Analistas 03/07/2026

El milagro

Jorge Iván González
Profesor de U. Nacional y Externado

El milagro se puede mirar desde dos perspectivas. Una, la convencional, que se refiere a la presencia de un hecho excepcional y, a primera vista, imposible. Otra, la del teólogo jesuita Carlos Bravo, quien, en su estudio sobre el Éxodo, muestra que la realidad fáctica finalmente no es lo relevante. La discusión técnica sobre la existencia del maná, o sobre la veracidad de la separación de las aguas del mar Rojo, deja de ser el tema de la reflexión. Lo verdaderamente importante es la capacidad de una comunidad de elaborar el relato, de transformar su vivencia en una Palabra que ha tenido la capacidad de aglutinar y consolidar al pueblo de Israel. La vivencia de la comunidad construye un relato que incorpora hechos, sin que importe su evidencia.

Bravo propone una interpretación audaz. Es a partir del relato, fruto de la creencia, de donde nace el fenómeno sorprendente de la separación de las aguas. Desde la creencia se “objetiva” un acontecimiento excepcional, que permite reafirmar de manera contundente la preferencia de Yahvé por el pueblo de Israel. El relato tiene la capacidad de transformar la información y solamente en este contexto es comprensible el mensaje bíblico de “¡Moisés separó las aguas!”.

Para que haya consistencia entre el relato y el hecho milagroso se requiere la “certeza moral”. Esta categoría de Bravo resuelve la tensión entre la creencia y la facticidad. Y, con lucidez, concluye que el relato tiene “mayor eficacia que el milagro físico”. La certeza moral garantiza el dinamismo de la comunidad. Por esta razón, la cristiandad no exige análisis científicos sobre las posibilidades reales de la resurrección, de la asunción o de la virginidad. El misterio adquiere sentido en la certeza moral de los creyentes. La evidencia cede ante la fuerza de la fe.

La propuesta de la Patria Milagro de De la Espriella puede ser interpretada a la luz del mensaje de Bravo. La fortaleza del mensaje no está en su facticidad, sino en la coherencia del relato, que permite defender hechos que no tienen ninguna evidencia en la realidad. El éxito del relato terminó expresándose en la elección del candidato. Ello no significa que los hechos reales respalden el discurso. Allí está el milagro.

En la versión convencional, el milagro se interpreta como la intervención excepcional para transformar un evento real: ¡resucitó!, ¡caminó sobre las aguas!, ¡subió a los cielos!... Desde esta perspectiva, el milagro es un evento fáctico. En la mirada de Bravo, por el contrario, el milagro es la construcción de un relato imaginario, que tiene tanta fuerza que logra afirmar de manera contundente una experiencia, así no tenga ningún asidero en la realidad.

Este es el sentido perfecto del Milagro de Abelardo. Ha construido un relato tan contundente que la comprobación de los hechos reales no importa, porque los acontecimientos son incorporados a la creencia. La fe ocupa todo el espacio. No importa la realidad. Actualmente, Moisés no tiene que responder por la facticidad de la separación de las aguas del mar Rojo. Ya no importa lo que realmente pasó, porque, en la versión del sionismo radical, esta creencia es suficiente para justificar la violencia en Gaza. Tampoco María tiene que responder por el misterio de su virginidad. Mucho menos Jesús por la verdad de su resurrección. El problema que tendrá Abelardo como gobernante es la imperiosa obligación de responder por la facticidad de su relato. Y apenas tiene cuatro años para hacerlo.

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