Analistas 13/03/2026

Adivinos equivocados

Jorge Iván González
Profesor de U. Nacional y Externado

Los marcos fiscales de mediano plazo siempre se equivocan en sus predicciones. Y, a pesar de sus permanentes errores, se continúa utilizando la misma metodología.

Las fallas en las proyecciones son protuberantes. En el marco fiscal del año pasado se dijo que el dólar estaría hoy en $4.408. Y su valor actual es $3.707. Se proyectó un precio del barril de petróleo de US$62,3. Hoy está alrededor de los US$100.

A favor de los marcos fiscales se podría argumentar que la situación actual es excepcional. Y que la combinación Trump, Putin, Netanyahu, Zelensky, Petro… es única. Esta apreciación olvida que los errores de estimación de los marcos fiscales no son nuevos. Son reiterados. Y la razón es muy sencilla: el futuro es incierto.

A pesar de la imposibilidad de predecir, los economistas seguimos haciendo ejercicios de adivinos, con dos consecuencias nefastas.

La primera es la insistencia en aplicar métodos de estimación calcados de las ciencias físicas. Es la “pretensión del conocimiento” de las ciencias sociales. Esta mirada fue rechazada de manera enfática por Hayek. Las ciencias sociales no pueden caer en esa trampa que, llevada al extremo, se termina en la ingenuidad de pretender prefigurar el futuro. Este modo de proceder, continúa Hayek, es el germen del totalitarismo.

En lugar de continuar soñando con predicciones basadas en la probabilidad de “caso”, la prospectiva debería estar anclada en la probabilidad de “clase”. No se puede pretender adivinar el precio del dólar o del petróleo. Esta probabilidad de caso no es el camino para hacer planeación. La alternativa es la probabilidad de clase. La mirada tiene que ser diferente. Un buen ejemplo de probabilidad de caso es tratar de planear sobre la afirmación “... el joven Pablo se accidentará mañana en su moto”. En lugar de este tipo de apreciación, la probabilidad de clase sería “... los jóvenes se accidentan y por ello hay que obligarlos a tener el Soat”. Este último es el camino adecuado para planear.

Como nunca se sabe cuál será el precio del petróleo, se deben crear condiciones favorables para avanzar en la transición energética. Y, en vez de esforzarse por imaginar la tasa de cambio en los años próximos, el criterio de política debe ser estimular las exportaciones.

El método en ciencias sociales tiene que cambiar. Es necesario abandonar la tarea de brujos. Los procedimientos de la mecánica clásica tienen que ser abandonados.

El segundo elemento que se debe tener presente es la exagerada importancia que tiene un ejercicio metodológico tan débil en las decisiones de la política pública. Sobre principios tan frágiles no se pueden fundar decisiones trascendentales de gasto e inversión. El marco y la regla fiscal se han convertido en ejercicios inútiles de adivinación en un mundo incierto.

En lugar de reglas, es necesario rescatar la discreción en el mejor sentido keynesiano. No se puede continuar asociando la discreción a la irresponsabilidad. El buen manejo fiscal no debería depender de ejercicios de brujería. No se pueden fijar reglas a partir de predicciones imposibles. Los seres humanos tenemos la ilusión de conocer el futuro. Siempre han existido sacerdotes del oráculo. La sociedad actual le ha atribuido esta función mágica a los economistas, que la siguen aceptando sin cuestionarla. Quizás hechos tan dolorosos como Gaza, Ucrania e Irán tengan la contundencia suficiente para llevarnos a afirmar con humildad: “no sabemos”.

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