Transición lenta, riesgo alto
Aunque el Gobierno Nacional cerró 2025 con bombos y platillos por el aumento de la participación de las energías renovables en la matriz energética, los datos indican que todavía estamos lejos de la meta. La demanda de energía va mucho más rápido que los aerogeneradores y los paneles. Este desequilibrio pone el dedo en la llaga sobre los verdaderos cuellos de botella del sector: trabas en la ejecución, falta de músculo financiero y una política pública que necesita pasar de las promesas a la práctica con urgencia.
El balance de 2025 dejó una sensación agridulce. Por un lado, la energía solar sacó músculo con un crecimiento vertical: generó 4.473,8 GWh y disparó su producción 1.650% en solo tres años. Pero esa euforia se apaga al mirar la energía eólica, que sigue estancada entre trabas regulatorias, problemas de conexión y un caos logístico que no da tregua. Esta brecha confirma que la transición energética en el país avanza a dos velocidades, frenada por persistentes problemas que impiden aprovechar todo el potencial renovable.
El avance de las renovables en 2025, con 27 nuevos proyectos y una capacidad instalada que ya roza los 2.700 MW, es un paso importante, pero insuficiente. El crecimiento actual, advertido por Ser Colombia, nos deja muy lejos de los 6.000 MW comprometidos para el cierre de 2026. Este bache en la ejecución es preocupante: si la entrada de energía nueva no se agiliza, existe un alto riesgo de desabastecimiento eléctrico para 2027.
Los múltiples retrasos son un lastre de años. Existe una fila de iniciativas que debieron encenderse hace tiempo y que hoy están totalmente fuera de cronograma, pese a tener su cupo de conexión asegurado. Este estancamiento deja al desnudo las fallas crónicas en el licenciamiento y el financiamiento. Mientras los proyectos sigan atrapados en la burocracia o en problemas de gestión, la verdadera diversificación de la matriz energética seguirá siendo una meta lejana.
Para no caminar directo hacia un apagón estructural, el Gobierno tiene que dejar de dar vueltas sobre los mismos problemas de siempre. No se trata solo de instalar paneles, sino de destrabar las consultas previas y los conflictos sociales en las regiones, agilizar las licencias ambientales que parecen eternas y modernizar unas redes de transmisión que ya no dan abasto. La estabilidad en las reglas de juego es el ingrediente que falta para que la inversión fluya. Superar este embudo es la única forma de que el sistema sea confiable a largo plazo.
Celebrar avances a cuentagotas es un lujo que el sistema energético, hoy bajo tensión, no se puede permitir. La verdadera medida del éxito de la transición no son las proyecciones, sino la capacidad instalada que efectivamente entra en operación. Se necesita velocidad y una coordinación real para que lo planeado deje de ser una ilusión estadística. De lo contrario, el impulso de las renovables terminará diluyéndose, dejando al país vulnerable y perdiendo la oportunidad de construir una matriz competitiva cuando más falta hace.