Analistas 19/03/2026

Habermas: el espacio público de la razón. Acción comunicativa en la educación superior

José Ismael Peña Reyes
Rector y profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia

Jürgen Habermas, fallecido el 14 de marzo a los 96 años, fue sin duda uno de los grandes pensadores vivos y en permanente evolución de nuestro tiempo. Su aporte a las ciencias sociales contribuyó a repensar la filosofía y la teoría social contemporánea para comprender el devenir de la sociedad, ofreciendo elementos y herramientas claves para transformarla. Igualmente, para quienes tenemos la tarea de pensar la educación superior desde una perspectiva de realismo crítico, Habermas iluminó un marco conceptual importante para superar visiones limitadas en la construcción y gestión del conocimiento. El realismo crítico define la realidad social como un sistema complejo, dinámico y estratificado, compuesto por estructuras y mecanismos que interactúan constantemente.

Uno de los aportes más significativos de Habermas al realismo crítico está en la concepción ontológica de la verdad. El filósofo alemán reconoce la existencia de un mundo independiente de los seres humanos que impone restricciones reales, a pesar de que nuestro acceso a él esté mediado por el lenguaje y los conceptos que construyamos sobre el mismo. Para el realismo crítico, la realidad está estratificada en tres dominios fundamentales: el dominio de lo empírico, que comprende los eventos y hechos tal como son experimentados y observados por los actores sociales; el dominio de lo actual, donde ocurren —o no— los eventos generados desde el dominio de lo real; y el dominio de lo real, que es donde residen las estructuras y mecanismos causales que existen independientemente de nuestra percepción y donde realizamos nuestra actividad científica, permitiendo comprender y explicar, mediante el conocimiento, la sociedad.

Habermas aporta su visión de los tres “mundos”: el material, el social y el personal. Estudiar un fenómeno implicando estos tres mundos y estos tres dominios permite aproximarnos críticamente a una mejor comprensión de la complejidad de la realidad. En educación superior, esto implica que el aprendizaje y la investigación científica no pueden limitarse a lo observable ni a lo interpretativo, sino que nuestra labor debe concentrarse en determinar los mecanismos generativos que producen los fenómenos sociales y científicos.

La Teoría de la Acción Comunicativa (TCA), bitácora de ruta del pensamiento contemporáneo creada por Habermas, es un pilar para el realismo crítico. Esta teoría sostiene que tanto las afirmaciones o discursos como las acciones sociales deben garantizar pretensiones de validez: comprensibilidad, verdad, rectitud y sinceridad. Igualmente, en el espacio de la educación superior, la TCA permite transformar el aula en un escenario donde el conocimiento no se impone, sino que se debate y se justifica. El realismo crítico se beneficia de este marco al entender cómo los discursos están vinculados a la acción y a la búsqueda de la verdad en un mundo estratificado. Esta dinámica fomenta una epistemología crítica que, si bien reconoce la relatividad del conocimiento humano, rechaza el relativismo absoluto y busca siempre una mayor aproximación a la realidad social.

Habermas identificó tres intereses constitutivos del conocimiento que son vitales para un diseño curricular: el técnico, orientado a las ciencias empírico-analíticas y al control de la naturaleza; el práctico, centrado en la comunicación, el entendimiento mutuo y la cultura; y el emancipatorio, enfocado en el desarrollo personal, la autenticidad y la libertad frente a las estructuras sociales que nos oprimen. Habermas complementa su aporte con la ética del discurso, la cual promueve un diálogo racional en situaciones sociales. Según esta ética, los estándares aceptados deben ser aquellos que todos los involucrados acordarían obedecer en un debate abierto y participativo, lo cual significa que la formación ética no puede ser ni limitarse a una asignatura aislada, sino que es una vivencia participativa que busca la justicia, la equidad y el respeto por las reglas de juego acordadas para adelantar el discurso.

Pero ¿qué implicaciones tiene esto para nuestra práctica social? La respuesta está en la relación entre el mundo de la acción y el mundo del discurso. Habermas destaca que, cuando ocurren fallas en la acción, los individuos se trasladan al mundo del discurso para debatir y justificar sus afirmaciones, lo que nos permite superar una visión positivista que solo tiene en cuenta lo observable y una visión constructivista extrema que niega completamente la realidad objetiva. Por el contrario, debemos entender que los sistemas sociales son abiertos, dinámicos e influenciados por múltiples contextos.

Tanto Habermas como el realismo crítico subrayan que el conocimiento no es neutral; está intrínsecamente vinculado al poder. El conocimiento puede ser utilizado para la opresión, pero también puede convertirse en una herramienta poderosa para la emancipación y la libertad frente a estructuras sociales opresivas.

Nuestro trabajo en la universidad es abordar la interacción entre la estructura social que de alguna manera nos restringe y la posibilidad de la agencia humana. Aunque las estructuras condicionan las acciones, la agencia humana tiene el potencial de transformar esas mismas estructuras. Con Habermas, colectivamente y desde todas las posiciones políticas, podemos ponernos de acuerdo en cuáles realidades injustas sufrimos y cómo podemos cambiarlas, pero para ello debemos eliminar —o al menos disminuir— la violencia de nuestros discursos y permitirnos trabajar juntos en la diferencia y el disenso. Esto es lo más difícil en un momento en el que los violentos y los activistas imponen la simplicidad de sus discursos. Solo si conseguimos mejores prácticas comunicativas, disensos, consensos y acuerdos como sistema educativo, y logramos hacerlo de manera eficaz, será posible comprender el significado y la interacción entre los seres humanos como entidades biológicas y culturales al mismo tiempo. Nuestro objetivo no es solo la formación de profesionales excelentes, sino la formación de ciudadanos autónomos, éticos y críticos, capaces de transformar y sacar a nuestra sociedad de la situación de violencia en la que nos encontramos.

“La espiral de la violencia comienza con una espiral de la comunicación perturbada”, expresó Habermas en compañía de Jacques Derrida, cuando paradójicamente estaban citados en la Universidad de Columbia el 11 de septiembre de 2001 a una conferencia llamada La filosofía en tiempos de terror. Lo hicieron dos días después, en un contexto marcado por el asombro, la muerte, la polarización, la incertidumbre y los fundamentalismos.

La integración de la acción comunicativa, la ética del discurso y la ontología estratificada permite que, desde las universidades, podamos ser verdaderos motores de transformación. Bajo este enfoque, la razón y el diálogo se consolidan como la única vía posible hacia una sociedad justa, equitativa, constructora de paz y libre de opresión, para comprendernos mejor, siempre entendiéndonos como comunidad.

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