútbol creó espacios de pertenencia, reconoció capacidades ocultas y abrió caminos de movilidad social.

Colombia enfrenta un desafío distinto: integrar a miles de niños de territorios donde la pobreza, el narcotráfico y la violencia compiten por definir su futuro. No basta con construir canchas, entregar uniformes u organizar campeonatos ocasionales. Son iniciativas valiosas, pero fragmentadas y dependientes de la voluntad de un alcalde, una fundación o una empresa.

Además, Colombia necesita un Sistema Nacional de Integración Social alrededor del fútbol. Alrededor de cada escuela deportiva deberían articularse educación, nutrición, acompañamiento familiar, salud mental, prevención del consumo de drogas, formación ciudadana y orientación laboral. El entrenador no sería solamente quien enseña a pasar o rematar, sino un formador capaz de reconocer las capacidades de un niño.

El objetivo tampoco puede limitarse al fútbol profesional. Pocos llegarán a la élite, pero todos pueden aprender disciplina, respeto por las reglas, trabajo en equipo, perseverancia y manejo de la frustración. Una cancha bien administrada puede disputarle un niño a la ilegalidad; un club puede ofrecer un proyecto de vida y una escuela puede reconstruir vínculos comunitarios.

Como profesor de estrategia, suelo insistir en que poseer recursos valiosos no basta. La ventaja aparece al descubrirlos, desarrollarlos y convertirlos en resultados colectivos. Los problemas complejos no se resuelven mediante organizaciones aisladas. Exigen ecosistemas que coordinen recursos y decisiones alrededor de un propósito común. Colombia tiene futbolistas, entrenadores, clubes, empresas, universidades, colegios y entidades públicas. Falta articularlos y darles continuidad.

El Mundial mostró que Colombia posee un talento humano inmenso, diverso y extendido por todo el territorio. La pregunta es qué haremos con él. El Mundial terminó. Ahora debería comenzar una conversación más ambiciosa.

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