La Misión Crecer, coordinada por el vicepresidente, tiene el propósito de lograr que la economía se expanda a 6%. Este objetivo es sumamente ambicioso. En el último Marco Fiscal de Mediano Plazo se estima que en los próximos años el PIB crecerá a un promedio de 2,5%. No hay ninguna razón para suponer que este nivel se podrá casi triplicar. Más allá de cualquier argumento lógico, esta meta está incorporada en uno de los seis ejes del próximo plan de desarrollo. Hace parte sustantiva del cuarto, que se llama “milagro económico”.
No hay duda de que este gobierno es más atractivo para el capital privado que el de Petro, y que en el sector energético se corregirá el error de no permitir la exploración. Estos cambios favorecen la inversión, pero toman tiempo y son claramente insuficientes para lograr la meta de 6%.
Y por el lado de la administración pública, el vicepresidente tiene dos tareas titánicas. La primera es romper la lógica sectorial con la que opera el aparato estatal. Con razón ha dicho que se deben articular los objetivos de, por lo menos, 10 ministerios. Este propósito, que es loable, no se logró durante la administración Petro, a pesar de que las transformaciones que se propusieron en el plan de desarrollo Colombia Potencia Mundial de la Vida tenían la intención explícita de romper la fragmentación sectorial del presupuesto. Cada ministerio terminó haciendo lo que pudo. Este mal, que no es nuevo, no se ha podido corregir. La mirada fragmentada está enquistada en la administración pública, y cada ministerio termina haciendo lo que puede.
La segunda tarea, que ojalá sea posible, tiene que ver con la concreción de proyectos estratégicos de carácter regional. De manera reiterada, el presidente ha mencionado la necesidad de esta mirada de mediano y largo plazo. El asunto puede ser más complicado que coordinar ministerios. Ahora se requiere, además, la articulación de la Nación con los gobiernos locales y, dentro de estos, también es necesario romper la segmentación entre secretarías.
Para consolidar los proyectos estratégicos hay un factor positivo: el presupuesto por programa, que se aprobó en el plan de desarrollo de Petro. Del tema se está hablando en el país desde hace 30 años, pero no se concreta porque, además de fragmentarse en sectores, el presupuesto también se “departamentaliza”, sin que haya mecanismos institucionales para forzar la coordinación regional.
El terremoto demostró, una vez más, que la división del presupuesto por departamentos no favorece el desarrollo regional. Desde la vicepresidencia se tendrían que crear incentivos para que gobernadores y alcaldes se vean obligados a formular proyectos ambiciosos. No obstante las dificultades fiscales, el presupuesto de regalías para los próximos dos años es de $25,9 billones. Se trata de una cifra considerable, que alcanzaría para realizar nueve inversiones de infraestructura similares a la del Toyo. El obstáculo que dificulta esta mirada estratégica es la forma equivocada como se asignan las regalías a través de los Ocad (Órgano Colegiado de Administración y Decisión). Si el milagro de la coordinación no se logra, es muy probable que este volumen significativo de recursos termine despilfarrándose en 5.000 pequeños proyectos, como sucedió en los dos años anteriores.
La falta de articulación es la principal causa de la ineficiencia del gasto. Y sin un sector público que lidere es imposible soñar con altas tasas de crecimiento.