Diminutos en el universo

Jorge Iván González

Entre las numerosas enseñanzas que nos dejó Hawking destaco el llamado a ser humildes frente a la majestuosidad incomprensible del universo. Su definición de la tierra es una invitación a reconocer nuestra inmanencia y brevísima temporalidad. La tierra, dice, es un planeta relativamente pequeño situado en una galaxia que “apenas es una de las cerca de 100.000 millones de galaxias que se pueden observar gracias a los telescopios modernos”. Y cada una de estas galaxias contiene cientos de miles de millones de estrellas. Nuestra galaxia tiene una extensión de 100.000 años luz, y “las estrellas en sus brazos espirales orbitan alrededor de su centro una vez cada 100 millones de años”. Y el sol que nos deslumbra, no es más que una estrella de “tamaño medio, que está ubicada en las proximidades del límite interno de uno de los brazos espirales de la galaxia”.

Quizás gracias a mensajes como los de Hawking, los físicos suelen ser menos pretenciosos que los economistas. En su quehacer profesional todos los días reciben advertencias sobre las limitaciones intrínsecas de su saber. En cambio, la reflexión económica está inundada de afirmaciones prepotentes, que se desprenden de dos ingenuidades fundamentales. La primera es la creencia en el método positivo como forma de aproximación a la verdad, desconociendo que la capacidad de conocer está limitada por el orden sensorial, y por las posibilidades de articulación que tiene el sistema neuronal de seres diminutos que habitan un planetica perdido en medio de galaxias de magnitudes impensables. Y la segunda ingenuidad es creer que se puede predecir la dinámica futura de la economía, olvidando que las relaciones económicas apenas son una de las manifestaciones de las complejas interacciones humanas.

A partir de la mirada que nos propone Hawking de la tierra, es apropiado aceptar la imposibilidad del conocimiento objetivo. Entre otras razones, porque todo acercamiento a la realidad está mediado por los sentidos. En el Orden Sensorial, un libro que escribió Hayek en 1952 se muestra que el conocimiento objetivo no es posible. La pretensión de entender la realidad de “manera objetiva” con el fin de poder transformarla, continúa Hayek, es el origen de las formas autoritarias de los gobernantes. Quienes vivimos en el planeta tierra tenemos limitaciones intrínsecas que no nos permiten comprender la realidad como si estuviéramos fuera de ella.

Desde la física, Hawking pone en evidencia la falacia de los mensajes mesiánicos, que son muy frecuentes en estos períodos electorales. Quien pretende conocer el “bien de la patria”, y habla a nombre de la sociedad, olvida que es un ser diminuto, que a duras penas logra entender aquello que sus neuronas le permiten conocer.

Y desde la sicología y la economía, Hayek prende sus alarmas y critica con dureza las pretensiones del conocimiento positivo. Esta ilusión de objetividad fácilmente se infecta con gérmenes totalitarios. Quien dice conocer “la realidad” cae en la tentación de mostrarles a otros el camino. Y en su afán de convencer simplifica y excluye.

Siguiendo a Hawking aceptemos, con humildad, que conocemos muy poco, y que el orden sensorial es la manifestación de nuestra presencia en el mundo. La gran paradoja es que aún desde nuestra pequeñez tenemos márgenes de libertad suficientes para tratar de construir sociedades en las que podamos ser felices.

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