Analistas

El nuevo hemisferio: Trump, Venezuela y la reencarnación de la Doctrina Monroe

José Aristimuño

La captura de Nicolás Maduro en enero de 2026 por fuerzas estadounidenses marca un momento histórico: el regreso explícito del dominio estadounidense en América Latina bajo una versión renovada de la Doctrina Monroe. Más allá de que Maduro era buscado por la justicia estadounidense, Washington lo señala no solo por fraude electoral y corrupción sistemática, sino por su participación en una vasta operación de narcotráfico conocida como el Cártel de los soles. Según fiscales estadounidenses, esta red habría corrompido instituciones del Estado venezolano y facilitado el tránsito de drogas ilícitas hacia Estados Unidos. No hay duda de que estas actividades criminales están vinculadas -directa o indirectamente- a la crisis del fentanilo que ha costado la vida a decenas de miles de estadounidenses. Para la Casa Blanca, este no es solo un problema regional: es una amenaza directa a la seguridad nacional.

La administración de Donald Trump ha enmarcado esta intervención como parte de una estrategia clara en tres fases: estabilizar, reconstruir y luego transicionar. El enfoque, defendido con fuerza por el secretario de Estado, Marco Rubio, parte de una premisa incómoda pero realista: sin orden institucional y control territorial, la democracia es inviable. Venezuela, devastada por años de colapso económico, migración masiva y autoritarismo, requiere primero estabilidad antes de aspirar a elecciones creíbles.

Hay un factor que pocos se atreven a mencionar con claridad: el petróleo. Venezuela posee las mayores reservas probadas del mundo, y hoy Estados Unidos está controlando sus exportaciones, licencias de producción y comercio internacional. Desde la caída de Maduro, se han reactivado acuerdos energéticos con empresas estadounidenses y se están movilizando millones de barriles para suplir mercados globales. Esta estrategia no solo busca recuperar el flujo energético; también posiciona a EE.UU. como árbitro económico clave en el futuro venezolano. Si se hace bien, esto podría traer inversiones, empleo y reconstrucción para un país destruido.

Como exfuncionario de la Administración Obama, resulta imposible no notar la continuidad estratégica. Lo que Trump está haciendo en Venezuela se parece, en su estructura, a lo que Barack Obama aspiraba lograr con Cuba: primero normalizar, luego integrar y, finalmente, abrir espacios para una transformación política gradual. La diferencia es el método. Obama apostó por la diplomacia y el multilateralismo; Trump actúa desde el poder duro, sin rodeos ni consensos amplios, con una lógica abiertamente transaccional, centrada en seguridad energética y contención de la influencia china y rusa.

Ese pragmatismo tiene costos. La decisión de priorizar acuerdos de estabilidad con figuras vinculadas al antiguo régimen ha relegado a actores de la oposición democrática tradicional. Para muchos, esto representa una traición a los ideales democráticos; para otros, es el precio inevitable de evitar el vacío de poder y el caos prolongado. La apuesta de Washington es clara: control primero, legitimidad después.

La pregunta de fondo permanece abierta. ¿Puede una democracia surgir de un proceso dirigido externamente? La historia latinoamericana invita al escepticismo. Pero también es cierto que la inacción permitió el colapso venezolano.

La nueva Doctrina Monroe se está escribiendo en tiempo real. Su éxito o fracaso definirá no solo el futuro de Venezuela, sino el equilibrio de poder en todo el hemisferio.

TEMAS


Análisis - Venezuela - Estados Unidos